LA DAMA DE LA TONADILLA

Lamento brumoso

La llamaron tonadillera, recuperando un arcaísmo, para no de jarla caer en la vulgaridad de cupletista, o en el tópico, que se hizo despectivo, de folclórica. Eran tiempos de rango y de recuperación de lo honesto, de lo castizo, de la prosapia; y de borrar lo que pareció republicano, o sea zafio. La llamaron doña Concha. Los nuevos intelectuales -borrados, ¡dos, callados los anteriores- fueron un coro en su alabanza: y era justo.Miguel de Molina decía hace poco que estaba bien para las canciones valencianas, pero no para lo andaluz: y era injusto. Le había quitado su puesto, su repertorio, sus letristas, sus compositores, y él se ha revuelto siempre (la acusaron de la persecución que sufrió Miguel, pero eso él no lo dijo nunca).

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Probablemente no era lo andaluz ni lo valenciano, sino efectivamente una conversión de todo en tonadilla, o en unidad española; y un eco de pena -en sus mejores canciones- que puso fondo a la tristeza de la posguerra. Lo ha contado mejor que nadie Manuel Vázquez Montalbán en su Crónica sentimental que publicó Triunfo y luego fue libro.

Sobre lo prohibido, sobre la represión erótica, sobre la vulgaridad de los espectáculos que se llamaron folclóricos -hubo hallazgos: todavía está aquí, y por muchos años, Lola Flores- que ocupaban todos los teatros para evitar los riesgos de las obras con textos, de la comunicación palabra a palabra. Pero sobre lo prohibido, doña Concha ponía de pronto el lamento brumoso de su canción de puerto, de la prostituta que espera siempre al marino extranjero, y estremecía. O recuperaba Ojos verdes, y todo era erotismo. Su capacidad para la transformación de todo lo que cantaba -aparte minucias- en una melancolía la excedía.

Decía

Probablemente por su letristas y sus músicos, que habían atravesado todos los tiempos y todos los destrozos. También porque la canzonetista tenía unas virtudes de actriz que las demás no pudieron tener: y en un universo de ayes, gemidos, trotes por los escenarios y desplantes de batas de cola revolventes, ella ponía la palabra: vocalizaba y decía.

Tuvo que pasar mucho tiempo, sin embargo, para que fuera admitida, reconocida por los intelectuales otros, a los que no importó finalmente la caracterización franquista, sino la realidad de lo que transmitía: quizá no se la reivindicó debidamente hasta Vázquez Montalbán, hasta Terenci Moix y otros que comenzaron a comprender las claves de su infancia. Casi cuando se había retirado: que también supo hacerlo cuando era oportuno y conveniente.

Silencio

Y supo también mantenerse en silencio. Reservada para lo que había sido, sin necesidad de nostalgias internas: los que la oíamos pusimos las nuestras.

Ahora hay un renacimiento. Rebrotan sus discos (hay que desconfiar de la colección que se llama Con Plumas: con ella y con otros pusieron nuevas bandas sonoras modernas para apoyar la voz conservada; en todo caso, mejor que sus películas), como vuelve todo el cancionero de después de una guerra, como recordó una película famosa. Obras que han pasado todos los purgatorios, todos los filtros. Concha Piquer ha tenido aún tiempo para presenciar este renacimiento, quizá fugaz, pero justo.

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