Tribuna:65ª Feria del Libro de Madrid
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Final de trayecto

Con la presentación de la edición facsimilar completa de los manuscritos de los Machado, culmina una hermosa y prolongada aventura filológica. Dos años y medio han hecho falta para desentrañar, ordenar, transcribir, anotar y editar un legado de extraordinario valor, que ha terminado ocupando 10 volúmenes, con 3.556 páginas. Entre ellas, han aparecido en torno a 50 poemas inéditos de Antonio Machado, en su mayoría composiciones breves, y un considerable número de prosas, también inéditas, entre las que destacan varios capítulos de Juan de Mairena, que por alguna razón su autor no quiso publicar. (El asunto religioso de que tratan en su mayor parte tal vez ayude a comprender por qué). Es, en fin, un número muy importante de manuscritos, con una letra engañosa y torturada por multitud de arrepentimientos y titubeos, del menor de los dos hermanos, que desvelan su taller literario y alumbran nuevos aspectos de la obra y de la vida del poeta.

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Para quien ha estado sumergido en estos textos durante tanto tiempo, no resulta fácil hacer una valoración global de los mismos. Tanto más, en cuanto que el contacto diario con esta forma de la intimidad del poeta nos ha hecho sentirnos en una extraña, y emotiva, familiaridad con el hombre. Hablo en plural, porque supongo que a mis compañeros de equipo, a Carmen Molina Pérez, a Rafael Alarcón Sierra y a Pablo del Barco, les habrá ocurrido algo semejante.

Una primera constatación, no obstante, me atrevo a hacer por mi cuenta: la de la realidad literaria que alcanza en estos papeles aquella autocrítica del poeta cuando decía "yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas". Sorda y prolongada guerra, en verdad, la del autor con su propio discurso, al que exige un poco más cada vez, un nuevo relumbre, una mayor exactitud al pensamiento, a la emoción que quiere transmitir.

Con ello no hago sino apuntar a otro perturbador fenómeno: el de la dualidad irreductible que se da entre el hombre que es y el hombre que escribe. Aunque el autor quiera y se afane porque ambos se equiparen, y el poeta quiera disimular esa pelea agotadora de sus entretelas -Machado bien que lo hizo-, más tarde o más temprano acabará aflorando.

La diferencia entre unos escritores y otros estriba en que algunos la asumen y otros no. Quienes no la aceptan, a menudo desarrollan esa suerte de neurosis tan típica de los poetas que se consideran dueños absolutos de su poesía. Machado está entre los que se dan cuenta a tiempo de que esto no es así, y que más vale darle forma a tan curiosa discrepancia. Por eso se inventó a Mairena, a Abel Martín y a los demás apócrifos, surgidos todos de esa escisión insuperable. Pero la inteligencia de Machado le llevó más lejos: a convertir la turba de sus otros yoes en la forma literaria de su principio filosófico más querido, el de "la esencial heterogeneidad del ser". De donde se deduce que la guerra entre poesía y filosofía es también, en Machado, otra manera de transformar esa herida incurable que aflige a todo buen poeta. Siempre he sostenido que el Machado filósofo acabará equiparándose al Machado poeta, y estos manuscritos abonan también esa perspectiva, por la enorme cantidad de aforismos rehechos, borrados, corregidos hasta casi la desesperación.

Pero falta en esa doble antagonía, la del poeta-hombre y la del poeta-filósofo, la dimensión cotidiana que de ellas podía surgir. ¿Cómo era el hombre Machado? ¿Era realmente ese ser coherente, unidimensional y bueno, en el mejor sentido de la palabra? Las cartas que aquí se reproducen revelan diversos aspectos de esta cuestión; la cariñosa que dirige a su madre, con motivo de la enfermedad de Leonor, donde lo que más preocupa al hijo es la inquietud de doña Ana, y no la suya propia; pero también sus quejas por el maltrato económico que le dispensan los editores; y, cómo no, la rabia incontenible que le produce la noticia del asesinato de Lorca.

Antonio Machado era, decididamente, un hombre bueno, que también reservaba para sí solo la guerra feroz de sus entrañas... con los otros.

Antonio Rodríguez Almodóvar es escritor y filólogo. Ha coordinado los trabajos realizados sobre los manuscritos de los hermanos Machado.

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