Hoy será demolida la casa de la familia del hombre bomba de Hamás que causó la matanza del miércoles

El único movimiento que se registraba ayer en las calles de la aldea palestina de Kalkiliya, en Cisjordania, era el ágil andar de unos cuantos gatos y el raudo desplazamiento de las patrullas de la policía israelí. En el pueblo natal de Salé Abdel Rahim Husein all Suwi, el militante islámico de 27 años y presunto autor de la matanza de israelíes el miércoles en Tel Aviv, todos permanecían encerrados en sus casas por orden del Ejército, que impuso un estricto toque de queda. "Es para facilitar las investigaciones", explicó un policía sudoroso que se apeó trabajosamente de un jeep luchando contra el lastre que le imponía su equipo.Hoy, en cualquier momento, los habitantes de Kalkiliya escucharán una gran explosión. El Gobierno israelí va a demoler la casa de Suwi como castigo a la familia del kamikaze islámico. Eso sí, lo hará "con todas las de la ley". Poco después de que Hamás distribuyera un vídeo en el que Suwi -poco antes de embarcarse a Tel Aviv con 20 kilos de explosivos pegados al cuerpo- explicaba que la guerra de los creyentes musulmanes contra Israel es una guerra a muerte, Kalkiliya fue cercada por soldados con órdenes estrictas de no dejar entrar ni salir a nadie.

"La brigada de demoliciones vendrá en cualquier mornento", dijo un palestino que esperaba el levantamiento del toque de queda para regresar a su casa. "La familia de Salé ya ha sido informada de que dispone de 24 horas para sacar sus pertenencias de la casa", agregó. "En cualquier momento la casa saltará por los aires".

En la entrada de Kalkiliya hay un mercado de frutas donde. familias de colonos israelíes examinaban despreocupadamente naranjas y verduras cosechadas en los huertos de los palestinos del pueblo. Uno de ellos, un comerciante cuarentón del vecino pueblo de Karne Shmón llamado Nizím Mishrani decía que tras el salvaje atentado de Tel Aviv el miércoles se han esfumado todas las posibilidades de hablar de paz con los palestinos. "Jamás podremos vivir en paz", dijo. Llevaba al cinto una pistola automática Browning de 9 milímetros. "Tenemos forzosamente que separarnos y vivir para siempre separados", añadió. Hasta ahí está de acuerdo con el primer ministro israelí Isaac Rabin, cuyo Gobierno mantenía ayer indefididamente cerrados los territorios de Gaza y Cisjordania, impidiendo que decenas de miles de palestinos acudieran a trabajar dentro de Israel.

Pero Mishrani entiende lo de la separación como una cuestión violenta. "A los del Hamás hay que matarlos. Al resto hay que expulsarlos de Israel. Que se vayan a Jordania, que se vayan donde quieran, pero que se vayan. Con los árabes ya no queremos nada".

Mishrani está entre los que culpan al primer ministro israelí de haber traicionado a su pueblo con el pacto de paz con los palestinos.

A pocos metros, un sombrío agricultor palestino replicaba que los atentados se los ha buscado el propio Israel con su política de ocupación y represión: "Si te pones a maltratar a un gato, tarde o temprano te va a resguñar", dijo inventándose un zarpazo en el cuello y la cara. "Eso es inevitable".

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Al igual que muchos palestinos, el hombre no quiso ni condenar ni exaltar el ataque suicida. Tampoco quiso dar su nombre, quizás porque sus inclinaciones políticas se han aclarado tras la masacre de 31 palestinos en Hebrón en febrero pasado a manos de Baruch Goldstein, un colono judío de origen norteamericano que, al igual que el autor de la matanza de Tel Aviv, se embarcó en un ataque suicida. "La casa de Suwi va a ser demolida. Toda su familia pagará por su acción", dijo. "Pero a Goldstein los colonos lo enterraron con honores y nadie dijo nada. Su tumba es hoy un santuario y nadie ha molestado a su familia. Las autoridades no han empleado las leyes que nos imponen a nosotros. ¿Quiere usted decirme porqué está todavía en pie la casa de Goldstein?".

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