IDA Y VUELTA
Columna
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Todo es fachada

Ojalá todas las fachadas de los edificios fueran como la del número 13 de la Rue del Percebe: inexistentes. Podríamos descubrir lo que ocurre dentro de las casas y comparar los distintos papeles pintados. Mientras tanto, tenemos que conformarnos con lo que se ve a través de las ventanas, aunque casi todo el mundo protege su intimidad con persianas y cortinas. A veces, tienes la suerte de que alguien olvida correr la cortina y, de noche, puedes sorprender a un hombre hablando por teléfono o a una mujer bailando con los auriculares puestos, pero no esperen ver nada espeluznante. Desde que se rodó La ventana indiscreta, ya no hay asesinatos a la vista, por más prismáticos que utilices para espiar a los vecinos. Por no tener, algunos edificios no tienen ni ventanas, y presentan una fachada indigna de este nombre, opaca, que se limita a una inmensa superficie espejo que escupe líquidos reflejos. O están forradas con un mosaico modernísimo, como esa preciosa torre de la plaza de les Glóries, que unos llaman supositorio y otros vibrador en función de lo difícil que haya sido su infancia. La fachada, pues, cumple una de las definiciones que recogía aquel libro de referencia de A. Griera llamado La casa catalana ("la fatxada és la paret que dóna la cara al carrer"), pero parece haber renunciado a la transparencia.

Siento admiración por los arquitectos que dan la cara por las fachadas que dan la cara. Cuando llaman por teléfono, suelen decir: "Soy Fulano, arquitecto". Cuando llama un transportista, en cambio, no se presenta diciendo "Soy Mengano, transportista". En general, se expresan con una seguridad en sí mismos que se diría certificada por rigurosos estudios de materiales. Una noche, en una fiesta, estuve cerca del desgraciadamente desaparecido Enric Miralles, que estaba hablando con Óscar Tusquets. Me habría encantado poder participar en la conversación, con puros y copas de por medio, pero yo no había estado ni en Siena, ni en Edimburgo, así que me limité a escucharles dando por sentado que todo lo que decían era culto en el sentido más digno de la palabra. También he pasado algunos minutos cerca de Oriol Bohigas. Una vez, en Cadaqués, miramos por unos prismáticos como una lejana pareja fornicaba. Todo gracias a una fachada de lo más vulgar y a una ventana sospechosamente iluminada que dejaba intuir cierta propensión al exhibicionismo por parte de los lúbricos amantes. Bohigas se hartó enseguida, pero yo me quedé hasta el final, que de todo se aprende en esta vida.

Hace unos meses, me tocó viajar en tren junto a una silenciosa y joven arquitecta salmantina. Hablamos de fachadas y le solté la boutade de que mi preferida era la del número 13 de la Rue del Percebe. Muy seria, me preguntó quién era el arquitecto y tuve que contarle que era una historieta de tebeo. Ella sonrió con la compasión justa y, en un papel, me anotó la referencia de un libro precioso, Vidas construidas, de Anatxu Zabalbeascoa y Javier Rodríguez Marcos. Lo compré. Es ideal para quienes, como yo, sepan muy poco de arquitectura. Reúne 20 biografías de los más grandes arquitectos de la historia. Allí descubres que algunos, como Frank Lloyd Wright, parecían adaptar sus edificios a su propia y reducida altura. Y que otros, como Charles Mackintosh, combatían con alcohol las dudas que les provocaban sus proyectos. De todas, la biografía que más me impresionó fue la de Giuseppe Terrani, que empieza con una frase digna del mejor de los novelistas: "Giuseppe Terrani murió rodando escaleras abajo". A eso se le llama morir en acto de servicio.

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