Crítica:
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

En memoria de un viaje

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Brasil. Dice el himno del país: "Gigante por la propia naturaleza, / es bello, es fuerte; impávido coloso, / y tu futuro refleja esa grandeza". Impávido coloso, así titula Daniel Samper Pizano su primera novela, no su primer libro, pues es abundante y diversa la obra de este reconocido periodista colombiano (Bogotá, 1945). Ensayo, crónicas y, sobre todo, libros de humor, un estado de ánimo que arropa la mayor parte de sus escritos. Aquí también, entre las páginas de esta novela. En Impávido coloso, Samper propone un viaje por Brasil y lo rubrica con una ruta por distintas estaciones con el fin de que tecnócratas de discurso hueco y grandilocuente verifiquen el "milagro brasileño". Estamos en los inicios de la década de los setenta (siglo pasado), y un grupo de periodistas de distintas nacionalidades pasearán sus miradas por el falso fulgor de Brasil, y será Carmelo Camacho, personaje protagonista, quien, convencido de estar en una burbuja, pondrá al lector en el centro de una figura geométrica de afiladas puntas. Y lo llevará desde São Paulo hasta Río por el camino más largo. En medio, Brasilia, Salvador de Bahía, Manaus, y Recife, entre otros lugares. Camacho, el señor Camacho, es un periodista asentado en una arrogante madurez y un escepticismo educado, alguien que cree estar a salvo de amistades, discursos políticos y amores.

IMPÁVIDO COLOSO

Daniel Samper Pizano

Alfaguara. Madrid, 2003

236 páginas. 14,50 euros

Pero

Impávido coloso

no

quiere ser sólo la irónica crónica de aquel viaje (Samper hizo similar o parecido recorrido por aquella época), pues cuando uno anda ya maduro recupera memorias solapadas. "Todo esto lo vi antes, estoy seguro; y créeme que sólo tomé una caipirinha al almuerzo y no creo en la reencarnación". Irá el lector al Manaus de los setenta pero también al Caquetá de la niñez del protagonista y en la tierra perdida de las petroquímicas sonará la música de Chico Buarque: "Tú va a pagar y es doblado / cada lágrima rodada / en ese mi penar. / A pesar de ti / mañana va a ser otro día"; o la poesía de Vinicius de Moraes y el sonido de Tom Jobim y su Garota de Ipanema. Quevedo quedará para señalar el espacio antesala del amor: "Vi que, amancillada, de anciana habitación era despojos". Y persistirá siempre un aire socarrón para hablar de la tierra, de la música, del fútbol y de la industria de Brasil, mientras el lector sigue esa atropellada y veloz conversación que ha establecido con el autor, viajando con él de ciudad en ciudad, de hotel en hotel. A la espera de ver qué sucede en la próxima estación.

Hay también una historia de amor, pero no tiene fuste, cuanto menos esta lectora no ve tensión ni lee con gusto esos diálogos simples y esos equívocos y encuentros de cama entre periodistas. Esa burbuja de la que habla Camacho, el señor Camacho, le resulta a quien lee, de nuevo esta lectora, poco creíble. El mejor Samper de Impávido coloso es el que hace crecer a personajes como Finkelstein, el periodista argentino, o a Nicanor Jiménez, el mexicano que tuvo de superior a Murphy (el de la ley de tal nombre), el Samper que utiliza el humor sin aspavientos, el que hace posible que en el ridículo de una maleta abierta se esconda un asunto de dignidad.

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