Pogacar pone a una generación a sus pies

La superioridad con la que el esloveno, de 22 años, ha ganado su segundo Tour de Francia consecutivo permite augurar que el ciclismo entra en la ‘era Tadej Pogacar’

El ganador del Tour, Tadej Pogacar, levanta el brazo en un momento de la última etapa.
El ganador del Tour, Tadej Pogacar, levanta el brazo en un momento de la última etapa.Christophe Ena (AP)

A falta de 250 metros, ligera cuesta arriba, pavés de los Campos Elíseos, Wout van Aert, maillot espléndido tricolor de campeón de Bélgica, sale de la rueda de su compañero Mike Teunissen y, lanzando la bici sobre la raya, resiste la remontada de Philipsen y de Mark Cavendish, que termina tercero, el sprint más prestigioso del Tour de Francia. El campeón belga defiende como nadie el honor de Eddy Merckx, el ídolo de todos los belgas y le negó al británico, que entre 2009 y 2012 ganó cuatro veces seguidas en los Campos Elíseos, la quinta victoria este Tour, la 35ª en sus 12 Tours, que le habría permitido superar en una al Caníbal. Quizás el empate a 34 se mantenga ya por los siglos de los siglos. Cavendish, de 36 años, ha vivido un Tour espectacular gracias a todo el trabajo del Deceuninck, que le ha hecho casi imbatible en los sprints y ha evitado que llegara fuera de control en las etapas de montaña.

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Es la tercera victoria de Van Aert, el ciclista total, que ganó la etapa del Mont Ventoux y la contrarreloj de Burdeos también.

De todo lo que ha hecho en el Tour, los ataques de Le Creusot, la etapa más larga, la más intensa de los últimos años también, sus mano a mano con Van der Poel, su doble Ventoux…, Van Aert, de 27 años, elige para ampliar y poner en su habitación una foto en la que se le ve solo en el Ventoux, fondo de piedras lunares y el perfil del monte calvo con sus antenas. “Es el día del que más orgulloso estoy, dice el único ciclista que se ha ganado el derecho este Tour de Francia a que su nombre se pronuncie casi con la misma reverencia que el del ganador final.

Tres semanas de Tour y un nombre, Tadej Pogacar, de 22 años. Cara quemada por el sol, naricilla pelada. Un rostro infantil, un puño de hierro. Vatios y corazón.

Primera semana, la rebelión sentimental. Semana segunda, la toma del poder. Tercera semana, el absolutismo.

Pogacar, bautizado por Eddy Merckx El canibalito, gana a viejos y jóvenes con la mayor diferencia sobre el segundo desde 2014. Tres victorias de etapa. 13 días de amarillo. Tres maillots distintivos, amarillo, blanco (joven) y lunares rojos (montaña). Y, a sus pies, una generación, la de los jóvenes que todo lo quieren cambiar a toda velocidad.

Podría decirse que la primera semana comenzó hace 10 meses, en septiembre, los últimos días del Tour pasado, con el derrocamiento de Primoz Roglic en la Planche des Belles Filles y se prolongó en Bretaña la última semana de junio. La semana de la rebelión sentimental a velocidad de vértigo, el Tour asesino, el Tour cruel de las caídas, de la ansiedad, de la lucha por cada centímetro cuadrado de la cabeza del pelotón, acaba con las esperanzas de redención de Roglic mientras Mathieu van der Poel comienza a escribir su propia historia en la carrera que siempre le negó el mejor premio, el maillot amarillo, a su abuelo, Raymond Poulidor. Lo consigue en su nombre y llora.

