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El Montañista
Coordinado por Óscar Gogorza

La bestia Dani Arnold sobrevive a Ueli Steck

El alpinista suizo cierra una década de escaladas sin cuerda firmando cinco récords de velocidad en las seis caras norte más importantes de los Alpes

Dani Arnold durante una de sus ascensiones sin cuerda.
Dani Arnold durante una de sus ascensiones sin cuerda.

El contacto con la naturaleza, con las montañas en particular, puede causar indiferencia o envenenar la mente, que arranca a soñar sin avisar con escenarios aislados donde uno va al encuentro… ¿de sí mismo? Dani Arnold, criado en un pueblo suizo a 1.700 metros sobre el nivel del mar sabe bien lo que es el aislamiento: para ir al colegio necesitaba subirse a un teleférico todas las mañanas y por la tarde, antes de que cerrasen sus puertas. Nunca pudo jugar con sus amigos al salir de clase. Rodeado de cimas, con una cuerda de su padre, y con harina robada a su madre (sabía que los escaladores se embadurnan las manos con un producto blanco, pero desconocían que era magnesio), se puso a escalar con sus hermanos. Arnold, de 37 años, cerró la semana pasada un sueño dibujado de forma imprecisa en su niñez, imaginado en la adolescencia y perpetrado a lo largo de los últimos diez años: escalar en solo integral las seis caras norte más temidas, respetadas e icónicas de los Alpes. Para ello, solo ha tenido que sobrevivir a Ueli Steck, otro alpinista suizo con sueños casi idénticos.

En 2011, surgido de ninguna parte, Dani Arnold irrumpe en la escena mundial del alpinismo batiendo el récord de velocidad de Ueli Steck en la cara norte del Eiger: le rebana 20 minutos y lo fija en 2 horas y 28 minutos. Apenas era la tercera vez en su vida que escalaba sin cuerda. Steck, en cambio, es ya una estrella apodada la máquina suiza, y como si dos máquinas no pudiesen coincidir en el tiempo, Arnold pasa bajo el radar. Sumamente discreto, Arnold no replica cuando Steck le arrebata el récord en 2015 (dejándolo en 2 horas y 22 minutos) pero, poco a poco, sigue haciendo camino y se afana en lograr todos los récords en las cinco caras norte restantes.

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Steck, fallecido en 2017 en el Lhotse, sigue ostentando el récord de velocidad en la norte del Eiger, pero los otros cinco pertenecen a Arnold. La semana pasada escaló la ruta Allain-Leininger en la norte del Petit Dru en una hora y 43 minutos. Una cordada excelente suele necesitar al menos día y medio… En su mochila caben también récords siderales de velocidad en el Cervino (2015), Piz Badile (2016), Grandes Jorasses (2018)y Cima Grande de Lavaredo (2019).

Dani Arnold carece de un Oscar de Hollywood como el que posee Alex Honnold, pero muchos están de acuerdo en señalar al suizo como una bestia que supera las aptitudes del norteamericano: no solo escala en terreno mixto o en roca: en 2018 dejó boquiabierta a la parroquia escalando el máximo grado de dificultad en hielo, una cascada de 300 metros. Su polivalencia es escalofriante. La paternidad le concedió tiempo para escribir un libro, cuyo título ¿Por qué todo esto?, es un guiño a la pregunta que todos los que se le acercan le espetan. “Y no tengo respuesta, como tampoco sé por qué quise tener estos récords. Nunca encuentro respuestas satisfactorias a estas cuestiones. Es un juego entre las montañas y yo, un juego de libertad, de ligereza y me fascina la velocidad aunque implique un sufrimiento físico y psicológico. Elegí las seis caras norte porque es allí donde los grandes alpinistas dejaron su huella. Pero también estoy orgulloso de mis expediciones o de mis ascensiones con cuerda, aunque nadie habla de ello…”

Superar las comparaciones con Ueli Steck no fue sencillo: Arnold necesitaba su camino. “Yo carezco del profesionalismo de Steck, soy más caótico y pese a que antes pensaba que era imposible ser un buen alpinista sin cuidar todos los detalles (alimentación, preparación, patrocinios, etc) soy la prueba de que es posible ser un poco desastre, como yo, y hacerlo bien porque el talento y la intuición no se entrenan y son fundamentales”, explicaba el año pasado en la radio RTL.

Dani Arnold apenas completa una o dos ascensiones anuales prescindiendo de la cuerda. Se trata de aventuras tan extenuantes en lo psicológico que tiene que dosificarlas con esmero. “En la cima no tengo pensamientos metafísicos: tan solo la alegría de que todo haya ido bien. El alivio que siento no es por no haberme matado, sino por no tener objetivos, por no necesitarlos. Después del Eiger, durante 6 meses ni siquiera me apetecía practicar alpinismo. Pero luego llega, poco a poco, la necesidad de vivir otra aventura”, escribe. De hecho, no intentará batir el récord de Steck en el Eiger: le basta con haber vivido una vez esa experiencia.

Dani Arnold.
Dani Arnold.

Su discreción le convirtió en un rebelde a los ojos de sus patrocinadores: no avisaba de sus proyectos; los llevaba a cabo y lo comunicaba después. Ahora sufre de antemano cada vez que ha de poner en marcha uno de ellos y apenas soporta la carga de la mercadotecnia. Todo resulta mucho más sencillo en la pared, escalar le libera, le aleja del estrés, borra sus miedos. “Nunca dudo cuando escalo sin cuerda: soy capaz de mirar el vacío, y sé que si cometo un error me mato, así que siempre voy concentrado y preparado al máximo. Sé que existe un riesgo residual… así que solo escalo sin cuerda cuando sé que todo irá bien, me agarro a este pensamiento”, asegura.

No se habla de la muerte en su casa: “creo que todo está escrito, que hay un destino prefijado. Claro que hay que tener cuidado, vigilar, pero quedarse quieto no es una opción y considero importante tener una actitud optimista. Ahora tengo mucha experiencia mientras que al principio era mucho más valiente y tuve tanta suerte que sé que la he agotado. Solo puedo contar con mi experiencia y no con la fortuna”.

Dani Arnold asegura que solo conoce una manera de superar sus miedos: enfrentarse a ellos. Si el miedo a caer le sorprende escalando con cuerda, se cae a propósito un par de veces para comprobar que está seguro. Pero uno de sus miedos tiene que ver con la posibilidad de engañarse… o de engañar. Para no engañar, documenta escrupulosamente sus récords con filmaciones íntegras de sus ascensiones, con vuelos de dron y hasta con testigos que adelanta en las paredes. No engañarse es más complicado: “Ahora tengo que preguntarme si de verdad me sigue gustando escalar sin cuerda y el día que la respuesta no sea clara, tendré que dejarlo: es importante ser sincero con uno mismo y autocrítico, sobre todo para seguir vivo. Sé donde acaba el placer y dónde empieza lo irrazonable”.

¿Por qué todo esto? La pregunta rebota, tiene su propio eco. “Estoy orgulloso de ser mi propio jefe, de haberme fabricado un nombre yo mismo, de haber hecho mi camino”. Es una respuesta.

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