Rascacielos

Benidorm ya está más cerca del cielo

Intempo, el rascacielos residencial más alto de Europa, concluye sus obras en la meca del turismo de masas, tras resistir a la Gran Recesión y a la crisis del coronavirus. La torre es la última pieza de la singular arquitectura de la ciudad alicantina

Mònica Torres

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La Nueva York del Mediterráneo tampoco duerme nunca. La ciudad alicantina de Benidorm (70.000 vecinos en el padrón, y muchos más en verano) ya tiene todo listo para inaugurar el rascacielos residencial más grande de Europa. 198 metros que acogen 256 apartamentos y que a punto estuvieron de convertirse en uno de los fiascos más monumentales de la burbuja inmobiliaria de principios de siglo. El edificio Intempo, dos torres unidas por un enorme cono-diamante en lo alto, está a punto de recibir el certificado de fin de obra y EL PAÍS es el primer medio invitado a visitar el inmueble tras la conclusión de los trabajos.

Operarios de Dragados, la constructora designada para culminar el proyecto, dirigen todavía el tráfico en el interior, donde las últimas labores de limpieza se compaginan con cierto trasiego de visitas a los pisos piloto. Pero llegar hasta aquí ha llevado muchos años. En el viaje, el quinto rascacielos más alto de España (por detrás de las cuatro torres de Madrid, todas ellas de oficinas) ha tenido que superar dos crisis tremendas. En realidad, con la segunda todavía está lidiando. La entrega de las primeras viviendas se espera en septiembre y solo un 40% de los pisos están vendidos. “Es un porcentaje bajo respecto a lo que se había previsto, pero en 2020 los clientes no se podían desplazar”, explica Jorge Romagosa, jefe de producto de la promotora Uniq, a la vez que augura un buen verano: “Ahora que está terminado, la acogida ha sido buenísima”.

Si Intempo evoca la capacidad de resistir los azares del tiempo, el nombre no podía estar mejor escogido. El rascacielos es una prueba de la resiliencia de Benidorm. De la misma manera que la ciudad es incapaz de pasar desapercibida al acercarse por carretera o por mar, su modelo urbanístico no deja indiferente a nadie desde hace seis décadas. Casi 80 torres superan las 25 plantas y 27 de ellas rebasan los 100 metros en el perfil de la ciudad más reconocible del litoral mediterráneo. El arquitecto Oscar Tusquets, quien dedicó al municipio una exposición que llevó hasta Londres, es uno de sus mayores defensores: “Benidorm es un invento afortunado de un alcalde [Pedro Zaragoza] con una visión de futuro increíble”, elogia al otro lado del teléfono, “vio que el turismo iba a ir por otro camino y se inventa Benidorm con un urbanista de nivel. Lo malo han sido las copias”.

Un modelo singular

El “invento” empezó en 1956 con un plan urbanístico que privilegió la edificación en altura y, para el arquitecto catalán, dio lugar a “la ciudad moderna del Mediterráneo más interesante, la que ha dado mejor solución al turismo masivo”. ¿A qué se debe entonces cierta mala fama? “A alguna izquierda, los obreros no le gustan mucho y estos de Mánchester [el Reino Unido] que se emborrachan en Benidorm les causan cierta incomodidad. A mí no, a mí me divierten mucho”, responde entre risas. Al poner la lupa, añade Tusquets, “se puede decir que Benidorm no tiene edificios de una calidad arquitectónica altísima, pero tiene bastantes muy bien resueltos”. El nuevo rascacielos, señala, le interesa estructuralmente: “De canto tiene una esbeltez espectacular”.

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Si de perfil casi parece que el Intempo quiera esconderse, la vista frontal desde la playa revela el tamaño de la mole. Sobre un montículo a 200 metros del mar —en la orografía de la playa de Poniente, la ciudad pronto se encarama en dirección al Puig Campana— saca medio cuerpo a las dos torres que tiene delante. En la misma playa se encuentra el Gran Hotel Bali, que con 186 metros llevó a gala ser el edificio más alto de España durante unos años, mientras que en la playa de Levante se destacan la Torre Lugano, todavía el complejo habitado más alto con 158 metros, o el Neguri Gane, un ejemplo de arquitectura brutalista con la firma del estudio de arquitectura Pérez-Guerras, el mismo que proyectó el Intempo y ha colaborado con sus nuevos dueños en la remodelación.

