Columna
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Entre el 14 de Julio y el 18

Dos fechas tan cercanas y tan opuestas. Las dos recuerdan insurrecciones; revolucionaria una y contrarrevolucionaria la otra. El 14 de Julio los sans culottes asaltaron la Bastilla. Cuando intento escribir culottes el ordenador me corrige y me escribe cultos. Le discuto que tampoco eran tan cultos. Ni siquiera ilustrados, sino más bien hambrientos. Y, sobre todo, ciudadanos cabreados, como se definió hace unos meses Savater. Lo que demuestra que no pasa el tiempo y que si no eran cultos, sí en cambio eran modernos, pues no llevaban culottes como los aristócratas, sino pantalones como nosotras y nosotros. Aunque lo importante es que asaltaron la Bastilla y, por eso, dos siglos después, los que tenemos algo de franceses seguimos saltando y bailando en los cuarteles de bomberos al son del acordeón y de canciones de Edith Piaf, Charles Trenet e Yves Montand, festejando aquella libertad que sigue siendo nuestra.

Una historia muy distinta la del 18 de Julio. Mi madre había subido al monte ese día con sus amigas. Al bajar oyeron comentar que unos militares se habían sublevado muy lejos allá en Africa. Y bueno, digo yo, ¿por qué ahora el ordenador no tiene nada que corregirme? ¿Es que éstos ya no le parecen cultos? Pues alguno sí que lo era, como Millán Astray que replicó a Unamuno 'Abajo la inteligencia y viva la muerte' en pleno paraninfo de la Universidad de Salamanca. La foto que ilustra estas líneas demuestra de manera inequívoca que ese general y el que le acompaña compartían un cierto gusto por la música.

Con el paso de los años, esa cultura originaria se mantuvo viva en los alardes de música y baile sindical que el dictador presidía cada año en el estadio Bernabeu. Pero mi principal recuerdo de esa época es que yo venía a España a pasar el verano con mis abuelos. Y recuerdo que la gente aquí pensaba sobre todo en irse a la playa tras cobrar 'la paga del 18 de Julio'.

Hoy vuelve a ser 18 de Julio y de todo aquello no ha sobrevivido ni la paga. Del caudillo, o del generalisimo Francisco Franco sólo se acuerda su anciana hija que acaba de pedir la pensión de orfandad.

Y ¿qué decir del 14 de Julio? Desde que desapareció De Gaulle de la escena, ni los desfiles de los Campos Elíseos son los mismos, con la banda de la Guardia Real española interrumpiendo el armonioso paso de los carros de combate para tocar un pasodoble torero. Y al final, todos juntos interpretando Carmen.

Me encantan estos efectos del tiempo, que convierte las insurrecciones en bailes en los cuarteles de bomberos y que hace que las tropas extranjeras ya no sean extranjeras y casi ni siquiera sean tropas en medio de un desfile.

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Por desgracia, vivo en un pequeño rincón de Europa donde el tiempo político se ha quedado aprisionado entre símbolos atacados por la peor de las herrumbres; la que penetra en la cultura política junto con la fascinación por la violencia. En este lugar, más viejo que Atapuerca, anterior a Roberto Alcázar y Pedrín e incluso a la dialéctica de los puños y las pistolas, los aborígenes se enzarzan todavía a golpes y se insultan llamándose españoles, por decidir si sus mujeres podrán disfrazarse de soldados para derrotar de nuevo a los franceses en nombre de un rey español. Mientras tanto D. Juan Carlos, junto al presidente Jacques Chrirac, clamando en los Champs Elysées: '¡Que no quiero ganar más batallas!'.

Y si todo fuese así, hasta nos divertiría. Pero en este lamentable remedo de país, el 14 de Julio se celebra asesinando a padres de familia convertidos en enemigos extranjeros por no pensar del modo conveniente o no trabajar en el sitio aceptable. Pobres hombres que creían: 'A mí no me pueden matar, porque mis amigos de HB nunca lo consentirían'. Pobres gentes que aún piensan: '¿Por qué le habrán matado siendo tan buena persona? Si nunca ha hecho daño a nadie'. Lo dicho, aquí el tiempo está sumergido en la misma ciénaga donde nunca reposa Ofelia. Los gudaris continúan su guerra contra Franco. Y muchos otros continúan chupándose el dedo. Tan tiernos ellos, tan indefensos.

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