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La necesaria revisión

Catalanismo y europeísmo han despertado ilusiones y han diseñado estrategias distintas a lo largo del siglo XX en Cataluña. Analizar los diversos procesos, las ideologías subyacentes y los logros conseguidos, aunque hayan sido más bien escasos si tenemos en cuenta las expectativas que los motivaron, ha sido el objeto de unas jornadas organizadas por la Fundació Carles Pi i Sunyer celebradas en Barcelona. A mí me correspondió realizar una modesta contribución al debate sobre los años recientes, especialmente los del franquismo, la transición política y el periodo de la década de 1980. Esto, no desde la perspectiva de los partidos políticos y de las instituciones públicas, cuando las hayamos tenido, sino desde lo que hemos convenido en llamar la sociedad civil o, aún mejor, el tercer sector, es decir, el mundo asociativo no lucrativo. Me permitirán una breve enumeración de factores, por supuesto insuficientemente desarrollados.

Parece despertar la conciencia de que hay que volver a vitalizar las iniciativas de la sociedad civil

- 1. En contraste con el mundo oficial, durante el franquismo y especialmente en los años sesenta y primera mitad de los setenta del siglo XX, los sectores más activos del mundo intelectual y sensibilizado de la sociedad catalana estaban traspasados por el marxismo o los diversos marxismos que ofrecía el mercado ideológico del momento, y esto parecía casar mal con el catalanismo. El catalanismo era por definición burgués y el nacionalismo catalán estaba en contradicción con el internacionalismo proletario. Curiosamente, casaba mejor y acríticamente con el españolismo que, consciente o inconscientemente, profesaban los hijos de la burguesía catalana con mala conciencia de sus propios orígenes. Este fenómeno ha perdurado hasta nuestros días, por supuesto despojado de los arrebatos juveniles marxistas.

- 2. Las iniciativas de la sociedad civil produjeron algunas realizaciones aprovechando los resquicios de la legalidad franquista, que tuvieron una influencia positiva en el futuro inmediato. Baste recordar el movimiento de renovación pedagógica y la escuela de maestros Rosa Sensat en 1965; la revitalización del movimiento del escultismo, que desde los años cincuenta empalmó con la tradición catalanista de la década de 1930; el movimiento universitario, con la constitución del clandestino Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona en 1966; la primera edición de la Universitat Catalana d'Estiu en Prada de Conflent, en 1968; la creación de nuevas asociaciones y fundaciones con una clara voluntad de resistencia cultural al franquismo, que van desde Òmnium Cultural en 1961 hasta la Fundació Jaume Bofill en 1969; la política editorial en catalán de Edicions 62; los primeros volúmenes de la Enciclopèdia Catalana o revistas como Serra d'Or, cuya andadura como tal empezó en 1959, etcétera. Y ya en el final del franquismo, la creación de la Assemblea de Catalunya en 1971, así como la movilización que representó el Congrés de Cultura Catalana entre 1975 y 1977.

- 3. Muchas iniciativas tuvieron en aquellos años la protección de la Iglesia de base y de la comunidad benedictina de Montserrat. Baste recordar la creación de Comisiones Obreras en la parroquia de Sant Medir, la citada constitución del Sindicato de Estudiantes en los Capuchinos de Sarrià o la manifestación de sacerdotes en la comisaria de Policía de Barcelona en 1966, la Assemblea d'Intel.lectuals en Montserrat, etcétera. Todo ello en el marco de las expectativas creadas por el pontificado del papa Juan XXIII y del Concilio Vaticano II, también a mediados de los sesenta.

- 4. A finales de la década de 1970, y especialmente a principios de la de 1980, se produjo un cierto

desmantelamiento de la sociedad civil catalana. Muchos directivos del mundo asociativo pasaron a ocupar cargos de responsabilidad política en las nuevas estructuras políticas y en las instituciones recuperadas. Además, la normalidad democrática en el ámbito institucional supuso el abandono de algunos sectores de la burguesía catalana que habían estado activos en los momentos difíciles. Ya teníamos las instituciones propias para poder abandonar la labores de suplencia. A principios del siglo XXI parece despertar la conciencia de que hay que volver a vitalizar las iniciativas de la sociedad civil puesto que se está cayendo en la cuenta de que la labor de complementariedad es más necesaria que nunca.

- 5. Por último, un comentario breve sobre el europeísmo. Cataluña ha sido considerada durante años como la más europea y europeísta de las zonas del Estado. También es verdad que los catalanes en general miraban siempre a Europa como el horizonte deseado de libertades personales y nacionales. Pero en este sentido puede producirse un cambio. Si durante los años ochenta se produjo en España el famoso desencanto al comprobar que la implantación de las democracia no resolvía automáticamente todos los problemas, en Cataluña es cada vez más creciente la impresión de que la Europa que se está construyendo, y el borrador de la nueva Constitución lo confirma, no es nuestra esperada Arcadia. El presidente del Gobierno, José María Aznar, nos lo ha aseverado: si quieren ustedes ser algo en Europa, deberán convertirse en Estado.

Todo lo dicho son apuntes para un debate que permita revisar nuestro pasado reciente para plantear mejor nuestros proyectos colectivos de futuro.

Jordi Porta Ribalta es presidente de Òmnium Cultural.

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