56,792 kilómetros en una hora: Ganna logra el récord de los récords

El ciclista italiano consigue en el velódromo suizo de Grenchen una marca que sella el matrimonio entre la revolución tecnológica y el talento de los grandes campeones, en la línea de Coppi, Anquetil, Merckx e Indurain

Filippo Ganna, en su bicicleta Pinarello construida en una impresora 3D, en el velódromo de Grenchen (Suiza).
Filippo Ganna, en su bicicleta Pinarello construida en una impresora 3D, en el velódromo de Grenchen (Suiza).MARCEL BIERI (EFE)

Dan Bigham tiene un comercio online en cuyo solo nombre (WattShop, tienda de vatios) se resume el récord de la hora. Más que vender vatios para los motores de los mejores ciclistas, dueños de magníficos organismos que asombran a los fisiólogos, la tienda vende componentes para bicicletas, platos, bielas, ruedas, cadenas, manillares, materiales que ofrecen tan poca resistencia al aire que el propio ciclista acelera en su avance, tan aerodinámicos que permiten que para alcanzar velocidades tremendas no sea necesario poseer una central nuclear en las piernas. Sobre su Espada, maravilla tecnológica de Pinarello en su época, el quizás mejor contrarrelojista de todos los tiempos, Miguel Indurain, según cálculos de su fisiólogo, Sabino Padilla, precisó de una media de 550 vatios para dejar el récord de la hora en 53,040 kilómetros en agosto de 1994.

Tres décadas más tarde, con una media de 360 vatios, el mismo Bigham que vende vatios, ingeniero que llegó al ciclismo y al Ineos desde la Fórmula 1, dejó hace unas semanas el récord de la hora en 55,548 kilómetros. Y con la experiencia de Bigham detrás de él, un físico de coloso a lo Indurain, el italiano Filippo Ganna, 1,93 metros, 85 kilos, una Pinarello de aleación escandio-aluminio-magnesio construida en una impresora 3D en cinco piezas pegadas con pegamento de la NASA, tubos con perfil de foil (redondos por delante, alargados por detrás, como una gota de lluvia, y una potencia de unos 460 vatios, casi 100 menos que el navarro, ha llevado el récord a una dimensión que solo existía como resultado de ecuaciones que se creían inconcebibles hace no tanto: 56,972 kilómetros. Lo ha conseguido el sábado en el velódromo de Grenchen (Suiza). “Antes de empezar me dije que batirlo por un metro ya estaría bien, pero según fui marchando vi que podría pasar de los 56 kilómetros”, dice el italiano. “Y en los últimos cinco kilómetros hice lo imposible para llegar a 57 kilómetros, y me quedé a menos de una vuelta, a 10 segundos”.

En 1996, el británico Chris Boardman, usando la posición llamada de Superman, con los dos brazos estirados delante, una flecha frente al aire, dejó el récord en 56,375 kilómetros. En septiembre de 2000, la Unión Ciclista Internacional (UCI), asustada por lo que creía ya casi actitudes circenses, prohibió las bicis raras, las posiciones imposibles en la carretera (el huevo de Graeme Obree, los brazos de Boardman) y borró sus marcas, y las de Moser, Indurain y Rominger, las conseguidas con bicis cuya geometría se alejaba del diamante de las bicis tradicionales. Los 56,792 kilómetros de Ganna, con bici de cuadro tradicional aunque imposible de fabricar en serie, y con un tubo vertical y tija de sillín dentados, permite unificar en cierta forma el récord. Su tentativa está en la línea de la de los grandes campeones, de Fausto Coppi (45,848 kilómetros hace 80 años), de Jacques Anquetil (46,159 en 1956), de Eddy Merckx (49,431 kilómetros en 1972, hace 50 años, en México, donde el aire es menos denso, donde hinchó con helio los neumáticos).

El coeficiente de resistencia aerodinámica de Bigham (la oposición al aire que ofrece la superficie frontal del ciclista) era de 0,15; el de Ganna, de 0,19; el de Indurain en su Espada, superior a 0,2. La nube que permite a pequeños emprendedores e investigadores capacidades de computación antes reservadas a las grandes empresas, los túneles de viento virtuales que hacen posible miles de cálculos de dinámica de fluidos, la democratización de la tecnología, son la base de la revolución.

“La tubería con dentado genera una especie de pequeños vórtices, microturbulencias controladas que direccionan el viento de una manera precisa y evitan resistencia aerodinámica”, explica Iván Velasco, ingeniero de rendimiento del Movistar. “Es similar a lo que se hace con el buzo de contrarreloj del ciclista en los brazos, desde el hombro hasta el codo, una superficie muy redonda, y un volumen cilíndrico no es para nada aerodinámico. El viento se despega muy rápido de la superficie y genera muchas turbulencias que frenan detrás del brazo expuesto al aire. En el tejido de los buzos por eso hay rayas de diferente relieve para generar los vórtices, turbulencias pequeñitas que hacen que la primera capa de aire se quede adherida a la forma y hay menos resistencia”.

Ya solo hay una marca de referencia, la de Ganna, piamontés de Verbania y su lago. La consiguió el italiano, de 26 años, siguiendo una tabla de marcha que preveía el llamado negative split, ir más rápido en la segunda media hora que en la primera. Así evitó una subida rápida del ácido láctico, el gran enemigo, y se sentía tan bien que a los 20 minutos decidió acelerar y lanzarse. En números: un desarrollo 64/15 (piñón fijo, como es obligatorio, claro), que equivale a un 54/12, pero a mayor tamaño del plato mayor eficiencia; 9,89 metros por pedalada; neumáticos tubeless con cámara de 23 milímetros hinchados a ocho atmósferas, 96 pedaladas por minuto. Velódromo calentado a 27 grados. Pista de madera, pino siberiano, de 250 metros, 227 vueltas, 15,3s por vuelta, también calentada para disminuir la pérdida por el rozamiento del neumático. Y un manillar de titanio. “La regla de los 10 centímetros, como longitud del apoyo de triatleta, la han maximizado llevando el apoyo no en el codo sino en el antebrazo, y así le dan más ángulo a la extensión y se acopla mejor y se tapa mejor el hueco entre la cara y las manos, un punto importante”, explica Velasco. “Y el buzo tiene mucho impacto, una gran superficie. En cada sitio tejidos diferentes, dónde poner las costuras, dónde liso, dónde rugoso con estrías, con arrugas, para generar las microturbulencias controladas”.

Y moviéndolo todo, unos músculos, un corazón, una cabeza. Un alma de niño que se pierde por la Nutella, por construir naves espaciales con Lego, amante de concentraciones de alta montaña en Macugnana, en sus Alpes. Un talento único. El deseo de inscribirse en la línea de los más grandes. Ganna, con sus fieles Marco Villa y David Cioni marcándole las referencias al borde de la pista, convirtió el récord en un asunto íntimo, un hombre solo, el tiempo, una ecuación entre él, su capacidad, su deseo y las leyes de la física y de la vida. El récord de los récords.

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Sobre la firma

Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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