Elecciones 27M
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Espejos retrovisores

El pasado domingo, el PP sacó al PSOE 156.000 votos de ventaja (un 0,70% sobre el recuento global) en las elecciones municipales de toda España. Sin embargo, las características de los comicios locales impiden interpretar esos resultados como un indicio seguro de las tendencias puestas en marcha para la próxima convocatoria -a lo más tardar en marzo de 2008- a Cortes Generales. Aun siendo cierto que las municipales de 1995, 1999 y 2003 anticiparon el nombre del caballo ganador de las legislativas celebradas meses después, las distancias respecto al colocado en unas y otras elecciones fue tan considerable que cualquier prognosis sería más bien un presentimiento. La ventaja de 40.000 papeletas obtenida por el PP sobre el PSOE en 1999 se disparó en las generales de 2000 hasta casi los dos millones y medio de sufragios; los 120.000 votos que distanciaron a los socialistas de los populares en las municipales de 2003 crecieron en 2004 hasta el millón largo. Esos cambios cuantitativos -en función de que se trate de elecciones locales o generales- carecen de pauta establecida: también es imaginable la torna cualitativa de papeles entre el PP y el PSOE dentro de unos meses.

La desigual concurrencia a las urnas es un factor de primera importancia a la hora de explicar las dificultades insalvables para comparar ambos tipos de elecciones. La distancia de participación entre las legislativas de 2004 (75,6%) y las municipales de 2007 (63,8%) es de casi 12 puntos: el tramo potencial de incorporación de ciudadanos al ejercicio del derecho de sufragio tendría un largo recorrido en la próxima convocatoria. ¿En beneficio de quién? Los estudios españoles de sociología electoral están de acuerdo en que el abstencionismo electoral castiga más a la izquierda que a la derecha. De añadidura, los bajos niveles de participación registrados en Cataluña (53,80%) y Andalucía (61,55%) -dos comunidades muy pobladas donde no se celebraron autonómicas el pasado domingo y los socialistas suelen ser hegemónicos en las legislativas- confirman esas favorables perspectivas para el PSOE.

Los objetivos específicos propios de las municipales -renovar 8.000 ayuntamientos en toda España- y de las legislativas -designar diputados y senadores a Cortes- también obstaculizan cualquier extrapolación entre una y otra convocatoria, aunque en esta ocasión las agotadoras y ubicuas campañas del presidente del Gobierno y del líder del principal partido de la oposición hayan hecho todo lo posible para vestir las locales como primera vuelta de las generales. Por lo demás, la presencia ante las urnas el pasado domingo de plataformas de carácter exclusivamente municipal es un fenómeno político irrepetible para las futuras legislativas. Los votantes de esas agrupaciones (1.660.000 ciudadanos equivalentes a un 4,53% del total si estuviesen recogidos en el renglón resto de la información facilitada por el Ministerio del Interior) distribuirán sus preferencias entre las formaciones de ámbito estatal cuando les llegue el turno electoral al Congreso y al Senado, al igual que ocurrirá con quienes hayan respaldado opciones regionalistas o -en algunos casos- nacionalistas.

Aunque no sirva como profecía para las futuras Cortes, la jornada electoral del domingo ofrecería interesantes lecciones a populares y socialistas si ambos partidos utilizaran el espejo retrovisor del 27 de mayo para analizar los errores propios, en vez de proyectar sobre las deformantes lunas valleinclanescas del Callejón del Gato las imágenes caricaturescas de sus adversarios y críticos. La escasa distancia de votos que ha separado al PP del PSOE podría significar que la cantera de pasiones inflamadas por la incendiaria propaganda de los portavoces populares está a punto de agotarse. Las apocalípticas advertencias sobre la ruptura de la unidad nacional a manos del terrorismo comienza a producir cansancio en la propia clientela del PP: en cualquier caso, Rajoy necesitaría prescindir de esa estrategia de crispación si pretendiese gobernar aun en el caso de no contar con mayoría absoluta en el Congreso. Y los resultados del domingo también enseñan a los socialistas que no les bastaría para ganar las legislativas con que el presidente del Gobierno se echase a las espaldas la campaña electoral después de hacer una supersticiosa lectura de los sondeos como si fuesen horóscopos astrológicos.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Logo elpais

Ya no dispones de más artículos gratis este mes

Suscríbete para seguir leyendo

Descubre las promociones disponibles

Suscríbete

Ya tengo una suscripción