Columna
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La conjura de los irritados

1. El líder de pancarta y de bullanga callejera ha ganado al heredero del estadista de las Azores, el que escuchó a la ciudadanía y salió con ella a la calle contra una guerra que consideraba injusta ha derrotado al partido que respondió como un hombre solo a la llamada de Bush y de Aznar, su profeta. Ha sido la conjura de los irritados. A veces la historia tiene moraleja, como los cuentos. Aznar, el que no escuchaba a nadie más que a sí mismo, el que despreciaba a quienes no compartían sus puntos de vista, el que creyó que la ciudadanía era una masa amorfa para ser moldeada a su antojo, el que había organizado durante ocho años minuciosamente su salida, el que se cansaba de repetir que no había ni líder, ni programa, ni partido que pudiera hacer frente al Partido Popular, ha pagado su arrogancia con una derrota inesperada, especialmente por su magnitud.

Algunos analistas han empezado ya a atribuir la victoria de Rodríguez Zapatero exclusivamente a la matanza del 11-M. Es un modo innoble de colocar una sombra sobre la incuestionable legitimidad de su elección, alcanzada con un número de votos que es récord en la democracia española. Sin duda, el terrible atentado del jueves ha influido. Sería absurdo pensar que los ciudadanos han votado tres días después como si nada hubiera pasado. Nunca se podrá evaluar a ciencia cierta el peso electoral de este impacto. Pero sí que hay que saber que los sondeos de los primeros días de la semana pasada daban un crecimiento constante al PSOE. Y que la irritación que ha provocado en la ciudadanía la gestión política del atentado por parte del Gobierno no se explica sin la secuencia de episodios anteriores: el Prestige, Gescartera, la guerra de Irak, las armas de destrucción masiva y el Yak-42, entre otros. El 11-M puede que haya tenido un efecto multiplicador, pero la irritación ya existía y se había manifestado en muchas ocasiones. Lo que ha pasado esta vez es que se ha convertido en marea electoral como si el electorado hubiera decidido hacer pagar al Gobierno todas las facturas juntas.

2. Zapatero ha empezado el día siguiente reiterando su compromiso de sacar las tropas de Irak. Ciertamente, es un compromiso electoral del futuro presidente. Y para la credibilidad de su nuevo estilo es necesario que los compromisos se cumplan. Pero entre su promesa y ahora ha ocurrido algo de especial gravedad: un terrible atentado islamista en España. Será difícil que algunos países no lo vean como un gesto de insolidaridad, como una sumisión al chantaje de los terroristas. Sin duda, será su primer gran problema en política internacional. Tengo la sensación de que si hoy ha reafirmado la promesa ha sido para comprometerse más a su cumplimiento.

Zapatero sabe que ha tenido mucho voto joven, sabe que ha tenido voto útil de Izquierda Unida, y tiene marcado lo que ayer le repetían los jóvenes a las puertas de la sede del PSOE: "No nos falles". No puede fallar a los jóvenes, pero tampoco puede fallar a los electores del PSOE del 82, a los que sufrieron la gran decepción en los noventa, a los que se fueron alejando y que ahora Zapatero acaba de recuperar.

3. En tiempos en que parece que la economía lo es todo y frente a un Gobierno para el que fuera de la economía no había más que la guerra antiterrorista, ha ganado la política. El principal motivo de la conjura de los irritados ha sido político: la reacción contra un Gobierno que miente, manipula, desinforma y, sobre todo, desprecia. ¿Cómo se le pudo ocurrir a Aznar despreciar a las decenas de miles de ciudadanos que salieron a la calle cuando la guerra? Los principales temas sobre los que se ha decidido esta elección son políticos: la relación del Gobierno con los ciudadanos, la cooperación entre las distintas administraciones, una manera de gobernar que incluya y no excluya. Son cuestiones de estilo y de método esencialmente políticas. Como es política la agenda que hay en este momento sobre la mesa: la lucha antiterrorista, por supuesto, pero también la cuestión territorial y la inmigración y la recuperación del consenso en los temas fundamentales y la reestructuración de la política internacional y la educación como prioridad colectiva. Rodríguez Zapatero anuncia el retorno de la política como algo que concierne a todos y no sólo como una tarea de gestión que encargamos a una casta que se aísla y se aísla hasta que la ciudadanía se irrita y le dice basta. Y con la política debe volver la dignificación de lo público.

4. Zapatero recibe el gobierno de España en la peor situación imaginable. Sabemos que España es territorio del terrorismo islámico, con una red extensa y construida desde hace años. Una situación para que ni el país ni los gobernantes estaban preparados ni mentalizados. En una hora tan grave, a Zapatero le corresponde recuperar el consenso activo. Los ciudadanos han echado a un Gobierno que entendía por consenso la aceptación incondicional de sus presupuestos ya fuera en la guerra o en la paz. Pero el consenso sólo tiene sentido cuando todos lo que participan piensan más en lo que ganarán entre todos que en lo que ganará cada uno. El consenso no se impone. El consenso es algo que se crea cada día. Y que debe ser tan excepcional (nunca debe servir para cercenar la confrontación política propia de la democracia) como continuado (siempre hay que estar atento para poder compartir aquellas cosas que definen el espacio común).

Pero sobre todo Zapatero deberá ser capaz de rehacer los puentes que han volado durante estos años de intransigencias. Puentes con los gobiernos autónomos, puentes con la oposición, puentes con la ciudadanía. En la tarde del domingo, Ibarretxe fue la persona con la que más veces habló Zapatero. Hay una oportunidad que no se puede desperdiciar. Si algo revelan los resultados del domingo es el fracaso absoluto de la política territorial del PP: en Cataluña los populares pasan de 12 a 6 escaños; en el País Vasco, de siete a cuatro. Aznar ha pagado cara su obsesión de creer que España era como la idea de España que él tenía. La realidad es terca. El éxito del tripartito catalán, cuyos partidos, a pesar de su dolorosa gestación, tienen crecimientos espectaculares, debería servir para que algunos entiendan que los diferentes pueblos de España quieren ser respetados.

Y será bueno que Zapatero no olvide la moraleja del cuento de Aznar: malaventurado el que se cree que todo se lo puede permitir.

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