El equipo español de vela de SailGP se agiganta en la bahía de Cádiz

El catamarán conducido por Jordi Xammar termina sexto la primera jornada y aspira a disputar la final del domingo

El público jalea al barco español desde el paseo de Santa Bárbara, de Cádiz.
El público jalea al barco español desde el paseo de Santa Bárbara, de Cádiz.Eduardo Briones (Europa Press)

Las fuerzas que desatan el juego de las diferencias de presión y el principio de conservación de energía hacen que las lentejas en una olla se cuezan en nada, que los aviones se cuelguen del aire y que el agua del mar agitada levante sobre sus patitas, o foils, a nueve catamaranes de 2.400 kilos peso y un ala de 24 metros, alta como una torre de ocho pisos, clavada vertical que se lanzan a toda velocidad, a 100 por hora casi, en una carrera sin freno y viradas y reviradas, a barlovento, a sotavento, y convierten la física en poesía, y es en la bahía de Cádiz, y su mar de seda, y su luz, hasta tan hermosa como la de Camarón, su palo, su vela, y el barquillo que cruza despacito hacia el Puerto.

Es el GP de Andalucía-Cádiz de SailGP, los barcos que son aviones. Son los mejores del mundo, y entre ellos, peleando con ellos, con los grandes maestros de Nueva Zelanda, de Australia, de Estados Unidos, de los grandes países de la vela, un catamarán español. Están los mitos al volante. Está Peter Burling, su oro olímpico, sus Copas América, y están Tom Slingsby, Ben Ainslie y Jimmy Spithill, cuyo historial no es más corto.

Y está Jordi Xammar, un joven que sacó un bronce en los Juegos de Tokio, y gira el volante del Victoria, el F50 español, 15 metros de eslora, con las puntas de los dedos casi, suave, y con él, moviendo el ala del catamarán, Flo Trittel, y a su espalda, dos ojos más para verlo todo, Paula Barceló, y delante, midiendo la altura de los foils y la estabilidad del vuelo, y evitando que el barco se clave de pico, Diego Botín, y más allá, moviendo a dúo una manivela como las de las máquinas de picar chorizos, y haciendo así girar el rotor que permite mover el ala, Joan Cardona y Jake Lilley. Todos son jóvenes. Ninguno llega a los 30 años. Son lobos de mar que hacen campaña de vela olímpica y crecen, con el SailGP, una creación de tres años de edad, del mago de Oracle, Larry Ellison, y el legendario navegante Russell Coutts, en el mundo de las regatas profesional. “Me pasaré 300 días al año navegando”, calcula Botín, olímpico en Tokio, que se prepara también para la clase 49er de París 2024. “60 de ellos los dedico al SailGP”.

No hay diferencias entre ninguno de los nueve catamaranes ni en sus aparejos. Todo es igualitario. Todo lo decide la dirección. Como si todos los de Moto GP usaran la misma moto, el mismo combustible, los mismos neumáticos. No tienen motor. Solo el ala y una vela pequeña y triangular, un foque, que convierten el viento, una brisa de apenas 20 kilómetros por hora, en 50, 60, 70 kilómetros por hora en su barco. “Somos adrenalina”, dice Xammar, que en Tokio compitió en la clase 470 e intenta clasificarse para París 2024, en el agua de Marsella, junto a Nora Brugman en la nueva categoría, 470 mixto. “Y somos feeling, y millones de datos por segundo que captan los 1.200 sensores instalados en el barco, se amontonan en nuestras pantallas. Lo tienes que hacer todo mucho más rápido que en la vela clásica, pero el feeling que necesitas para navegar es el mismo. Se trata de sentir el barco, hasta las extremidades de los foils como si fueran tú mismo, de sentir el viento. Y entender eso, en unas carreras tan brutales como estas, con estos gigantes, es fundamental para seguir creciendo”.

“Como perros sin correa”

La de Cádiz, la única cita española, es la sexta jornada, dos días cada una, siete regatas de un cuarto de hora, más o menos, de las 11 de que consta el campeonato, que terminará en mayo en la bahía de San Francisco. La primera de las tres del sábado, en la que, apurados por un problema que impedía fijar el foque, los españoles salen apurados y acelerados, “como perros sin correa”, dice Xammar, y el corazón a 200, la concluyen los cuartos de nuevo. Mejor aún va en la segunda. Son terceros, y séptimos en la tercera porque en la salida se les clava delante Canadá, y les retrasa y les deja sin ritmo. Llegan sextos a las carreras del domingo de una clasificación encabezada por Australia y Francia. Si consiguen salir terceros al menos de la sexta, la tercera del domingo, podrán competir en la séptima, la que decidirá el ganador. “Es nuestro objetivo, claro”, dice Xammar, que destaca otra razón por la que se debe considerar al SailGP como el invento del siglo. “El público. Los regatistas no estamos acostumbrados a competir con público cerca, a podernos sentir figuras del deporte aclamadas por la afición. Y aquí, en Cádiz, lo hemos sentido…”.

Desde el muro del paseo de Santa Bárbara, en las alturas desde las que parece que los barcos se deslizan suaves, fluidos como el gua, miles de personas les jalean, ambiente de estadio futbolístico, y sus gritos les llegan pese a los cascos de comunicación que llevan, pese al ruido de los motores de las varias Zodiac y el helicóptero de la televisión. En el más de centenar de embarcaciones que delimitan el campo de regatas gozan más espectadores, entre ellos la reina de la vela olímpica española, Theresa Zabell. A la altura del agua no pueden apreciar apenas el desarrollo de la carrera, pero sí sentir a los monstruos volando sobre el agua, la magia, la poesía de la física entre las olas. “Y yo quiero que esto siga creciendo”, dice Xammar. “Y yo, crecer dentro, y no, esto no es un paso hacia la Copa América, hacia algo que parece más grande, más importante. Esto es todo”.

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Sobre la firma

Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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