Tribuna:LA HUELGA DEL 27-E
Tribuna
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Sindicatos y Políticos

Los sindicatos no tienen suerte. El Gobierno ha aprendido la lección de 19,88 y renuncia a aparecer en primer plano frente a la convocatoria de huelga general. Así evita el efecto bumerán que entonces provocaran las declaraciones del propio Felipe González y de José María Benegas, y sobre todo quita a los españoles la tentación de secundar la huelga para expresar masivamente su malestar por la situación económica en que se encuentra el país. La labor de desgaste corresponde a peones de brega y auxiliares voluntarios, algunos de los cuales exhiben para el caso viejos carnés y dicen cosas tan estupendas como que la política económica del país, la que nos ha llevado a la crisis, la hicieron "los hombres del 14-D". Uno creía que el responsable de nuestra economía era Solchaga, pero ante hechos tan penosos como que alguna mesa redonda de la Expo 92 tuviera que ser suspendida por falta de fondos, habrá que darles la razón. La huelga es, pues, condenable y no va a ser Joaquín Sabina el que nos convenza de lo contrario.Más grave es aún para los sindicatos su divorcio del mundo político. Respecto del PSOE, todo el mundo sabe que, desde hace años, cuanto ocurre supone algo mucho más grave que una desavenencia. Las fuerzas conservadoras no iban a remendar el roto y, por eso, lo ocurrido en la sesión parlamentaria sobre la reforma laboral no debe extrañar a nadie. Aunque tal vez la fractura resulte irrelevante, en el terreno de los hechos, según pudo comprobarse en el 14-D.

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Ahora bien, tampoco a la izquierda del Gobierno encuentran los sindicatos un complemento político a su actuación. La fórmula clásica, en el modelo leninista, pero también en el patrón adoptado por algunos partidos socialdemócratas, colocaba al partido en posición de guía respecto de un tradeunionismo cegado por la atención a las reivindicaciones inmediatas. Ese tipo de relación tutelar fracasó, dando paso a la autonomía sindical. Pero la falta de un correlato político no deja de estrangular una política reivindicativa, desprovista de cauces para acceder a las instancias representativas con un mínimo de eficacia.

En el caso español, aparentemente, ese papel lo desempeña Izquierda Unida. Lo que no está tan claro es que la IUPCE de Julio Anguita sea mejor como aliado que como neutral. Parece evidente que desde un principio Anguita ha puesto sobre la mesa el papel tradicional del partido-vanguardia, tratando de capitalizar una movilización de masas a la que únicamente puede perjudicarle la imagen de ser el instrumento de la política comunista. Conviene recordar que si ahora Anguita se suma con entusiasmo a la huelga, estuvo inicialmente enfrentado a la política de pacto social que buscaban los sindicatos. Quizá existan muchas coincidencias puntuales en las reivindicaciones, pero la filosofía de fondo no es la misma; la defensa a ultranza de la situación, previamente adquirida en las relaciones de trabajo, tiene poco que ver con la enmienda a la totalidad frente al orden capitalista que subyace a la alternativa de Anguita. Propuestas tales, como la bajada a la calle de los dirigentes de IU para integrar piquetes, definen una perspectiva tan inoperante en la práctica como simbólicamente negativa. Bastante tienen los sindicatos con desmontar las acusaciones de politización para que el PCE deshaga tales argumentaciones de un plumazo. El Gobierno ha sabido entenderlo y, por eso, le ha ofrecido rápidamente a Anguita las cámaras de TVE-1, introduciendo la asociación "huelga general" igual a "éxito de comunismo". Y hay que decir que por el momento la minoritaria Nueva Izquierda, que no es partido, pero ya tiene su secretario general, tampoco ha ofrecido un cauce propio de vinculación, por lo menos en el plano de las propuestas, centrándose en una descalificación de Anguita que deja la coalicción prácticamente rota. Claro que ahora lo principal es ver qué sucede el día 27.

Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense de Madrid.

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