Crítica:POZUELO ESCÉNICA
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

El siciliano feliz

Las canciones de Battiato hablan de fronteras en el desierto, de trenes interminables, de constelaciones, de estrellas, de horizontes perdidos, de galaxias infinitas... Hablan de amor, sobre todo, y la música que las arropa es una concepción total que no se puede calificar ni de pop, ni de rock, ni de vanguardia, sino de todas a la vez.

El siciliano Battiato es una especie de genio, un artista excepcional por encima de todo lo que sea terrenal, aunque -sin que se tome por contradicción- es muy telúrico. Su voz y su cara de hombre feliz y en paz consigo mismo logra encandilar de tal manera que su concierto es un ir y venir de sensaciones gozosas entre el escenario y el patio de butacas. Un intercambio de saludos y comunicación que no se rompe en ningún momento ni por el idioma ni por el elevado listón y rigor de sus músicos acompañantes.

Franco Battiato

Franco Battiato (voz) y Orquesta. Auditorio El Torreón (Pozuelo de Alarcón, Madrid), Clausura Pozuelo Escénica 2003, 5 de julio de 2003.

Cerraba el italiano la edición de este año de Pozuelo Escénica y el recinto al aire libre de El Torreón estaba hasta la bandera. Con la luna creciente bien luminosa y un cielo limpio, las canciones de Battiato eran un bálsamo extraño de concebir en estos tiempos. Hay embeleso en las caras de los espectadores, que le contemplan plácidamente boquiabiertos y con la misma cara de felicidad que él. La primera tanda del concierto giró en torno a las últimas obras del artista. Dos violines, dos chelos, un cuarteto de viento, un piano de cola, unos teclados electrónicos, un bajo, una guitarra eléctrica, una batería y dos coristas arropan a Franco Battiato con extrema dulzura. Abordan las canciones de Fleurs3, su último disco, de manera valiente, pero se percibe cierta impaciencia para que empiecen a sonar sus canciones más conocidas. Battiato, sereno siempre, resulta extremadamente simpático sin necesidad de articular ni media palabra. Le basta su mirada y su voz de cristal, y esos pequeños saltitos, movimientos de brazos y esa forma de sentarse sobre una alfombra árabe ligeramente elevada del suelo por una amplia tarima. Es su imagen de marca, esa manera de juntar las culturas del norte de África con el viento de Sicilia. O sea, todo el Mediterráneo.

El concierto entró en fase de delirio cuando cantó La estación de los amores, mezclando el italiano con el español. Cuando comprobó la festiva respuesta del público, no se le ocurrió otra que decir: "Vamos a romper la noche". Y empezó una traca generosa y divertida que sirvió para que de ahí saliera todo el mundo -él y sus músicos también- con cara de rotunda felicidad.

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