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Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Míster Milagro y sus convicciones

Lewandowski cazaba un rechace para igualar el partido y lo primero que hicimos todos, incluyo a los seguidores del Inter, fue mirar el tiempo que quedaba

Robert Lewandowski durante el partido del Barcelona contra el Inter en el Camp Nou este miércoles.
Robert Lewandowski durante el partido del Barcelona contra el Inter en el Camp Nou este miércoles.PAU BARRENA (AFP)

Por un momento, por una escasa franja de tiempo, un resplandor, pareció que el dios de la remontada se hacía visible en el Camp Nou y que la épica, ese elemento que se suele tomar como un sospechoso cuando se habla del juego del Barça, esa épica podía llevar a los culés a una cita de esas que se cuentan a los nietos en una oscura noche de invierno. Lewandowski cazaba un rechace para igualar el partido a dos goles y lo primero que hicimos todos, incluyo a los seguidores del Inter, fue mirar el tiempo que quedaba. Ocho más el descuento. Tiempo suficiente para un milagro, visto que ese producto del fútbol, el milagro, se genera en un segundo. Es más, es un producto, lo siento, no se me ocurre una forma mejor para definirlo, que no necesita cocción, ni distracción, ni posesión de balón ni nada de esos elementos que habitualmente, por definición, componen el juego del Barça. Necesitan de un balón al área y cruzar los dedos. Bueno, si el centro es bueno, como el de Toni Kroos en el último minuto del partido del Real Madrid contra el Shakhtar, el central se despista medio metro y tienes a un tipo como Rüdiger que está dispuesto a jugarse la nariz, entonces tienes más posibilidades de que el milagro te venga a ver.

Y por un momento al Camp Nou, perdón, al Spotify Camp Nou, se le puso cara de “A mí Sabino el pelotón, que los arrollo”, y pensando que era el PSG quien defendía la otra portería, se lanzó sin paracaídas al abordaje de los interistas. Démosle el mérito de que a nadie se le ocurrió especular en que el empate todavía dejaba una brizna de esperanza para seguir en la Champions de este año, bueno, en la que seguirá en 2023, y allí se fueron todos a por todo, a por tanto que hasta el habitualmente tranquilo seguidor culé decidió soñar con lo imposible y se desbocó como pocas veces le ocurre.

Hay que tener en cuenta que el Barça estaba a un paso de quedarse fuera de los octavos de final de la Champions por segunda vez consecutiva, un club en el que, hasta no hace tanto, se daba por segura la presencia en las semifinales y que entendía esta fase de grupos como una forma de calentamiento europeo.

A esas cuitas deportivas le añadía Pedri, un chaval serio y cabal, con su voz tranquila y sosegada, que el encuentro era decisivo por las consecuencias económicas que tendría no estar en la siguiente fase, declaración que creo debe ser única en el fútbol europeo, donde yo diría, sin haber escuchado todas las ruedas de prensa, que no creo que ha habido un solo jugador que haya entendido este cuarto partido de la fase de grupos como un debate presupuestario. Esas eran cosas que solían despejar o responder los entrenadores, pero ya sabemos que el debate financiero está hoy en día de plena actualidad cuando se habla de las cosas del Barça.

Ya conocen que Míster Milagro no acabó pasándose por el estadio culé, bueno, solo en formato empate, como el Madrid contra el Shakhtar dirá alguno, cuando ya todo se iba por el sumidero que da a la Europa League, y que el Barça se queda muy tocado en sus opciones de Champions.

La cuestión es que en el horizonte se presenta el clásico del domingo, ese partido que algunos consideraban menor ante la magnitud de lo que había en juego ante el Inter y que ahora representa el momento de centrarse en lo local, en la competición doméstica, para seguir manteniendo la primera plaza y recuperar color y confianza.

La cuestión es que en el otro lado, al Real Madrid se le presenta una oportunidad única de asestarle un golpe al Barça en lo que más le duele. Sus convicciones.

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