baloncesto
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Grandeza responsable

Pau, correcto y educado, ha sido un modelo jugando y hablando, compitiendo y respetando, ganando y perdiendo

Pau Gasol, en su despedida en el Teatro Liceu de Barcelona.
Pau Gasol, en su despedida en el Teatro Liceu de Barcelona.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

Última parada, el Liceo. Podía no parecer el lugar más idóneo para que un deportista cruce la línea que separa la pista de la grada o los despachos, pero tratándose de Pau, tiene sentido. No sólo por su simbolismo, al tratarse de un gran amante de la ópera, sino porque al fin y al cabo, más que un jugador de baloncesto ha sido un artista, un talento portentoso, una voz poderosa que alcanzó cotas no antes logradas. A sus cualidades se le unió la fortuna de coincidir generacionalmente con unos cuantos jugadores estupendos que complementaron a la perfección sus innumerables virtudes y terminaron conformando no sólo un equipo, sino un estilo de hacer las cosas que ha causado admiración durante las dos últimas décadas.

A estas alturas del partido, cuando Pau disfruta de sus primeras horas oficiales como exjugador, resulta harto complicado decir algo que no haya sido dicho antes. Desde su irrupción en la Copa del Rey de 2001 llevamos dos décadas glosando su figura, loando su talento, dejando al diccionario sin adjetivos para calificar y cualificar tanta hazaña individual y colectiva. Momentos como el Mundial de Japón, sus dos anillos con los Lakers, las dos finales olímpicas donde se ganó perdiendo, esa noche inolvidable ante Francia en 2015 o el salto inicial con su hermano Marc en el All Star de Brooklyn forman parte de la memoria colectiva y son revisados una y otra vez pues supusieron cumbres deportivas inimaginables poco tiempo atrás.

En el caso de Pau el halago y reconocimiento no se han limitado a sus enormes capacidades deportivas, sino que también se han adentrado una y otra vez en la vertiente personal, en cuestiones que van más allá de lo técnico y táctico y se centra en ideas, actitudes y comportamientos. Sobra decir que por ahí ha salido siempre igual de bien parado. Pau ha sido un modelo jugando y hablando, compitiendo y respetando, ganando y perdiendo. Tan correcto y educado que en algún momento hasta se ha podido echar en falta alguna incorrección, un charco pisado, una salida del tiesto, un detalle de egoísmo, de imperfección. No hay noticias de ninguno, y si los ha tenido, no nos hemos enterado.

Sus logros explican muchas cosas del personaje, pero si alguien tiene menos tiempo para dedicarse a entender por qué Pau es quien es y ha logrado lo que ha logrado, igual le bastaría con analizar la fase crepuscular de su carrera. A lo largo de más de tres años Pau peleó por volver a sentirse jugador hasta casi más allá de lo recomendable, demostrado una vez más tenacidad, constancia, positivismo y resistencia ante la adversidad para no desfallecer en su objetivo de retornar a las canchas para una última cabalgada.

Una vez que su pie le respondió suficientemente, pudo demostrar lo que ya sabíamos y quizás dudábamos que sería capaz de hacernos recordar. En unos pocos partidos, comprobamos con alegría que seguía siendo condenadamente bueno, que casi sin querer se le caían de las manos puntos y rebotes, que incluso con 41 años y los lógicos efectos que provoca una ausencia tan larga, en ese jugador entrado en canas y que corría al lado de chavales que podrían ser sus hijos, reconocías al Pau de siempre. Una vez más, el secreto estaba en un gran talento al servicio de una cabeza muy bien amueblada.

Conseguido su último objetivo, colgar las botas en la pista y no en una consulta médica, Pau Gasol abandona definitivamente el parqué. En su comparecencia dejó una última perla. La grandeza trae consigo una gran responsabilidad. Hasta en esta importante asignatura, su nota ha sido sobresaliente.

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