Pero Benidorm es un icono en sí mismo, más que un contenedor de edificios icónicos, algo que para el arquitecto José María Ezquiaga, premio nacional de Urbanismo en 2005, no tendría sentido. “Lo más relevante es el paisaje urbano en su conjunto, creo que sería un error hacer edificios singulares”, señala, “lo más relevante es cuidar la calle, los jardines, la playa…”. Es en esos espacios donde florece el modelo urbano de Benidorm, un trasiego de gente y opciones de ocio que han convertido el antiguo pueblo de pescadores en un “santuario” para los turistas de la tercera edad y lo han situado “en el imaginario de las clases medias trabajadoras de Europa”.

Ezquiaga se declara “discípulo” del sociólogo Mario Gaviria: “Se le considera un padre del ecologismo y siempre entendió que este modelo de ocupar la costa era mejor que una ocupación extensiva”, recuerda el arquitecto. “La idea de Gaviria no era convertir toda la costa en un Benidorm”, abunda, “sino que con unos pocos Benidorm se podía satisfacer las necesidades del turismo y salvar muchos otros lugares de la costa. Desgraciadamente, el modelo español no ha sido eso”. Pero ahí queda un ejemplo más que notorio de que las cosas podían haber sido diferentes: “Lo más significativo es que Benidorm ha mantenido su vitalidad”, dice el urbanista.

15 años de construcción

Un motociclista pasa por una calle del Racó de L'Oix, una zona de gran concentración de turistas británicos de Benidorm, el pasado junio.
Un motociclista pasa por una calle del Racó de L'Oix, una zona de gran concentración de turistas británicos de Benidorm, el pasado junio. Mònica Torres

Resistir seis décadas no es sencillo, como tampoco lo ha sido la trayectoria del último rascacielos en llegar a la ciudad. Como en cualquier buena historia de los años de la burbuja, en el edificio Intempo no falta la leyenda de un garabato en una servilleta como pistoletazo de salida. Empezó a levantarse en 2006 y tenía como socios principales a José Ignacio de la Serna, fallecido en 2015, e Isidro Bononat. Los dos empresarios locales acabaron enfrentados y su gestión fue condenada judicialmente, por lo que se les consideró responsables ante los acreedores. Antes de eso, la patata caliente había llegado a la Sociedad de Activos Procedentes de la Reestructuración Bancaria, la Sareb o banco malo, donde fue a parar el préstamo promotor que Caixa Galicia (luego NovaCaixa Galicia, actualmente Abanca) había concedido y se presumía de muy difícil cobro.

“Nos llamó la atención que una caja gallega hiciera una promoción de esta envergadura fuera de su ámbito geográfico”, dice una fuente de la Sareb involucrada en el proyecto. El banco malo, recuerda, no podía actuar: solo había recibido la deuda, la propiedad era de Olga Urbana, la promotora original. “Habían gastado el 100% del préstamo, pero solo habían construido el 93%”, describe. Con la parte de arriba del cono sin terminar, asegura, no solo había peligro de que Intempo acabase en un enorme agujero financiero, también “riesgo físico” si la estructura se deterioraba. El banco malo pidió el concurso necesario de acreedores para que un administrador designado por el juez fiscalizara las obras e inyectó liquidez para acabar la construcción. En 2017 vendió el préstamo al fondo de inversiones SVP Global por 108 millones, este hizo valer luego sus derechos en subasta y es, hasta que comiencen a escriturarse los apartamentos, propietario del 100% edificio, que remodeló y comercializa con ayuda de Uniq.

Ambos dieron un final a la historia que se presume feliz con los pisos casi listos para entrar a vivir. Todos tienen terrazas techadas hacia el mar. En las plantas bajas es imposible obviar Benidorm; conforme se asciende, solo el característico islote frente a la costa recuerda a primera vista que esta es la gran meca del turismo de masas. Un nombre mítico para muchos ingleses (una serie homónima cosecha audiencias millonarias en la televisión británica), aunque aquí de momento abundan más los compradores nacionales (pandemia obliga) y los rusos, franceses y alemanes. En la azotea hay que vencer el vértigo y bajar mucho la mirada para ver el característico manto de sombrillas. A la izquierda, una excavadora sobre otra colina recuerda que en esta ciudad de descanso el negocio inmobiliario nunca descansa. Quizás no es tarde para Tusquets, que horas antes dice medio en broma medio en serio que, a sus 80 años, le queda “la frustración de no haber hecho un rascacielos en Benidorm”.

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