Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Desasosiego

Como boxeadores pesados y vencidos por la fatiga que se abrazan en mitad del cuadrilátero y se van golpeando los riñones a la espera de que la campana interrumpa el inútil castigo, y confiando en que los jueces puntuarán por simpatía o por tongo y no por merecimientos, los candidatos habituales a las elecciones catalanas van asomando a la pantalla sus rostros desdibujados por el sudor y la fatiga, para cumplir con el ritual al término de una jornada de escasa participación, y dejar constancia del desgaste de una campaña apretada, árida y agria, en la que todos participaron con los ojos fijos en el espejo retrovisor y no en el camino, envuelta en rumores de presuntas estrategias ajenas al debate, con el clientelismo y el despojo como único mensaje subliminal. Uno a uno van compareciendo ante el desasosiego de la ciudadanía, que los ha votado o no, pero que quisiera ver un espectáculo menos ficticio, y suben al estrado a recoger el magro premio o el accésit concedido a su persistencia y su impasividad, no se sabe si satisfechos o derrotados, pero sin duda firmemente decididos a no abandonar una posición conseguida con demasiados empujones, intrigas y zancadillas como para cederla o compartirla o dejarla a corto plazo. Los acompaña un séquito de sombras que no dejan entrever fisuras por las que se asomen caras nuevas, y los jalea con sordina una militancia visceral y parasitaria, sin ilusión ni proyecto ni futuro digno de mención. Ante unos medios de información previsiblemente serviles de quienes los crearon y aún procuran su manutención, pronuncian las frases de rigor con la boca suelta y la mirada inquieta, más temerosos de la conjura entre sus propias filas que de unos rivales paralizados por idénticas preocupaciones, mientras urden combinaciones que responderán en las nubes a intereses extraños y en el suelo a cambalaches, y que pondrán de manifiesto que a fin de cuentas todo daba igual. Y así es, porque en definitiva no son malos chicos. Hacen su papel como pueden y cuentan con que las cosas sigan yendo bien, como han ido hasta ahora. Porque si un día vienen mal dadas, si hay un conflicto serio, o la economía hace agua, o descarrila un tren de cercanías, todos sin excepción perderán los papeles.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS