Simon Yates gana en Turín y Carapaz arrebata el liderato del Giro de Italia a Juanpe López

El ciclista británico se impone en solitario en la capital del Piamonte y el ecuatoriano, ganador en 2019, es el nuevo ‘maglia rosa’

Richard Carapaz celebra este sábado en el podio de Turín su liderato en el Giro de Italia 2022.
Richard Carapaz celebra este sábado en el podio de Turín su liderato en el Giro de Italia 2022.DPA vía Europa Press (Europa Press)

Ni ser o no ser shakesperiano ni dudas vitales intensas, general o etapas, el Giro es un jardín de un solo camino para Alejandro Valverde, la primera explosión, y quedaba tanta etapa, de un día fabuloso de ciclismo, y explosivo en las subidas a Superga, encima de Turín, una colina, un jardín y una basílica, que arde la primera vez y abrasa la segunda, y revienta también Juanpe que, hermoso de rosa, solo, afronta un nuevo desafío, uno más grande que sus fuerzas, y no puede más, 10 días de rosa, una fábula que termina, y un descubrimiento de las propias fuerzas que comienza, y cuando pedalea Juanpe, así, el pecho abierto, la cabeza alta, siempre al límite, el sol se ilumina, y en las subidas a la Maddelena, estrecho sendero umbrío que engaña, los árboles ocultan el sol, que hiere como las miradas malas, pero el calor se estanca, y la humedad que asciende del Po acogedor y plácido ahoga. Y las subidas que no puntuaban, la del parque de la Remembranza, donde el Bora en pleno revienta el Giro, en la del parque del Nobile, donde Simon Yates, astuto, agazapado, se lanza para ganar una etapa que vale por todas las 14 del Giro, y Richard Carapaz se viste de rosa. Landa sufre, pero no se rompe. Cede 32s al ecuatoriano. Se queda a 59s en la general, cuarto. Al Giro le queda aún lo más duro, dicen, Dolomitas y otros monstruos, más duros aún que las 3h y 43m de los alrededores de Turín abrasado, a casi 40 por hora los mejores.

A sus pies, persiguiendo al ecuatoriano que ganó el Giro del 19 aliado con el frío, lo que queda de Giro, una banda de ciclistas como él, seres en apariencia moribundos, pero duros, que se arrastran a cámara lenta por pendientes del 20 por ciento, y, como Carapaz, agarran con ansia los bidones de manos de los auxiliares en las cunetas, que les llegan con un paquete de hielo adherido, y el hielo se lo colocan en la nuca, sujeto por el cuello del maillot, y con el bidón se riegan el cuerpo, que despide vapor de sauna. Son un hervor. Se miraban en la salida. Anglosajones blanquitos que no sabían qué hacer con el sol que es un puñal, y envidian a los del sur, a los andinos, lebrijanos, sicilianos, lucanos, tan morenos, tan sueltos, toda una existencia obligados a amar el sol, pero a 80 kilómetros de la meta, y aún no habían empezado los toboganes de las subidas, el puñal son ellos, los del Bora, anglosajones que aceleran en cabeza y, como si un disolvente hubiera dejado sin pegamento, hubiera deshecho las ligazones invisibles que convierten en un pelotón a un grupo de ciclistas, todos se dispersan, y cada uno lucha con lo que puede.

“Un día durísimo”, dice Nibali, el siciliano que ha visto días de todos los colores y no recupera el aliento después de haber estado con los mejores hasta el final, y está orgulloso de ello, aunque no haya podido irse solo, como su alma le exigía. “No hemos parado ni un segundo. Era hasta difícil, imposible, alimentarse, hidratarse”.

Juanpe aguanta con la docena de elegidos, los más fuertes, Landa, Pello, Almeida, Nibali, Carapaz, Hindley, Kelderman que no para de acelerar, y arranca maldiciones entre dientes de todos, Buchmann, Pozzovivo, el gran viejo, incapaz de enderezar un codo, roto en mil pedazos en una de sus miles de caídas, pero incapaz, también, de doblar la rodilla, de rendirse cuando llega el momento, cuando el ritmo “pazzesco”, loco, dice el dios de la Basilicata del equipo alemán y su táctica de todo destruir, y coloca a Hindley, su australianito, segundo en la general, a 7s de Carapaz.

Juanpe está ahí, delante, “en la lucha”, como él dice, orgulloso y contento de ello, y aguanta defendiéndose, sin pensar para nada en no llegar hasta el límite antes de ceder, hasta el puñal de Carapaz, a 29 kilómetros, quien, sin compañero de equipo, se defiende en la emboscada al ataque, y lo hace coronando la segunda Superga, y allí comienza el dolor de Landa, moderado, y se acaba el sueño de Juanpe, pero no sus ganas de participar de un día grande, donde todos se sienten héroes, y dejan un pelín de ellos al paisaje, a la carretera, a las curvas y las cuestas, para que después, quienes pasen en coche por allí, o paseen, digan algo así como si todos los lugares tienen un alma compuesta por las acciones hermosas, la valentía, el dolor, de los que por aquí han pasado, el alma de Superga no es solo el recuerdo del avión estrellado en 1949 con los futbolistas del Gran Torino, que antes que un Ford de Clint Eastwood fue un equipo de fútbol, ni la memoria de Bahamontes ganado una etapa del Giro del 58, también es Juanpe solo, y su maglia rosa abierta hasta el ombligo buscando oxígeno a grandes bocados, y pedaleando como el sol, y es también Valverde, al que un ataque inesperado, un ritmo infernal, le han privado del derecho de elegir qué Giro quería hacer, y aun así, a los 42 años, como Juanpe unos minutos por delante, asciende solo, sin rendirse, sin mirar atrás, a su chepa, a la que se agarran los que como él, solo buscan sobrevivir. Llega el 12º de la etapa, a 8m 4s de Yates, el más hábil, el más libre, en los kilómetros finales, cuando unos cuantos, Nibali, Hindley, él mismo, han alcanzado a Carapaz en fuga. No estaba Landa con ellos, pero tampoco tan lejos, y no estuvo solo, porque Pello Bilbao bien se sacrificó y llegó a su límite para ayudarle.

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Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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