Reportaje:

El Picasso más feliz

El palacio Grassi de Venecia exhibe la esplendorosa etapa del artista en los años cuarenta con la colección de Antibes y otras 100 obras

La alegría de vivir no es sólo una de las obras maestras más emblemáticas de Pablo Picasso (Málaga, 1881-Mougins, 1973). Es el testimonio de los tiempos más felices y creativos del artista más admirado e influyente del siglo XX.Firmada en 1946, en Antibes, Francia, corresponde a uno de los periodos más estables de su intensa vida amorosa. Hace poco que convive con Françoise Gilot (madre de Pablo y Paloma), el mural Guernica es aplaudido por todo el mundo y su fama es ya universal. Ese periodo de máxima plenitud abarca los años 1945-1948. En el castillo Grimaldi, en Antibes, trabaja sin parar con muchas obras de gran formato y, sobre todo, se entusiasma con la cerámica. Embadurna sus manos para realizar sorprendentes y delicadas piezas que adorna con motivos muy españoles y, sobre todo, mediterráneos. También se inspira en las antiguas vasijas clásicas por las que toda su vida demostró una gran pasión. Los motivos sexuales más explícitos sorprenden en muchas de estas bellísimas piezas.

Hace poco que convive con Françoise Gilot, y su fama es ya universal
Para algunos, Antibes es el primer caso de un museo dedicado a la gloria de un artista vivo

Una gran parte de la producción de esos años, organizada bajo el título La alegría de vivir, es la protagonista de la exposición que estos días se exhibe en el palacio Grassi de Venecia (www.palazzograssi.it). Todo ello con el añadido de la colección de fotografías de su amigo Michel Sima, tomadas mientras el genio creaba o se relajaba entre su íntimo círculo de amigos.

Con esta exposición, de la que una gran parte se pudo ver en los museos Picasso de Málaga y Barcelona (Los picassos de Antibes), se cierran los homenajes que se le han dedicado en todo el mundo a propósito del 125º aniversario de su nacimiento.

¿Qué significó Antibes para Picasso? El castillo Grimaldi que utilizó como estudio se encuentra situado en plena costa azul, en lo alto de un monte frente al Mediterráneo. En esa misma región, Picasso había pasado varias vacaciones estivales. Siempre le fascinó el castillo. Cuando el edificio es abandonado, se hace cargo de él un profesor especializado en historia grecolatina que imparte clases en Cannes y que consigue convertir en museo las ruinas del castillo. Las piezas arqueológicas hacen que Picasso entre pronto en contacto con el profesor. Pero también les acerca una importante exposición temporal que en 1925 reúne en el edificio a Signac, Utrillo, Bonnard y muchos otros grandes artistas contemporáneos.

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El que fuera su secretario, Jaime Sabartés, recuerda en sus escritos que Picasso debió de considerar el castillo de Antibes como un paraíso hecho a su medida. Cuando el director del museo le invita a disponer de sus salas, no lo duda. A Pablo Picasso y a Gilot se suma un joven fotógrafo que había sobrevivido al horror de Auschwitz y que se dedica a capturar los momentos más emotivos y relajados del artista. Pero no sólo eso. También hace de mediador para convencer a Picasso para que done una parte de la producción de cuadros y cerámicas realizadas en las salas del castillo, objetivo que consiguió. Al medio centenar de obras se fueron sumando otras en entregas sucesivas. El agradecimiento del artista por los buenos momentos pasados en el castillo y el estímulo que le supuso el disponer de las grandes salas para poder trabajar fueron determinantes para su generosidad.

Para algunos, Antibes es el primer caso de un museo dedicado a la gloria de un artista vivo. Las numerosas y rompedoras piezas destilan el calor de lo que Picasso entendía como su propia casa. Están sus colores, los retratos de sus amigos de entonces y de su musa y madre de dos de sus hijos. El palacio Grassi añade a la colección de Antibes más de un centenar de cuadros procedentes de colecciones particulares que completan este periodo tan feliz en la vida de Picasso.

<i>La joie de vivre</i>, pintado por Pablo Picasso en 1946.
<i>La joie de vivre</i>, pintado por Pablo Picasso en 1946.

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