Mi casa saldrá en la próxima serie de Netflix

Cada vez más profesionales alquilan sus viviendas para el rodaje de series y películas y sacan un jugoso sobresueldo

Casona de Monterrey, de Ariana Ochoa.
Casona de Monterrey, de Ariana Ochoa.

Quien tiene una casa de cierto tamaño y atractivo puede tener algo mejor que un tesoro. Tras sufrir el cerrojazo global por los confinamientos, la economía registra el mayor pico de consumo de contenido audiovisual. Directivos y profesionales empiezan a apuntarse a un negocio con el que obtener un sobresueldo nada despreciable; se animan al alquiler de sus viviendas, ante la proliferación de nuevas plataformas volcadas en el rodaje de innumerables series y películas. Un mercado al que se suman también los anuncios publicitarios y, sobre todo, los videoclips que piden ritmos de verano.

Las productoras buscan todo tipo de viviendas, desde clásicas urbanas, minimalistas o con aire retro hasta casas playeras, coloniales o tipo rancio casoplón. Aumentan las posibilidades si cuentan con terraza o jardín. También se encargan de suscribir seguros y todos los permisos de rodaje. “Todo depende de la historia que se vaya a contar. Pero queremos que todo parezca muy real para evitar construir o fabricar”, sostiene Kike Gutiérrez del Álamo, localizador de exteriores en producciones como 45 revoluciones o 30 monedas. “Es muy importante que la vivienda tenga alguna estancia amplia y un buen acceso para el equipo y la logística”, añade.

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Condición muy valorada en la vivienda de Ariana Ochoa, responsable de marcas en Mediapost y propietaria de la Casona de Monterrey, cercana a la madrileña plaza de Castilla. “Es nuestra residencia habitual y hace tres meses que la subimos a la plataforma VenuesPlace para alquilar. Supone una entrada de dinero en torno a 1.500 euros por jornada, lo que nos ayuda en su rehabilitación y mantenimiento”. Una práctica a la que también ha recurrido un directivo del sector sanitario que prefiere mantener el anonimato. Estos días muestra su residencia de verano, cercana a Segovia, “para una posible serie”. Apunta que “en verano aumentan las producciones y es una manera de sacar provecho a tu casa”.

Pero hay más alicientes. Maribel Neiras, directora de una franquicia de Marco Aldany, indica que “además de sacarle rédito económico, disfrutas viendo tu casa, incluso a tu perro, en televisión”. En su caso ha registrado su vivienda en el marketplace de localizaciones Kuarere, donde productoras y particulares se conectan y acuerdan los términos de los contratos. “Negociamos vivir aquí mientras se graba y exigimos una fianza ante cualquier desperfecto”, asegura. Confiesa que “nunca ha habido problemas” y que recurren a este extra de primavera a verano. “Aceptamos tres rodajes al mes, lo que supone unos ingresos de 5.000 euros”.

Explotar la vivienda como negocio comienza a extenderse no solo por los beneficios. Hay otros factores, en opinión de Eduardo Irastorza, profesor de OBS Business School. “Que tu casa salga en tal serie o película supone tener algo que contar en tu entorno y en redes sociales. Además, hay menos reparos a que entren en la vivienda si el motivo es un rodaje. Decrece el sentimiento de invasión a la intimidad porque hay un cambio de actitud y el vínculo emocional con la casa ya no es tan fuerte”. Una azafata de vuelo que prefiere no dar su nombre reconoce que “el que alquila su casa lo hace por dinero”, pero también “generas expectación al comentar que tu casa y terraza salen en la serie Apaches”. Relata la anécdota de que volviendo de un viaje, cuando el equipo de rodaje se marchó a comer, se encontró a uno de los actores en su cama.

Bum de intermediarios

No solo los particulares hacen su agosto en este nuevo mercado que colateralmente se ve favorecido por el Anteproyecto de Ley General de Comunicación Audiovisual, que incorpora como novedad que plataformas como Netflix, Disney+, Amazon Prime Video o HBO tendrán que financiar contenido europeo, lo que se traduce en más producciones en España. A su calor surgen intermediarios de localizaciones, que facilitan desde sus plataformas estos acuerdos bajo una comisión que oscila entre un 10% y 20%. “Un nicho de negocio que antes practicaban de forma reservada personas con contactos y que ahora aprovechan estos intermediadores para ofrecer sus servicios a través de la economía colaborativa”, apunta Irastorza.

Vivienda minimalista ofertada en Kuarere.
Vivienda minimalista ofertada en Kuarere.

Es el caso de VenuesPlace, plataforma que cuenta con más de 4.000 espacios en alquiler y 60.000 usuarios. Su portavoz, Blanca Orbe, reconoce que el negocio “cayó en picado durante el confinamiento”. Pero luego ha remontado y se ha disparado la solicitud de particulares. “Solo elegimos las casas que creemos que de verdad tienen salida”, dice. Orbe detalla el proceso de admisión: se firma un acuerdo de colaboración con el particular. Esto genera el acceso a un área privada de la plataforma en la que él mismo crea su escaparate, en un plazo de cinco días, que será la tarjeta de presentación de su espacio. Una vez publicado, comenzará a recibir solicitudes que debe atender en 24 horas, siendo él mismo quien negocie.

Del mismo modo, la arquitecta Belén Sola lanzó su market­place, Kuarere Localizaciones, en pleno confinamiento “porque los rodajes se reiniciaron con bastante celeridad (bajo los protocolos anticovid-19) y porque la producción audiovisual se ha disparado”. En apenas año y medio cuenta con 2.000 referencias de alquileres y más de 11.000 visitas mensuales. “Cobramos un 15% de comisión al particular y un 4% a la productora sobre la tarifa de la propiedad”. Y apunta que se puede ganar desde 25.000 euros por un rodaje de cinco semanas o escoger más trabajos pero de menor duración, de 4-5 horas, y llegar a percibir 6.000 euros en un mes.

En Four Rooms Localizaciones mueven 7.500 referencias. Según su socia, Maribel Leyva, “recibimos peticiones de casas todos los días”, pero “no es un negocio para todos”, avisa, “el que se mete en él debe tener claro que un nutrido equipo de personas (unas 50) van a invadir su casa por unos días”.

Marta es fotógrafa y alquila su vivienda del pantano de San Juan, en Madrid, donde se ha rodado parte de la serie La que se avecina o de la película The Rhythm Section. “Prefiero la publicidad, porque en los rodajes hay mucho equipo y movimiento”, dice, aunque confiesa que resulta “divertido ver a la actriz Blake Lively o al baloncestista Sterling Brown en tu salón”.

Un centro de inteligencia de pega

Los edificios singulares, universitarios, palacetes, clubes sociales o bibliotecas también son objeto de deseo de muchas productoras para situar sus series. Arturo de las Heras, presidente del Grupo CEF-Udima, relata que en su caso, incluso, “hay una persona del equipo que trabaja como 'manager' de nuestros edificios ante la demanda que están generando”. En su opinión, el alquiler para rodajes supone un ingreso “muy interesante” sobre todo para zonas que no usan habitualmente y arriendan por días o fines de semana. A veces incluso les dan sorpresas: “Recibimos la visita de una delegación de una universidad de China y al hacernos la foto de familia no salían de su asombro porque nuestro logo estaba tapado y en su lugar leyeron: Centro Nacional de Inteligencia. ¡A ver cómo se lo explicas!”.


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