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Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Solos

Tal vez, la manifestación más dolorosa de la tristeza sean esos aplausos de despedida a Julen Lopetegui, de funeral, de negro absoluto

Lopetegui y Monchi después del partido ante el Dortmund este miércoles, el último del técnico al frente del Sevilla.
Lopetegui y Monchi después del partido ante el Dortmund este miércoles, el último del técnico al frente del Sevilla.Jose Breton (AP)

No sé si les he contado esta historia, pero prefiero el riesgo de la repetición a cambio del beneficio de la explicación.

Cuando en 2003 le propuse a Ernesto Valverde ser el entrenador del Athletic necesité pocos argumentos para convencerle porque conocía, y conoce, el club tan bien como yo. En lo bueno y en lo malo (porque sí, también hay algo malo en la fascinación del Athletic). Su respuesta fue afirmativa y quedamos en que yo llamaba a su agente para cerrar los temas financieros. Me prometió que esto sería fácil y lo fue, y acto seguido repasamos las cuestiones más importantes. No hay que olvidar que acababa de fallecer nuestro presidente Javier Uría y que la situación estaba envuelta en una oscura nube de tristeza, así que empezamos a proyectarnos hacia el futuro. Con la confianza que nos teníamos (la seguimos teniendo) y mi atrevimiento de director deportivo, le hice una confesión: “Ernesto, que sepas que desde este mismo momento empiezo a buscar entrenador”.

Su cara pasó del desconcierto a cierto cabreo y mi cerebro se dio cuenta de que había hablado demasiado. Pero mi parte racional empezó a desgranar motivos como la salud, la desmotivación, tal vez una pérdida de ilusión al conocer desde dentro el vestuario del primer equipo... No sé, todos los argumentos que se me ocurrieron para salir de aquel entuerto, para sacar aquella pata del barro en el que me había metido yo solito. Como Ernesto es inteligente y, sobre todo, generoso, pasó página rápido y la anécdota suele animar alguna de las comidas que hemos compartido después.

Pero la historia se apareció en mi recuerdo cuando veía a Julen Lopetegui despedirse de la afición sevillista en medio de una catarsis extraña. Su final estaba escrito (aunque el partido hubiera acabado en victoria) y Monchi, su director deportivo, le acompañaba en ese momento triste. Porque hay aplausos que pueden ser muy tristes. Tal vez, la manifestación más dolorosa de la tristeza sean esos aplausos de despedida, de funeral, de negro absoluto.

No sé, no estoy al tanto de las interioridades de esa historia que solo los protagonistas están en condiciones de descubrir con los aprendizajes consiguientes. Pero me trajo a la memoria esos momentos contradictorios en la dirección deportiva en los que debes apoyar con todas tus fuerzas a tu entrenador. No en vano es un profesional al que hace unos meses fuiste a convencer a su casa, con tu presentación, el proyecto de tu club y las bendiciones de tu cuidad para que se viniera contigo a batiros juntos en la misma trinchera. A batiros juntos en la misma cocina, a batiros juntos sabiendo que, entre nosotros, los silencios son más poderosos que las filtraciones. Aunque este mundo de lo inmediato quiera desmentir este precepto secular.

Pero tu trabajo, el del director deportivo, también consiste en anticiparse a lo que pueda pasar, en tener soluciones si las cosas se ponen trágicas e imaginar que, como le contaba a Ernesto, una depresión, una mal momento anímico, un problema familiar, un imprevisto como una oferta irrechazable de otro club pueda llegar y en ese caso hubiéramos tenido que buscar una solución de emergencia. Debes tener esa solución trabajada en el cajón más secreto de tu despacho. Es el mundo del por siaca (por si acaso), en vez del pensé que…

Se diría que los porteros somos especialistas en trabajar en este tipo de situaciones. No en vano, en nuestra carrera vale tanto la anticipación a la acción del delantero como la milagrosa salvando el balón en una parada prodigiosa.

Es tal vez por eso que me pareció tan dura, tan triste y tan emotiva la imagen de esos dos porteros con la mirada perdida y tan solos en medio de tanto ruido.

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