Reportaje:

La nariz de Al Andalus

Gracias a los anuncios de compresas hoy sabemos cómo huelen los sueños. Pero, ¿a qué olían las calles de Granada en tiempos de Al-Andalus? ¿A azahar o a mirra? A lo mejor a almizcle. A lo peor a ninguna de estas esencias. Puede que a una mezcla de especias, flores y ropa recién lavada. Incluso, ¿por qué no?, es posible que el aroma de las alcazabas del Albaicín no fuera muy diferente del que hoy embriaga al visitante del local que regenta Andrés Pérez. Si así fuera, este granadino convertido al islamismo estaría satisfecho. Cuando abrió su establecimiento, hace ahora 13 años, su propósito era recuperar una diminuta parte de la tradición oriental de fabricación de perfumes existente en la ciudad hace cinco siglos. Sería aventurado dictaminar si lo ha conseguido. Pero nadie puede poner en duda su olfato empresarial y nasal. En su tienda -Attari, aromas de Al-Andalus- se venden 25 esencias, nueve perfumes y siete colonias. Todos elaborados de modo artesanal, con paciencia y, sobre todo, con materias primas naturales: madera de sándalo, resina de incienso, raíz de vetiver... Pérez ha instalado un pequeño laboratorio en una cueva del Sacromonte. Allí, con la paciencia de un alquimista, ingenia sus vaporosas mezclas rodeado de alambiques y pipetas. Tampoco se separa nunca de su nariz, la más preciada herramienta de trabajo. Aunque él -reconoce- no es uno de esos cotizados hombres nariz, disputados por Chanel y Dior, dotados de una pituitaria de sabueso, capaces de memorizar y reconocer hasta seiscientos aromas. No. Él se conforma con recordar unas 150 fragancias más que cualquier persona que no tenga unas napias entrenadas durante veinte años. La vida de este perfumista es tan sorprendente como algunas de sus elaboraciones. Asegura que tomó la decisión de hacerse perfumista una noche en el desierto del Sáhara, después de una mala experiencia con el alcohol cuando era guía turístico. "En medio de las dunas me tropecé con un nómada borracho que se acercó al coche y me saludó con un aliento inflamable, como si se hubiera tragado una destilería escocesa. Aquel olor me empujó a cambiar de actividad", ilustra su sensibilidad. Por entonces, Pérez ya tenía ciertos conocimientos sobre fabricación de perfumes. Los adquirió, dice, a través de la aromatoterapia o utilización médica de las esencias. "Los aceites y ungüentos tienes las mismas propiedades y aplicaciones terapéuticas que las plantas de las que derivan", explica. Y pone algunos ejemplos: "la lavanda cicatriza las heridas, el azahar relaja y la esencia de rosa calma y alivia la histeria, especialmente la de la mujer". Profundizó en el oficio con un maestro inglés. Viajó a Turquía y Marruecos para comprar materias primas. Allí indagó en las bibliotecas y, asegura, encontró antiguos libros granadinos donde se explican técnicas y fórmulas magistrales de la perfumería artesanal de Al-Andalus. Muchas de estas recetas las ha reproducido con respeto. Otras, con ingredientes imposibles de conseguir, han sufrido modificaciones. "En composiciones antiguas figuran con frecuencia grasas de tigre o elefante, que hoy pueden sustituirse por almizcle de gacela", ilustra. Es durante el Ramadán, que observa escrupulosamente, cuando Pérez advierte sus mejores dotes para la confección de nuevas esencias. El hambre siempre ha aguzado el ingenio. Y el perfumista asegura que el ayuno también afina el olfato. De hecho, con el estómago lleno su pituitaria no responde a los estímulos.

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