Análisis:EXTRAVÍOS
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Deseo

Formando parte de la trilogía Historia de los trece, junto con Ferragus y La muchacha de los ojos de oro, La duquesa de Langeais, de Honoré de Balzac (Tours, 1799-París, 1850), es un absorbente folletón romántico sobre la pasión erótica, sobre la que había escrito y teorizado con abundancia su compatriota y también genial novelista Stendhal (1783-1842), perteneciente a una generación anterior.

Terminada en 1834, La duquesa de Langeais contiene, en efecto, no pocos de esos ingredientes románticos extremos que caracterizaron el arranque narrativo de Balzac, incluido el de insertar una intensa nota de color español, pues en esa década nuestro país se puso de moda por todo el mundo. En ella se narran los frustrados amoríos entre Antoinette de Navarreins, duquesa de Langeais, y el marqués de Montriveau, un apuesto aventurero, cuya brillante carrera militar le había elevado hasta el generalato. En todo caso, lo asombroso de la trama urdida por Balzac es que nada en principio se interponía para que estos flechados amantes consumasen plenamente su relación, salvo, primero, la coqueta prevención de la duquesa que temía enfriar la adoración del general si le consentía un progreso sustancial, y, segundo, la resentida cerrazón de Montriveau que se niega a aceptar, por su parte, la tan anhelada entrega de su amada, cuando, por fin, ésta vence todas sus reservas.

El caso es que, por un motivo o por otro, ambos, desafiándose mutuamente, labran su desdicha, que no es otra que la de atizar hasta el paroxismo su respectivo deseo. Despojando esta enardeciente historia de las prolijas digresiones sociológicas, a las que era tan aficionado Balzac, el cineasta francés Jacques Rivette rodó, hace un par de años, la película titulada asimismo La duquesa de Langeais, donde, a fuerza de concentración, la asfixiante locura de este trágico dueto erótico se nos muestra más en carne viva, y, de esta manera, salta, a su vez, más a la vista la insondable trampa de la pasión erótica como interminable y agotador combate entre dos egos.

En la antípoda del enamoramiento, esa ilusión que espolea el deseo, está el amor, pero no sólo porque lo que el primero conjuga en futuro, el segundo lo hace en pasado, sino porque éste es una rara y privilegiada experiencia constructiva, mediante la que dos intentan entregarse mutuamente sin reservas y sin desmayo.

Un gran amor real fue el que vivieron el poeta estadounidense William Carlos Williams (Rutherford, 1883- 1963) y la que fue su mujer de por vida, Florence Herman, Flossie, aunque, al parecer, no se casaron muy enamorados. Así lo puso de manifiesto Williams en varios de sus libros, pero, en el último de los que publicó, Cuadros de Brueghel (1962), hay un poema, maravillosamente conciso, titulado 'Las peonías robadas', incluido en la Antología bilingüe (Alianza), recién editada, que ha vertido a nuestra lengua Juan Miguel López Merino, donde el poeta cuenta cómo les unió a él y a su mujer el dolor por unas flores que adoraban y les fueron arrebatadas: "... Pero una noche / nos las robaron / compartimos la pérdida / ninguno pudo pensar / en nada más / durante todo un día / nada podría / habernos unido tanto / llevábamos / casados diez años".

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS