Columna
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Papá y papás

Si alguna justificación le encuentran algunos sensatos laicos a la enseñanza de la religión en los colegios públicos es precisamente que, separando en las aulas doctrina de cultura, los niños no desconozcan su historia y sean capaces de reconocer la iconografía y los símbolos de ésta para interpretar, por ejemplo, el arte. Y si en ese empeño una profesora pone a sus criaturas a dibujar un nacimiento, como acaba de ocurrir en un centro docente de Madrid, y a una de las pequeñas se le ocurre incorporar a Papá Noel al festival del pesebre, es lógico que la profe advierta a su alumnita del disparate y que le explique, como lo hizo la docente madrileña, que semejante personaje no formaba parte de la Sagrada Familia que pretendían dibujar ni de sus comparsas, incluidos los Reyes y pastorcitos de toda la vida, con sus correspondientes mula y vaca y los animalejos que la autora le quiera incorporar. Si la profesora, en su empeño didáctico tan razonable, se dejó llevar de cierta antipatía por el personaje foráneo, rechazo con el que personalmente me solidarizo por motivos estéticos, quizá cupiera atribuirle xenofobia por la extranjería de Papá Noel, pero también eran extranjeros José y María, y el mismísimo Jesús, y no parece que la docente se detuviera en semejante consideración. Así que si lo que le dijo la profesora a la niña es que ese señor gordo, con barba blanca y vestido de rojo, no pintaba nada en el belén, logrando así la irritación de los padres de la pequeña, no fue más allá de la mera descripción objetiva del personaje y su correspondiente contextualización.

Otra cosa bien distinta es que la niña asistiera a una clase de creación artística para fomento de la imaginación de los críos, en cuyo caso cualquier interpretación libre del nacimiento de Jesús admitiría no sólo poner a la Virgen a parir en unos grandes almacenes e incluir a Papá Noel al frente de un rebaño por medio de la Gran Vía, sino incluso incorporar a Álvarez del Manzano, con capa castiza, cantando su último villancico. Se trataría entonces de una actualización del nacimiento en todo, menos en lo que se refiere a la presencia del alcalde, con el que toda actualización resulta un anacronismo. Pero no se trataba, al parecer, de un ejercicio de creatividad para pequeños genios, y parece, en consecuencia, que la maestra no sólo está en su derecho de ejercer de ese modo la docencia, sino que entra en sus obligaciones aclarar a la niña que un nacimiento no es un Mac Donald ni una falla navideña de El Corte Inglés. Una aclaración que afecta naturalmente a los cánones de la religión, a los de la cultura y creo que también a los de la psicología, si es que a esta última materia pertenece evitar las empanadas mentales a los niños. Pero lejos estaría la profesora en cuestión de imaginar que semejante expulsión de Papá Noel del dibujito podría suponer el riesgo de que se le abriera un expediente, debido a que la devoción de los papás de la niña por ese emblema comercial del imaginario de su criatura pudo haberla dejado sin trabajo y condenada públicamente como una perversa, por atentar contra la inocencia, que es lo que entendieron los padres al personarse en el colegio público madrileño para exigir al director que tomara medidas contra la profesora por la herejía perpetrada.

Si tal situación es siempre incómoda y puede dejar a una persona en situación de impotencia e indefensión, sufriendo además los ataques de las almas sensibles que cobijan a Papá Noel a la sombra de su árbol con bolas, lo es más en este tiempo navideño, en el que muy furiosos deben de estar unos padres así para convertir semejante anécdota en un pequeño intento de inquisición. Y digo pequeño si se tiene por insignificante la aspiración de querer dejar a una mujer sin trabajo por semejante chorrada. Menos mal que el director del colegio, en medio de los muchos problemas serios que no sólo los niños llevan hoy a la convivencia en las aulas, y presa de la perplejidad, renunció a hacer de Torquemadita y expuso con claros argumentos las razones de la actuación de la docente. Pero este disparate navideño no merecería más comentario si no indicara cómo, por efecto de la especial sensibilidad de los papás ante la delicadeza del alma de sus criaturas, entre otras cosas, ha convertido el trabajo de enseñante en una profesión de alto riesgo. Distinto hubiera sido que la profesora, subversiva, alterara el imaginario de la dulce criatura diciéndole que Papá Noel no existe. Sobre todo porque existe y puede ir al colegio a pedir que se le abra un expediente a cualquier profesor que le excluya del belén.

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