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Biología de los conflictos

Buena parte del pensamiento sociopolítico actual, predominante en muchos ámbitos, se adhiere, más o menos explícitamente, a lo que podríamos llamar principio de autonomía humanística. Este principio describe la tendencia a considerar que algunos frentes de la biología contemporánea (como la neurociencia o la biología evolutiva) tienen importancia para entender la condición humana en toda su amplitud, pero la comprensión del comportamiento social de los individuos y las colectividades, y por supuesto la descripción de los fenómenos sociales e históricos, puede y debe prescindir de las ciencias no humanísticas.

Sin embargo, otra tendencia de pensamiento entiende que la comprensión cada vez más profunda de los mecanismos, por ejemplo neurobiológicos, genéticos o madurativos, que subyacen en no pocos fenómenos socioculturales obliga a una integración de los hallazgos de la biología en el pensamiento sociopolítico. Según esta tradición, olvidar que cualquier acción política o cultural tiene que lidiar, necesariamente, con las restricciones y las potencialidades neurobiológicas que nos caracterizan compromete su éxito.

Muchos somos ya los que creemos que ciertas disciplinas científicas que estudian la biología de la cognición pueden representar el mejor puente de intercomunicación entre ambos mundos. El conocimiento cabal sobre los orígenes y los mecanismos de muchos de los fenómenos socioculturales proviene ya de disciplinas como la neurociencia, la psicología cognitiva, la lingüística, la ciencia computacional, la antropología evolutiva y la filosofía de la mente. Los hallazgos en estos frentes de investigación permiten ya analizar de manera original y eficaz muchos de los problemas sociales que generan mayor preocupación y perplejidad, como la formación de los sentimientos identitarios, la función adaptativa de la conducta agresiva o la conceptualización de valores éticos, y pueden ayudar, de paso, a superar lugares comunes nada inocuos que pueblan demasiados discursos o análisis, como que el ser humano es bondadoso por naturaleza, que es posible una sociedad sin conflictos, o que una campaña informativa es un buen método para cambiar actitudes.

En este sentido, los mecanismos que subyacen al aprendizaje de los valores morales de un individuo y de las colectividades tienen trayectorias biológicas y cognitivas que empiezan a ser conocidas a fondo. El aprendizaje en un contexto educativo se ve cada vez menos (aunque no siempre se transfiere así a prácticas concretas) como un proceso pasivo o de mera adquisición. Por el contrario, el aprendizaje es un proceso complejo de interacción de un individuo con su medio. En esta interacción, el cerebro no funciona recibiendo directamente señales de un estímulo específico. El organismo se modifica para ajustar la interacción con el medio de la manera más conveniente. Recibir una señal del entorno es tanto una acción sobre el entorno, como lo es su recepción y análisis. Por tanto, en la recepción y análisis de la información hay que tener en cuenta las estructuras conceptuales de base que influyen en las acciones, y los ajustes del individuo con su medio.

En el campo del pensamiento ético, el juicio moral se ha descrito históricamente como una decisión consciente y deliberada. Como consecuencia, todos los análisis filosóficos o sociopolíticos de los juicios morales se han centrado en estudiar y valorar el razonamiento consciente y elaborado sobre dilemas morales, actos justos y distinciones morales. Sin embargo, los estudios en psicología cognitiva y antropología biológica han empezado a poner en duda este acercamiento. Las ciencias biológicas y psicológicas proporcionan ya teorías y resultados experimentales en un contexto que enriquece nuestra comprensión de la percepción, razonamiento y acción morales. Se sabe ya que las capacidades morales tienen componentes genéticos, evolutivos, madurativos y cognitivos. Se dispone ya de modelos con capacidad explicativa y predictiva relativos al origen, desarrollo, mantenimiento, modificaciones y de las capacidades cognitivas que se emplean en el juicio y la acción morales. Los investigadores están acercándose a responder qué cuenta como una acción moral, cómo se adquieren estas capacidades, cómo se ponen en práctica, cómo se evalúa la adecuación de una acción.

En cuanto a otro vector básico de los conflictos humanos, la agresividad, en el momento presente, hay suficientes datos sobre las interacciones entre la genética, la maduración cerebral y hormonal y algunos factores básicos del aprendizaje social como para dar cuenta de los mecanismos de la agresividad. Los mecanismos neurocognitivos al servicio de la agresividad y de la modulación antiagresiva están enraizados en nuestro pasado adaptativo y responden a necesidades claras y precisas. Asimismo disponemos ya del tipo de itinerarios experienciales que modelan la propensión agresiva, e incluso las diferencias sexuales en estrategias combativas. Para discutir estas cuestiones, se celebrará en el marco del Fórum, del 17 al 20 de julio, el diálogo El cerebro social. Biología de los conflictos y la cooperación. Este encuentro pretende mostrar cómo las ciencias biológicas y cognitivas pueden ayudar a sofisticar la acción política y social en un mundo altamente interrelacionado, para intervenir con sensatez en un gran abanico de fenómenos que dibujan los tres grandes ejes del Fórum 2004: diversidad cultural, desarrollo sostenible y condiciones para la paz. Para ello contaremos con destacados investigadores y pensadores, como, entre otros, Daniel Dennett, Núria Sebastián, Javier de Felipe, Álvaro Pascual Leone, Adolf Tobeña, Scott Atran, Michael Gazzaniga, David Premack, Merlin Donald, Peter Hammerstein, Sandro Nannini, F. John Odling Smee, Arcadi Navarro, Derek Bickerton, Félix Ovejero, Stevan Harnad, José Antonio Marina, Josep Ramoneda, Luc Steels y Camilo J. Cela Conde.

Oscar Vilarroya es director del diálogo El cerebro social. Biología de los conflictos y la cooperación.

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