"Sobreviví a mis compañeros fusilados"

"Los paramilitares serbios nos rodean. Seleccionan entre los quinientos o setecientos que éramos. Hacen una saca de un centenar. Todos con las manos a la espalda. Se mofan de nosotros. Me ordenan: sube ahí, a ese cobertizo. Llego al lugar. Veo a mi primo con otros ocho compañeros. Quiere calmarme: no tengas miedo, me han dicho que sólo nos obligarán a cavar trincheras. Me temo lo peor. Estamos todos frente a la pared del cobertizo. Sin ningún anuncio, nos disparan a quemarropa, empezando por la izquierda".

La matanza de cien kosovares en el pueblo de Kralan, relatada por un superviviente

El espectáculo rompe los nervios de cualquiera. El camino forestal está sembrado, durante un kilómetro, de tesoros arruinados que acarreaban los deportados, quizá procedentes de media docena de tractores, triciclos y camionetas incendiados y semivolcados en el arcén. Documentos y libros de texto, de arte y biología, enfangados. Botellas rotas. Zapatillas de niño. Camisas y cazadoras. Mantas deshilachadas. Un colchón y un cabezal de cama. Un bidón. Una botella de Pantene y dos saquitos de compresas femeninas. Harapos. Un saco de alubias, desventrado. Muchos tubos de dentífrico. Fotografías que han perdido el color con las lluvias... A la derecha del camino se descubren los nueve lugares, distanciados entre sí, de los asesinatos. Fosas al aire libre que no son fosas, porque los cadáveres han sido calcinados. Latas de carburante delatan la maniobra de enmascaramiento, a la que coadyuvó este carro con restos de dientes y huesos, el transporte. "Creo que emplearon ácido de baterías de tractor, quizá también aceite pesado, espero que pronto lleguen los forenses del Tribunal de la Haya para confirmarlo", explica el doctor Sabin Bajçin Ovci. Quizá estos restos humanos, esta calavera calcinada, estos huesos carbonizados acompañados de casquillos de bala, estas hebillas de cinturón, pertenecieron a su cuñado de 36 años, economista en Klina, uno de los selecionados.

Más información
100.000 deportados vuelven a Kosovo sin esperar al plan organizado por el ACNUR

El noveno lugar es el cobertizo de la muerte donde Hisen Metush ha salvado la vida el Domingo de Resurrección. "Salgo del cobertizo. Veo un caserío a dos kilómetros. Me dirijo hacia allá. Entro. Bebo un poco de agua. Me sienta muy mal. Las piernas no me sostienen. Me quito los zapatos. Duermo en el patio. A las cuatro de la tarde llega una patrulla del ELK. Les pido ayuda. Estoy salvado". Suspira, entero.

Tesoros arruinados

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Suscríbete

El espectáculo rompe los nervios de cualquiera. El camino forestal está sembrado, durante un kilómetro, de tesoros arruinados que acarreaban los deportados, quizá procedentes de media docena de tractores, triciclos y camionetas incendiados y semivolcados en el arcén. Documentos y libros de texto, de arte y biología, enfangados. Botellas rotas. Zapatillas de niño. Camisas y cazadoras. Mantas deshilachadas. Un colchón y un cabezal de cama. Un bidón. Una botella de Pantene y dos saquitos de compresas femeninas. Harapos. Un saco de alubias, desventrado. Muchos tubos de dentífrico. Fotografías que han perdido el color con las lluvias... A la derecha del camino se descubren los nueve lugares, distanciados entre sí, de los asesinatos. Fosas al aire libre que no son fosas, porque los cadáveres han sido calcinados. Latas de carburante delatan la maniobra de enmascaramiento, a la que coadyuvó este carro con restos de dientes y huesos, el transporte. "Creo que emplearon ácido de baterías de tractor, quizá también aceite pesado, espero que pronto lleguen los forenses del Tribunal de la Haya para confirmarlo", explica el doctor Sabin Bajçin Ovci. Quizá estos restos humanos, esta calavera calcinada, estos huesos carbonizados acompañados de casquillos de bala, estas hebillas de cinturón, pertenecieron a su cuñado de 36 años, economista en Klina, uno de los selecionados. El noveno lugar es el cobertizo de la muerte donde Hisen Metush ha salvado la vida el Domingo de Resurrección. "Salgo del cobertizo. Veo un caserío a dos kilómetros. Me dirijo hacia allá. Entro. Bebo un poco de agua. Me sienta muy mal. Las piernas no me sostienen. Me quito los zapatos. Duermo en el patio. A las cuatro de la tarde llega una patrulla del ELK. Les pido ayuda. Estoy salvado". Suspira, entero.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS