Columna
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El lío y la memoria

El pasado fin de semana se emitió por televisión la final de Eurovisión infantil, Eurojunior, un concurso para impúberes cantantes azuzados por padres ambiciosos y maleados después por la industria televisiva. Yo estaba en la cocina, leyendo alguna cosa, pero mi hijo venía de la sala para traerme periódica noticia del certamen. "Aita, Espainia gainditzen ari da!", anunciaba, entusiasmado. Realmente me importaba un bledo que el concurso lo ganara la niña española, el niño turco o la pareja de gemelos macedonios, pero me llamó la atención la intensidad de los sentimientos del pequeño. Yo me he jurado no hablarle jamás de política: que con el tiempo saque sus propias conclusiones, pero resulta difícil. Un día se entusiasma con Euskal Herria y otro con las victoria de Espainia. Me pregunto qué lío debe de haber en su cabeza. Un rato después volvió a la cocina con el desenlace del certamen. "Aita, Espainiak gainditu du! Espainiak gainditu du!". Y le dije que muy bien, que qué alegría, algo parecido a lo que suelo decirle cuando viene a anunciarme logros euskotarras. A mi hijo le entusiasman las victorias españolas en Eurojunior y las victorias de Euskal Herria en soka-tira. Todo depende, claro, del canal que haya echado sobre él sus zarpas.

Vaya lío nacional, me dije. Me pregunté si era atinada esa promesa que me había hecho a mí mismo de no imbuirle jamás ideas políticas. Y me sigue pareciendo un noble empeño, aunque el resto del universo no colabora en la tarea. Uno ya sabía que, según el pensamiento único, los medios públicos vascos están ahí para moldear sentimientos nacionales, pero la verdad es que los medios públicos españoles no parecen muy dispuestos a alumbrar inmarcesibles ciudadanos laicos e ilustrados de voluntad cosmopolita, inmunes a la patriotería y renuentes a las étnicas llamadas de la sangre. Por eso se ganan concursitos como si se hubiera reeditado la batalla de Lepanto. Es algo parecido a lo que ocurre con esas plataformas para el cambio, que se presentan investidas de muy loables intenciones, pero que resumen su discurso en dos puntos fundamentalmente contradictorios. Punto primero: en el País Vasco hay que superar la perversa dialéctica nosotros y ellos. Punto segundo: toda la culpa de todo lo que pasa la tienen única y exclusivamente ellos. Hombre, el segundo punto no parece un gran arranque para facilitar la consecución del primero. Espero que mi hijo, con el tiempo, no acabe en una de esas plataformas, y no ya por aprecio a unas u otras ideas, sino porque cuente con mejores armas para el mantenimiento de su coherencia argumental.

Por su parte, Eurojunior ya ha conseguido pasar a la historia del orbe conocido. El Ayuntamiento de Ayamonte, localidad de la pequeña ganadora, no perdió un solo segundo: a la vista de la relevancia internacional del acontecimiento se convocó comisión de gobierno urgente. El motivo era dedicar a la joven triunfadora un parque público antes de que el juicio de la historia calificara la omisión de imperdonable. Antes las instituciones ofrecían la memoria colectiva a personas notables, personas que hubieran hecho algo grande, y lo hacían cuando éstas ya habían culminado una larga trayectoria o cuando estaban definitivamente muertas. Pero ahora se dedican parques públicos a niñas de nueve años que han ganado un concurso televisivo, como si nadie fuera consciente de que tal victoria resultará intrascendente no ya dentro de unas décadas, sino apenas dentro de unos meses. Hemos perdido todo el respeto al pasado y a la historia. No sólo vivimos al ritmo de una ruidosa y vulgar actualidad, sino que pensamos, ingenuamente, que la actualidad es lo único que existe. Una vez que hemos abolido el pasado, y con él la memoria, no nos queda más que la liviandad de un presente que se sucede a sí mismo con banalidad exasperante, pero siempre con ínfulas históricas. Quizás el pueblo de Ayamonte juzgue impostergable dedicar un parque a la niña de nueve años que ha ganado un concurso, pero no saben hasta qué punto ello ilustra el vacío de nuestro tiempo y de nuestro pensamiento. Y no sé cómo explicar a mi hijo que el mundo está bastante hueco, ya mire a Euskal Herria, a España, o a cualquier otro rincón.

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