El Santuario de Castelmonte no rompe la igualdad entre Carapaz, Hindley y Landa al frente del Giro de Italia

Segunda victoria de etapa para el neerlandés Bouwman la víspera de la gran etapa de los Dolomitas, con el final en alto en la Marmolada como ultima oportunidad para atacar

Landa hace un mínimo y fugaz hueco sobre Carapaz y Hindley en la ascensión al Santuario de Castelmonte.
Landa hace un mínimo y fugaz hueco sobre Carapaz y Hindley en la ascensión al Santuario de Castelmonte.LUCA BETTINI (AFP)

El Friuli, llanura sosa y el Tagliamento, un río de piedras, ancho como 30 campos de fútbol, en el que la caballería cosaca ayuda a las SS a combatir con el terror a los partisanos, y, en un monte, el Castelmonte, entre bosques, un santuario con una virgen negra al que ascienden, antes que los ciclistas, siete kilómetros, vecinos de Cividale rezando el rosario por la carretera empinada, jalonada cada 500 metros con una capillita y una escena de la Pasión, y a los ciclistas de un día que pasan boqueando, buscando las franjas de sombra bajo el sol achicharrante, y su respiración acelerada a grandes bocanadas es más ruidosa que el girar sibilante de las ruedas, un espectador gordo, tumbado, les grita, venga, que falta poco, y faltan, al menos cinco kilómetros, y a quien le reprocha que por qué miente, le responde, triste, que el mundo está hecho de esperanzas falsas, y no parece del Friuli, donde lo extraordinario nace de la monotonía, del paisaje falso, pianos fabulosos de Fazioli hechos en un polígono industrial anónimo entre carpinterías y fábricas de muebles, poemas ricos en friulano de Pasolini en su mejor juventud, y Ottavio Bottecchia, nacido del hambre que en vez de emigrar como sus paisanos que se llevaron a Buenos Aires una copia de la virgen negra se hizo albañil y luego ciclista, y fue el primer italiano que ganó el Tour, y dos veces, en los años 20, y los ciclistas de verdad, los que hacen del ciclismo su vida, llevan clavada en el cerebelo la primera ley de Newton, ley fundamental del ciclismo redactada por Peter Winnen, mejor escritor que ciclista, y ganó dos veces en el Alpe d’Huez: paciencia, paciencia, paciencia, locura, que ellos, el trío Carapaz, Hindley, Landa, entre amagos infantiles con cara de importantes, interpreta a su manera, paciencia, paciencia, paciencia, domani.

Fotofinish again entre los tres primeros. Victoria de Koen Bouwman, maglia azzurra de rey de la montaña, segunda victoria tras Potenza, pleno del rubito neerlandés. No muy lejos, Valverde, el viejo, acuna a Juanpe, el joven, que se ha quedado un poco cortado, y le ayuda a mantener la maglia blanca.

A Saronni, en un Giro, le preguntaban todos los días cuándo atacarás. Y él respondía, el Giro es largo, el Giro es largo, aún quedan muchas etapas importantes. El último domingo, y aún no había atacado, Saronni prometió, el año que viene será otra historia. Al Giro de las falsas esperanzas le queda un mañana para atacar, la Marmolada del sábado, y un mañana para rezar, la contrarreloj de Verona, y Landa, acelera a dos kilómetros del santuario después de que un relevo largo de Carapaz hubiera aislado a los tres habituales, y lo hace, por una vez, con las manos arriba del manillar, y, como siempre, señal de poca confianza, mira atrás enseguida, cuando la moto que le precede acelera, y por una vez, y no se lo cree, parece que ha hecho un hueco, y que se va, se va… La falsa esperanza, alimentada por la falsa presencia del Bora en cabeza durante el ascenso, en la raya con Eslovenia, tan al este está el Friuli, del Kolovrat durísimo, dura cinco segundos, el tiempo que tarda Carapaz en volver a su rueda con Hindley. “Y no sé si hice el hueco por piernas o porque los otros dos se controlaban”, admite Landa, realista. “Pero aún soy optimista”. Y su director, Alberto Volpi, precisa: “Veremos qué se puede hacer en la última subida”. Hindley, más sincero, admite su depresión. “Simplemente nada salió cómo esperábamos”, dice. “Tampoco hoy ha sido un día bueno para reventar la carrera. Ganar un poco de tiempo en la marmolada sería ideal para salir último en la contrarreloj, claro. Será difícil, pero lo conseguiremos”.

Quedan los grandes Dolomitas, los dos únicos pasos del Giro menor por encima de los 2.000m, cuando las colinas ya son montañas, y los escaladores andinos, Carapaz, claro, la gozan por la poca fuerza del oxígeno para llegar a la sangre, el Pordoi (2.239m), y la Marmolada (2.057m), claro, las cuatro sílabas que evocan ciclismo del que gusta a la afición, una recta criminal, desfallecimientos tristes, y anuncian lluvia, granizo, siete grados en la Cima Coppi, nueve en Malga Ciapella. Saldrán de Belluno, el pueblo de Dino Buzzati, que escribió dos libros sobre el Giro, una colección de crónicas de Coppi contra Bartali en el 49 y una novela, El desierto de los tártaros, la historia de una invasión, de un ataque, que nunca llega. “Y tampoco importa tanto que no haya ataques”, dice Carapaz, cómodo de rosa por delante de Hindley, quien debe su desventaja de solo 3s a los 21 de bonificación conseguidos para contrarrestar los 14s logrados en abonos por el ecuatoriano más los 8s que le sacó en Budapest en la contrarreloj y los 4s obtenidos en la única subida en la que en todo el Giro se despegó del tenaz australiano, 8s conseguidos en la contrarreloj. Ocurrió hace tanto que apenas nadie lo recuerda, en la primera etapa, en el repecho de cuarta hasta el castillo de Visegrád, 335 metros de altitud, donde la gran curva del Danubio, donde, quizás, si la Marmolada no lo impide, se resumió todo el Giro en tres nombres: ganó Van der Poel por delante de Girmay, y Carapaz fue sexto. “Tres segundos son tres segundos”, dice. “No estaría mal llegar a la contrarreloj con estos tres segundos, pero, de todas maneras, yo creería que no vamos a llegar a Verona con esta igualdad. No sé por qué, pero me parece que no”. Y sonríe y guiña el ojo.

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Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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