Columna
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Esquelas

Después de mucho reflexionar sobre el caso, he llegado a la conclusión de que la demanda de la Junta contra las seis tabaqueras por gastos de atención sanitaria a 135 pacientes viene motivada no porque el tabaco sea malo, que eso no puede evitarlo el pobre, sino por no advertir a tiempo a sus usuarios de los terribles riesgos que entraña. Todo el problema (el consumo, la enfermedad, los pulmones desconchados, el ingreso en el hospital, el dispendio en médicos y aparatos) tuvo lugar, claro, antes de que la ley decidiera tomar cartas en el asunto de una vez y prevenir a la gente de que el tabaco es nocivo mediante esas solemnes esquelas de las cajetillas. Está bien: antes uno podía equivocarse y fumarse un cigarrillo a pecho descubierto creyendo que aquella ingesta de humo, alquitrán y productos químicos iba a depurar su corazón después de hacer footing, o ser tan ingenuo como para pensar que un cigarrillo mentolado servía para limpiar la garganta y desopilar los bronquios obstruidos por algún constipado. Ahora ya nadie corre peligro de equivocarse: sabemos que el tabaco mata, lo sabemos quinientas veces al día, cada vez que vemos un paquete encima de una mesa o lo sorprendemos surgiendo de un bolsillo, y resulta imposible calibrar a qué ventajosa distancia vivimos de nuestros pobres y ciegos antepasados, que se envenenaban sin enterarse.

Y a continuación lo más lógico sería que, puesto que el Estado ha emprendido la defensa de la salud ciudadana y ha decidido arrinconar todo elemento que amenace con importunarla, las esquelas comenzaran a imprimirse sobre el resto de artículos dañinos al cuerpo y al alma, que los hay y en cantidad. De lo contrario, mañana mismo los tribunales estarían a rebosar de gentes lamentándose y elevando enérgicas protestas con los altavoces que les otorga la ley: yo no sabía que esto podía sabotear mi organismo hasta que estuve podrido. Por ejemplo, las armas. Debería avisarse con una modesta pero contundente inscripción en el cañón de los fusiles: "El uso de armas de fuego entraña riesgo para la salud". O bien: "El 65% de traumatismos craneoencefálicos está asociado al uso de armas de fuego". Así luego nadie alegaría ignorancia ni pretendería que las multinacionales fabricantes de ametralladoras regalen una pensión vitalicia a las viudas o a los mutilados, hasta ahí podríamos llegar. También sobre el televisor sería conveniente colocar el correspondiente aviso: porque está demostrado que la adicción a las ondas catódicas induce al sedentarismo y eso provoca a la larga enfermedades coronarias y anquilosa el espinazo. Por no hablar de los precocinados, las carnes congeladas y las salsas exóticas, que todo el mundo debería saber que provocan estreñimiento y que, mal digeridas, pueden taponar el colon con un tumor del tamaño de un huevo de pascua ruso. ¿Y el alma? ¿Quién se ocupará de proteger esa cosita escondida en el fondo de las vísceras, quién defenderá a nuestro espíritu inerme de toda la corrupción y el detrito que lo amenaza diariamente, por un lado y por otro? Ciertas películas y libros deberían advertir también de que su consumo puede provocar resfriados morales, jaquecas en la ética o desequilibrios del sentido cívico; así, por ejemplo, las obras de Sade, de Cioran o de Nietzsche. Quien avisa no es traidor: grande, grandísima verdad.

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