El Tour se hizo ataque cotidiano al ritmo del pulso Van der Poel-Van Aert, los hermanos enemigos que respiran el uno del otro desde que son niños y empezaron a disputarse todas las carreras de ciclocross. Invaden el Tour y contagian a Pogacar, más joven que ellos, más calmo aparentemente, más cool, la misma adicción al espectáculo, al nunca visto. El esloveno gana el Tour con dos golpes. Un uno-dos que deja KO, congelado y empapado a un pelotón que pierde la capacidad de reacción. Inicia su rebelión entre Changé y Laval con el triunfo en la primera contrarreloj y la termina en los primeros Alpes, Romme, Colombière y Grand Bornand, el final de una razzia de canibalito, un ataque de 32 kilómetros que le lleva al amarillo con una ventaja de ya cinco minutos sobre el que será su segundo 13 días después en París, la revelación danesa Jonas Vingegaard, el segundo elemento del nuevo ciclismo que nace a la luz en el Tour del 21. Desde la locura de Marco Pantani en el Galibier del 98 que dejó helado a Jan Ullrich, quizás, ningún corredor había atacado tan largo para conquistar el maillot amarillo. El Tour ha acabado el octavo día. En la montaña y en la contrarreloj solo ha habido un nombre.

“Ha sido tan diferente al año pasado”, dice. “Entonces fue todo tan así, tan sorprendente, tan de un día para otro, y solo pude vestir un día de amarillo, y fue el paseo de París, que apenas pude disfrutar de la sensación de ganar el Tour, no me dio tiempo a asimilarlo. Este año ha sido diferente”.

Este año ha apretado el puño. Toma el poder y se asienta en el trono pese a la pequeña crisis del Mont Ventoux que él atribuye al calor del monte calvo, asfixiante tras los días heladores en los Alpes y sus rivales, como Richard Carapaz a una obra de teatro organizada tanto para que ni los rivales ni la afición le vieran como un abusón, como para que no se dispararan, como todos los años desde hace 20, las hablas sobre el dopaje que abrigan siempre a aquellos corredores que sobresalen. Se prepara para la tercera semana, para hacer ya no de canibalito sino de todo un caníbal en los Pirineos, donde, en el col del Portet y en Luz Ardiden, el puño en alto, todo el símbolo del poder absoluto, el índice al cielo, se convierte en el primer corredor que gana dos grandes etapas consecutivas de montaña con final en alto vistiendo el maillot amarillo. En las dos etapas, el segundo y el tercero fueron los mismos, Vingegaard y Carapaz, el segundo y el tercero, por cooptación del todopoderoso, en el podio de los Campos Elíseos.

Invencible y caníbal. 22 años. Dos Tours seguidos. Tan precoz como Fausto Coppi, que ganó su primer Giro a los 20 años; tan glotón como Eddy Merckx, que también coleccionaba los maillots de todos los colores. Pogacar es el primero que gana dos seguidos desde el Froome de 2015-16, y lo ha hecho tan autoritario que es inevitable la pregunta en la conferencia de prensa del ganador.

“¿Estamos en el comienzo de la era Pogacar en el ciclismo?”

La respuesta no es tan evidente. “No”, niega el trasgo esloveno. “Estamos en el comienzo de una nueva era en el ciclismo, de la llegada de una nueva generación que todo lo cambiará, y estoy deseando pelearme con ellos los próximos 10 años, por lo menos. Pero los tiempos nuevos no los he traído yo. Ya otro niño, Egan Bernal hace dos años, ganó el Tour, y acaba de ganar el Giro”.

Cita Pogacar los nombres de los nuevos con los que le gusta competir y empieza por Van Aert, el belga del Ventoux, de los viñedos de Burdeos contrarreloj, de los Campos Elíseos, al que espera un día como rival para la victoria final, y de Van der Poel, con el que disputará los monumentos, y habla de Egan Bernal, colombiano; de Tom Pidcock, británico; de Jonas Vingegaard, danés; de Remco Evenepoel, belga…

La Vuelta, tres semanas después de los Juegos, si finalmente la disputa Pogacar, será la primera ocasión en la que los ganadores de las tres últimas grandes se crucen y debatan sobre su poder. Egan Bernal y Primoz Roglic ya ha confirmado su participación… Sería la carrera para acabar con todas las carreras.

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Sobre la firma

Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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