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Columna
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El pasado es un país extranjero

Si no lo veo no lo creo: Pinter llenando en Barcelona, en pleno mes de agosto. Old Times ("Vells Temps", traducida, protagonizada y dirigida por Rosa Novell) en la sala Beckett. Diez días. Índice de ocupación: 104%. No, no es un error: tuvieron que colocar sillas de tijera alrededor del escenario porque el público desbordaba el aforo. Old Times se estrenó en 1971, en el Aldwych; una producción de la RSC dirigida por Peter Hall. Con Vivien Merchant, la esposa de Pinter, como Anna, Colin Blakely como Deeley y Dorothy Tutin como Kate. Poco más tarde, Luis Escobar la presentó en el Eslava, con Paco Rabal (su última función), Irene Gutiérrez Caba y Lola Cardona. En 2000, Carme Portaceli la estrenaba en catalán, en el Artenbrut: otro montaje memorable, con Llüisa Mallol, Mercè Anglès y Pere Arquillué. Seis años después, Rosa Novell, sacerdotisa solitaria en el "año Pinter", ha vuelto a prender la llama en el templo sagrado para celebrar el Nobel en compañía de sus fieles. Contra todos los vientos adversos ("antiguo, tedioso, intelectual"), el fuego ha rebrotado más vivo que nunca: aún resuenan las risas cómplices y los silencios conmovidos ante esas verdades secretas, y el atronador aplauso final. Cuando el maestro concibe Old Times ha escrito ya dos piezas breves, Landscape y Silence, en las que su forma se hace más poética y abstracta, y acaba de entregarle a Joseph Losey la adaptación de The Go-Between, la novela de L. P. Hartley, que comienza así: "El pasado es un país extranjero. Allí las cosas suceden de otra manera". El asunto central de Old Times es, justamente, la inaprensibilidad del pasado, siempre incierto y movedizo. La acción transcurre en la costa inglesa, en la mansión de un matrimonio formado por un cineasta, Deeley (Victor Pi) y una recluida ama de casa, Kate (Rosa Novell), en los que se condensan los rasgos de la "pareja arquetípica" pinteriana, que reaparece una y otra vez en obras como A Slight Ache, Moonlight o Ashes to Ashes: él es arrogante, egotista y sarcástico pero tremendamente inseguro; ella es esfingiaca como una muñeca congelada hasta que sus palabras empiezan a arder. También Old Times sigue el eterno esquema de sus "comedias de amenaza": llega un extraño, como una piedra cayendo en un agua estancada, y se desata una lucha feroz por "el territorio", que puede ser un espacio, una relación aparentemente feliz, una vida entera. Aquí, el extraño es una mujer, Anna (Rosa Renom), antigua amiga de Kate, que Deeley afirma no conocer. El "territorio" es el pasado mismo, que el marido y la recién llegada, vampiros del alma, utilizarán como arma arrojadiza, enzarzados en una lucha sin cuartel por la posesión de Kate y sus recuerdos. Un material que Pinter modula con absoluta maestría, logrando ser lírico y antisentimental al mismo tiempo, creando una textura de intensidad casi policiaca a partir de elementos mínimos y aparentemente banales pero que, como siempre en su teatro, se convierten en bombas de relojería: la construcción de la memoria como una forma de apropiación indebida. Un piso compartido en Chelsea, un encuentro en el pub Wayfarer, una fiesta privada en Westbourne Grove. Supuestos lazos comunes, gente de paso, amigos que no han vuelto a ver. Una lejana tarde de agosto en un cine, una película de título significativo: Odd Man Out, de Carol Reed. Ropa interior robada (o prestada). Un hombre que atisba entre unos muslos blanquísimos; otro hombre (tal vez el mismo) llorando en una habitación. Las líneas, como espadas entrechocando, de una canción que podría ser el himno de los tres: They Can't Take That Away From Me. Ecos mínimos, tropismos que crecen como círculos de la piedra en el agua, sujetos a la percepción subjetiva de los personajes. Old Times genera dos tipos de preguntas, dos ríos que acaban confluyendo en un mismo interrogante: la realidad del pasado (¿conoció Deeley a Anna, veinte años atrás? ¿Se amaron Anna y Kate?) y la realidad del presente: ¿está Anna con ellos, en la misma habitación, o ha sido invocada por la pareja? ¿Son Anna y Kate dos mitades de una sola mujer, como en Persona de Bergman? A ratos, podemos llegar a pensar que los tres están muertos y habitan un limbo en el que pasado, presente y futuro coexisten. Pinter, por supuesto, no despeja las incógnitas, pero, a la manera de Proust, pone en boca de Anna una frase capital: "Hay cosas que recordamos", dice Anna, "y que a lo mejor nunca sucedieron, pero en el momento de evocarlas suceden, cobran vida". Cuando la obra se estrenó en Broadway y fue tildada de incomprensible, Pinter remachó el clavo cuando volvieron a preguntarle acerca de los "planos de realidad" de la obra: "It happens", dijo. "It all happens". Lo imaginado, pues, tiene tanta presencia como lo "real". Victor Pi interpreta a Deeley en un tono de comedia ligera, dejando escapar poco a poco el miedo, la inseguridad autodeprecatoria ("yo escribí y dirigí la película. Mi nombre es Orson Welles"), la brutalidad que emerge en pequeños gestos nerviosos y bruscas inflexiones verbales, hasta que su fachada de inquisidor sofisticado se desintegra ante nuestros ojos. Rosa Renom es un falso gorrión con mirada de lechuza desvelada y pico de quebrantahuesos, que presta a Anna una sensualidad rotunda, con un obvio centro de gravedad permanente. Rosa Novell es una Kate soberbia: elegante, delicada y cada vez más inquietante, avanzando como una niña perdida en la niebla de la parálisis emocional hasta llegar al estallido helado de su último monólogo, donde abatirá de un doble golpe a sus acosadores, borrándoles de su memoria para emerger terroríficamente sola pero inconquistable. La precariedad de la escenografía firmada por Sebastià Brosa (a la fuerza ahorcan: parte de la producción se retiró, me cuentan, en el último momento) se esfuma ante este gran trabajo de dirección e interpretación, arropado por las luces precisas y casi alucinatorias de Albert Faura. Una función de obligatoria repesca en la próxima temporada.

A propósito de Vells Temps, de Pinter, traducida, protagonizada y dirigida por Rosa Novell

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