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La obsesión de Ibrahimovic

El delantero sueco ha regresado a los 40 años a la selección, a la que renunció en 2016, con la intención de despedirse del fútbol en un Mundial

Zlatan Ibrahimovic, antes de comenzar el entrenamiento de este sábado de la selección sueca en el estadio de La Cartuja. (Photo by JORGE GUERRERO / AFP)
Zlatan Ibrahimovic, antes de comenzar el entrenamiento de este sábado de la selección sueca en el estadio de La Cartuja. (Photo by JORGE GUERRERO / AFP)JORGE GUERRERO (AFP)

La larga silueta de Zlatan Ibrahimovic (Suecia, 40 años), coronada por la cola que recoge su melena emergió de las escaleras subterráneas de La Cartuja. Para entonces, la mayoría de los internacionales suecos jugueteaban en rondos informales y el seleccionador Janne Anderssonn había mostrado su disconformidad a los operarios del recinto sevillano por no poder utilizar una de las áreas, invadida por una lámpara secadora de hierba. “España no juega limpio”, denunciaría luego en la sala de prensa el técnico sueco.

Centro de parte de las críticas en su país tras la debacle en Georgia (2-0), Ibrahimovic pareció ensimismado, ignoró los juegos de pelota de sus compañeros y se dirigió con paso cansino a un corrillo donde estaban los colaboradores del seleccionador. Luego se ató las botas y se sentó en el mismo tipo de nevera en la que se acomodaba Luis Enrique durante los encuentros de la pasada Eurocopa. Su entrenador se negó a desvelar si este domingo jugará de inicio, lo que supondría su tercer partido consecutivo en ocho días para una carrocería cuarentona delicada en el tendón de Aquiles y en la rodilla derecha. Ibrahimovic está angustiado por las respuestas de su físico. La salud será la que determine si el Milan decide renovarle por una temporada más y si puede cumplir su gran obsesión, participar, marcar un gol en un Mundial con 41 años y luego, colgar las botas.

Su regreso a la selección el pasado mes de marzo, tras su renuncia al término de la Eurocopa de 2016, estuvo espoleado por la emergencia de una nueva generación que logró la clasificación para la Copa del Mundo de Rusia 2018. Por entonces, en Suecia se abrió un debate sobre su regreso, pero no hizo ningún gesto público para volver. Ante esto, Andersson aclaró que no tenía intención de convocar a nadie que no mostrara interés. Suecia alcanzó los cuartos de final e Ibrahimovic reforzó su idea de que la nueva hornada le permitiría formar parte de una selección competitiva. Fue a finales de 2020 cuando por primera vez manifestó que echaba de menos a la selección. Ese movimiento provocó que Andersson viajara a Milán para reunirse con él. De allí salió un acuerdo por el que el jugador aceptaba un rol más secundario sin los privilegios que otros seleccionadores le habían concedido. El técnico le advirtió de que la selección ya no jugaría para él en exclusiva. Aceptadas las condiciones, el regreso se confirmó con dos partidos en marzo de 2021, ante Georgia (1-0) y Kosovo (0-3). Su participación en la Eurocopa estaba confirmada hasta que se lastimó la rodilla derecha a un mes de iniciarse la competición.

Su última reaparición del jueves, con la inesperada derrota en Georgia, ha dividido a Suecia en torno a la figura de uno de los mejores jugadores de su historia. Los críticos denuncian que su presencia rebaja las prestaciones del resto de atacantes, Isak, Forsberg, Claesson, o Kulusevski. Este último fue suplente en la ya bautizada como la debacle de Batumi porque Ibrahimovic fue el elegido por Andersson para formar junto a Isak. El seleccionador fue cuestionado ayer por cómo se tomaría Ibrahimovic una suplencia en la cita de esta noche. “No sé como será en España, pero aquí decido yo”, zanjó.

El grupo ha aceptado al mito Ibrahimovic porque este ya no es la estrella gruñona que se pasaba los partidos abroncando a cualquier compañero que le diera un mal pase o cometiera un error. “Tenemos un amigo en común y hace poco me llamó para que fuera a verle. Metí a mis tres hijos en el coche y los llevé para que le conocieran. Ibra no es como lo pintan”, dice Álvaro Morata. “Con 40 años si hace lo que hace es porque es un privilegiado, físicos como el suyo son casos excepcionales”, prosigue el delantero de la Juventus. “Si juega potencia su juego directo”, advirtió ayer Luis Enrique.

Sus ácidas fanfarronadas ya no son tan frecuentes. “Wenger me llamó con 17 años para hacer una prueba y la rechacé. Zlatan no hace pruebas, le dije”. “Un Mundial sin mí no merece la pena verlo”, dijo cuando Suecia se quedó fuera de la Copa del Mundo de 2014. “Los leones [tiene uno tatuado que cubre su espalda] no nos comparamos con los humanos”, soltó una vez que le preguntaron quién era el mejor delantero de la Premier League. “Lo que Carew hace con un balón, yo lo puedo hacer con una naranja”. Esas perlas cada vez son menos frecuentes. De su paso por Los Ángeles Galaxy absorbió el concepto de deportista y hombre de negocios que tanto se estila en el deporte estadounidense. Lo mismo cobra por recomendar promesas suecas que invierte y cede su imagen para la comercialización de un chicle con vitamina Z, de Zlatan.


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Sobre la firma

Ladislao J. Moñino

Cubre la información del Atlético de Madrid y de la selección española. En EL PAÍS desde 2012, antes trabajó en Dinamic Multimedia (PcFútbol), As y Público y para Canal+ como comentarista de fútbol internacional. Colaborador de RAC1 y diversas revistas internacionales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Europea.

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