Los pies en el suelo, la cabeza en las nubes, de Roxana Popa a Ray Zapata

La española pasa a la final del concurso completo, pero no logra plaza en el aparato que más deseaba, donde estará el gimnasta canario

Roxana Popa, durante el ejercicio de suelo.
Roxana Popa, durante el ejercicio de suelo.Alberto Estévez (EFE)

El silencio de la sala de gimnasia. Golpes secos de músculos contra madera. Pisadas fuertes sobre la barra. Porrazos, trastabilleos. Bisbiseos que resuenan como vozarrones.

Y en el suelo brillan los párpados amarillo sol de Roxana Popa y cruje su rodilla derecha, tres operaciones de ligamento anterior cruzado y dos de menisco, y tiene 24 años, y en sus primeros Juegos, al fin, porque desde juvenil venía pidiendo paso, todos pensaban que la gimnasta de Alcorcón alcanzaría la final. La sala silenciosa, ya vacía de claque de americanos que se habían ido en tropa detrás de sus estrellas (el equipo español compitió en la cuarta subdivisión, la penúltima), contempló su tristeza, su pierna derecha, reforzada con musleras, rodilleras, tobilleras, de arriba abajo, y una puntuación que la deja lejos de cualquier esperanza en el suelo, el aparato en el que concebía esperanzas de medalla. “Vengo con la pierna momificada, pero no quiero que sea una disculpa”, dice Popa, quien se muestra más fuerte que su rodilla, mucho más, con un salto de doble pirueta sobre el potro, un ejercicio cuya preparación supone torturar las articulaciones varias horas al día, y con un vuelo aéreo magnífico en las asimétricas, el aparato de las grandes especialistas, el más odiado por Simone Biles, y que a ella conforta. Pensaba que acabaría reserva para el concurso completo del jueves, pero la realidad mejora su esperanza: acaba 21ª, de 24, y deberá seguir torturando su rodilla el día que el mundo espera el apogeo de la estrella de Texas. “Unas pequeñas imperfecciones me han apartado en el suelo”.

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El joven equipo español, cuatro debutantes olímpicas, Popa, Alba Petisco, Marina González y Laura Bechdeju, termina 12º y esperanzado. “Después de calificarnos en el Mundial pasado”, coinciden, Tokio 2020 no es más que un paso, un punto y seguido, hacia París 24″.

En las tarimas elevadas resuena aún la alegría de la noche del sábado de Ray Zapata, que en sus segundos Juegos, a los 28 años, y cuatro después de romperse el tendón de Aquiles, se clasifica para la final de suelo. El chaval de Lanzarote, ya no tan chaval, pues ya es hasta padre, sigue los pasos de su héroe Gervi Deferr, el doble campeón olímpico de La Mina, que siempre le recuerda el anuncio de Firestone, control, Ray, control, potencia sin control es desastre, hay que clavarlo. Consigue, por primera vez pasar de 15 puntos, y aunque es cuarto en la calificación, ya es nivel de medalla, y, encima, se ha guardado para la final el Zapata número dos –doble mortal en plancha con pirueta y media--, el nuevo elemento que ya ha bautizado con su nombre. “Ya voy a clavar, no a sobrevivir como antes”, dice el gimnasta preparado por Fernando Siscar, quien contará en su contra con el poco tiempo que ha podido en la pista de Tokio, un modelo nuevo que otros países instalaron en sus gimnasios para que se adaptaran sus deportistas, pero no España, que solo pudo enviar a Suiza a los hombres unos días a probarla. Y Deferr reza para que no quede cuarto el domingo 1 en la final como quedó él en el suelo de Atenas, y fue como si le clavaran un cuchillo en el corazón.

Su calificación acalla un poco la decepción del equipo masculino, que terminó 12º de una clasificación en las que los tres primeros (Japón, China y Rusia, o ROC) están separados por un tercio de punto, tan juntitos, y no entró en la final, que era el objetivo. La caída en la salida de barras de Néstor Abad, justamente el team leader, el más profesional de todos, lastró a un equipo muy joven en el que destacaron los debutantes Joel Plata, de 23 años y primer reserva para la final de concurso completo, y Nicolás Mir, el más joven (20 años) y tercer reserva para la final de suelo. Sus Juegos serán los de París 24, tan cerca ya.

Y en todo el globo gimnasta se escucha aún el ¡pumba! de la noche anterior del rey Kohei Uchimura, que cae de culo --su mano izquierda no ha alcanzado la barra tras un acrobático y complicado giro en el aire—y de una manera tan poco graciosa se marcha para siempre de los Juegos, en su país, a los 32 años, el para muchos mejor gimnasta de la historia, doble campeón olímpico del concurso completo (Londres 12 y Río 16, y plata en Pekín 08), 161 centímetros de potencia que en su último año competitivo, un año demasiado tarde por la pandemia, con la espalda machacada, intenta agarrarse a la barra, el único aparato en el que logra colarse, para despedirse comme il faut. Pero la barra le traiciona. Él, perplejo, se levanta. “No me había pasado nunca”, dice. “Ya llegar aquí fue complicado”. Se despide en silencio, sin nadie que le llore alrededor. El joven Daiki Hashimoto, 19 años, primero en la calificación, le promete agarrar la barra con fuerza en su honor.

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Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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