Tribuna:
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Alfonso Comín y el catalanismo ANTONI GUTIÉRREZ DÍAZ

Un acto en la Fundació Alfons Comín evocó la figura del pensador desde diversos ángulos a los 20 años de su muerte. El artículo destaca la función de puente que ejerció entre Cataluña y el resto de España

La Fundación Alfons Comín ha organizado en torno al 20 aniversario de su muerte una mesa redonda bajo el epígrafe Alfons Comín, una veu vigent, un acto lejos de falsas beatificaciones o panegíricos lacrimógenos en que todos los participantes han sabido encontrar el punto justo que el recuerdo activo que la figura de Comín merecía. Pero quisiera comentar un aspecto que escogió uno de los ponentes para llamarnos la atención.Alfonso -así le conocía él, sin catalanizarle el nombre- vivió con toda naturalidad, a pesar de su fiebre combativa, su condición de catalán nacido en Aragón, emparentado por su boda con una familia de linaje catalán, que escribía en castellano y fundaba una revista catalana, que extendía la cooperación activa con el resto de España hasta abarcarla desde "la España del sur" y asumía su condición de diputado al Parlament de Catalunya. Todo ello, sin que surgiera ninguna tensión contradictoria.

Ante estos hechos y dado que Alfonso era la racionalidad crítica hecha pasión, es lícito concluir que si un hombre tan sensible no explicitó ninguna tensión contraditoria en su vivencia nacional catalana, y entre ésta y su acción cooperativa y solidaria con el resto de España, es porque el catalanismo popular que hegemonizaba el pensamiento y la lucha de las fuerzas de izquierda en que militaba había convertido la diferencia en fraternidad. Hoy, 20 años después, contemplando la tensión conflictiva creada dentro y fuera de Cataluña por el nacionalismo conservador, debemos preguntarnos qué nos han hecho o, mejor dicho, qué nos hemos dejado hacer sin dar la batalla creativa desde una apasionada racionalidad crítica.

Lo cierto es que 20 años de pujolismo han proyectado su hegemonía sobre todos los ámbitos de la vida catalana, sustituyendo la concepción solidaria con el resto de España por una tensión reivindicativa permanente y llena de aristas que incluso hace difícil que se nos entienda y se nos acepte en aquellos aspectos justos que de común acuerdo podrían aconsejar la revisión competencial del autogobierno de Cataluña. Algo parecido sucede con la necesaria política lingüística en favor del catalán, que frecuentemente se ha desarrollado como un combate partidista que adquiere el aspecto de un instrumento destinado a reforzar los propios intereses políticos del pujolismo y no el de una contribución a hacer patrimonio común la necesaria protección del catalán, sin entenderla como un conflicto con el castellano.

No sería legítimo, y ningún participante de la mesa redonda lo hizo, pretender extrapolar el pensamiento de Alfons Comín a las respuestas que nos pide la situación actual. Sí que es legítimo, sin embargo, reclamarnos de su actitud y buscar nuevas respuestas a los nuevos problemas, empezando por decir no a ser implicados en un proyecto que tiende a encerrar a un pueblo en sí mismo, conscientes de que, ante las tendencias aniquiladoras de la diversidad cultural con que nos amenaza la globalización, la salida no es el resistencialismo conservador sino la voluntad activa de afirmar la identidad propia interviniendo decididamente en todos los acontecimientos desde el compromiso común. La herencia del nacionalismo conservador, más allá del legítimo sentimiento nacional, tan manipulable como manipulado, no sirve hoy para dar respuesta al mundo actual, en que la solidaridad y la cooperación son las actitudes que legitiman la propia identidad. Cataluña no es una fortaleza, sino un país de marca, históricamente abierto a todos los vientos y en el que la inmigración ha sido un factor de riqueza cultural.

Quizá intentando orientarnos por este camino descubramos una cierta continuidad con la sólida y apasionada herencia que nos dejó el autor de La España del Sur.

Antoni Gutiérrez Díaz es miembro de IC-V.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS