El bono español a 10 años marca un nuevo mínimo histórico y queda a un paso de caer a terreno negativo

El rendimiento de la deuda portuguesa a una década cae por debajo de cero por primera vez a las puertas del consejo de gobierno del BCE

La presidenta del BCE, Christine Lagarde, participa en un foro virtual a principios de noviembre.
La presidenta del BCE, Christine Lagarde, participa en un foro virtual a principios de noviembre.Foto: Bernd Hartung for ECB Bernd Hartung for ECB

La mano de los bancos centrales sigue haciendo magia. En plena pandemia, con la economía sufriendo un revolcón de doble dígito, las necesidades de financiación disparadas, la deuda por encima del 110% del PIB y el riesgo de un Brexit a las bravas aún encima de la mesa, la rentabilidad de la deuda española a diez años ha marcado este martes un nuevo mínimo histórico: 0,024%, superando con creces el 0,035% de agosto de 2019, meses antes de la llegada del virus. Mientras el Banco Central Europeo (BCE), que este jueves anunciará una nueva batería de medidas de apoyo a la economía, mantenga las compras masivas de bonos del sur de Europa —de largo los más golpeados por la crisis—, el Tesoro respirará aliviado. Y no hay ningún indicio de que Fráncfort vaya a levantar el pie del acelerador pronto en su acción balsámica.

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En este caldo de cultivo, nada parece espantar a los inversores. Tras este nuevo descenso, el bono español a una década vista —el de referencia para la deuda soberana— está a un solo paso de irse a terreno negativo. Una línea divisoria que, en tiempos de políticas ultraexpansivas, ya han cruzado muchos otros países dentro y fuera de Europa. Alemania, sobre la que pivotan las primas de riesgo del resto de la UE, y 11 países más ya cobran por financiarse a largo plazo. Entre ellas hay nombres tan llamativos como el de Portugal, un país que tuvo que ser rescatado en 2011 y que llegó a pagar más del 18% por su deuda a 10 años, que este martes ha visto como el bono caía a terreno negativo por primera vez en su historia. Su deuda, cercana al 130% del PIB tampoco causa escalofríos.

Tras Portugal, el siguiente en la tabla de rendimientos es España. Y Grecia, también abocada al rescate en la última crisis, presume igualmente de todas sus referencias en mínimos históricos. Son, junto con Italia, los tres únicos países de la eurozona que aún tienen sus bonos a 10 años en terreno positivo: el resto ya ha cruzado el Rubicón.

El consenso de los analistas apunta a que el BCE añadirá otros 500.000 millones de euros al programa de compra de activos puesto en marcha para hacer frente a la pandemia y frenar cualquier atisbo de tensión en los mercados. De ser así, la suma total quedaría al borde de los dos billones de euros, tanto como el PIB italiano. El grueso de esos fondos va directamente a parar a la adquisición de deuda de los países de la periferia, entre ellos España o la propia Italia.

Más allá de la mano de los bancos centrales, que en los últimos meses se han visto obligados a remangarse de nuevo para evitar otra escabechina en la cuenca mediterránea, el hundimiento en los rendimientos de la deuda emitida por estos países tiene que ver con una lógica puramente de mercado: con toda Europa septentrional cobrando por emitir papel, muchos inversores han volteado sus ojos sobre la periferia de la zona euro, países con un perfil de riesgo mayor —aunque hoy por hoy bajo, dado el nuevo talante de las autoridades comunitarias, que han dado su brazo a torcer y por primera vez han emitido deuda mancomunada— pero que al menos ofrecen algo de rentabilidad a largo plazo, por mínima que esta sea. En un mundo de tipos cero y liquidez a espuertas, incluso un pequeño rédito que llevarse a la boca se da por bueno.

“Los mercados europeos de deuda están bajo un régimen de extraordinaria represión financiera”, subraya Peter Chatwell, del banco japonés Mizuho, en declaraciones a Bloomberg. “Los bonos periféricos continúan siendo muy atractivos: permiten a los inversores comprar posiciones en euros con rendimientos aún positivos”, remarca. “Estamos en una dinámica de refuerzo positivo: las tasas más bajas hacen que la deuda sea más sostenible”, completa Antoine Bouvet, de ING. Aunque a expensas de ceder la soberanía monetaria, el valor de pertenecer a la eurozona es un momento así: por el respaldo que supone tener al BCE detrás y por el enorme poder de seducción de la divisa única a ojos de los inversores extranjeros.

Sobre la firma

Ignacio Fariza

Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió la doble licenciatura de Economía y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.

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