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Opinión
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El declive del Arsenal, mal augurio para el Barça

Fuera de Europa tras 18 años, el conjunto londinense no conserva a sus estrellas ni compite en el mercado

Mikel Arteta saluda a Odegaard en el partido entre el Arsenal y el Manchester City.
Mikel Arteta saluda a Odegaard en el partido entre el Arsenal y el Manchester City.Rui Vieira (AP)

Hace menos de un cuarto de siglo, el Arsenal estaba en la gloria. Arsène Wenger había conseguido tejer un equipo extraordinario que maravillaba con su fútbol ofensivo y que había hecho olvidar el burlón cántico de Boring, boring Arsenal con el que los hinchas rivales menospreciaban a un equipo que, sí, ganaba algunas Ligas, pero aburría soberanamente con el defensivo George Graham en el banquillo.

Con el cambio de siglo, Higbury disfrutaba con jugadores como Bergkamp, Henry, Vieira, Anelka, Overmars, Petit, Ljungberg, Pirés, Wiltord, Fábregas, Reyes, Van Persie… En aquellos años dorados, el Arsenal ganó tres Ligas y Cuatro copas entre 1998 y 2005, incluidos dos dobletes de Liga y Copa (1998 y 2002) y la gesta de ganar invictos la Liga de 2003, algo que antes solo había conseguido otro equipo en Inglaterra: el Preston North End en la temporada 1888-89.

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Todo ese cuento de hadas empezó a desvanecerse cuando el club decidió mudarse a un nuevo estadio, Emirates (60.700 espectadores), inaugurado en la temporada 2006-07, porque el vetusto y entrañable Highbury (38.500 espectadores) se había quedado pequeño. Los entonces propietarios y gestores del Arsenal, gente adinerada pero que no estaban en el club para hacer negocio sino para ganar trofeos, empezaron a recortar gastos para financiar el proyecto sin hipotecar el futuro del club. Pero lo que nació como un proyecto para ampliar la base financiera del Arsenal, lo que hizo fue atraer a un tiburón, el multimillonario estadounidense Stan Kroenke, que empezó a comprar paquetes de acciones en 2007, logró el control en 2011 y es propietario único desde 2018. Su objetivo, sin embargo, no es ganar trofeos, sino ganar dinero.

La austeridad que empezó para financiar el Emirates se ha prolongado para engordar la cuenta de resultados de Kroenke Sports & Entertainment (un imperio de casi 10.000 millones de dólares). Y el equipo que llevaba 18 años consecutivos disputando competiciones europeas se encuentra por primera vez fuera de Europa. El equipo que le disputó la final de la Champions al Barça (2006) y la de la Liga Europa al Chelsea (2019) perdió el año pasado las semifinales de esa misma Liga Europa ante el Villarreal, acabó octavo en la Premier y este año ha tenido un comienzo catastrófico: tres derrotas consecutivas, cero goles a favor, nueve en contra, después de abrir la temporada perdiendo en casa del recién ascendido Brentford (2-0), ser arrollado por el Chelsea (0-2) y humillado por el Manchester City (5-0).

Muchos creen que el entrenador, Mikel Arteta, se juega su futuro el sábado ante el Norwich City, que llega al Emirates también con cero puntos, un gol a favor y 10 en contra. Pero todos saben que, al margen de los aciertos o errores de Arteta y del director de fútbol, Edu (dicen que han creado una plantilla descompensada, con demasiados veteranos, jugadores incompatibles entre sí, algunos demasiado caros…), el declive del Arsenal viene de lejos y se debe a su incapacidad por mantener a sus estrellas y competir en el mercado.

El Arsenal, sin embargo, tiene las cuentas saneadas y en cualquier momento puede ocurrir que los odiados Kroenke se decidan a vender. No faltan potenciales compradores: Daniel Ek, cofundador de Spotify, ya lo intentó la pasada primavera. Y los Kroenke se enfrentan a un demanda de 1.000 millones de dólares de la ciudad de San Luis por llevarse a Los Ángeles al equipo de fútbol americano que les puede impulsar a desprenderse del Arsenal.

¿Por qué todo esto es un mal augurio para el Barcelona? Porque demuestra lo fácil que es pasar de la gloria al declive. Porque el Barça está ahora empezando esa fase en la que no hay dinero para mantener a las viejas estrellas y atraer otras nuevas. Porque no puede llegar Spotify para salvarlo. Y, sobre todo, porque tiene una deuda gigantesca que hace pensar que los años de vacas flacas van a ser muchos, muchos, muchos.

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