CUMBRE DEL CLIMA
Tribuna
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La cumbre empieza hoy

El presidente de Iberdrola defiende que tras la COP26 toca ahora dar un vuelco de forma decidida a las políticas energéticas

Ignacio Sánchez Galán, junto a la primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, en la COP26.
Ignacio Sánchez Galán, junto a la primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, en la COP26.

El mañana empieza hoy. Ha concluido la Cumbre del Clima y la emergencia climática sigue aporreando nuestras puertas, como golpearon la conciencia del mundo los miles de jóvenes concentrados en Glasgow las pasadas dos semanas.

La COP 26 ha echado el telón, pero ahora empieza la verdadera tarea: asumir con acciones precisas nuestro compromiso con las generaciones venideras. Es una tarea que implica a todos, gobiernos, sector privado, ciudadanos… y de la que en España, hasta la fecha, honestamente, podemos sentirnos satisfechos.

El cambio climático está dejando impactos cada vez más visibles y severos, que son ya perceptibles en todo el planeta. Incluso consecuencias fatales, hechos dramáticos, que no hubieran existido sin el contexto de calentamiento global en que vivimos. Un ejemplo reciente es la ola de calor que esté verano sufrió Canadá, que dejó más de 500 muertos. Este país registró un récord absoluto de temperaturas, según la medición de la Organización Meteorológica Mundial. Las insospechadas lluvias torrenciales en Alemania que han devastado grandes superficies del país son otro ejemplo reciente. El temporal Filomena ha supuesto también un hito de las estadísticas climáticas de nuestro país.

El Boletín de Gases de Efecto Invernadero nos sitúa ante el espejo de la desidia. Grandes palabras, pero pequeños avances. El no aumento en más de 1,5 grados celsius de la temperatura media que nos marcan los científicos para fin de siglo se nos atraganta, y podría alcanzarse ya en la próxima década. Por ello hay que actuar con urgencia.

El diagnóstico es claro: el uso de combustibles fósiles nos está colocando al borde del abismo. En la actualidad, el petróleo es la solución energética a algo más del 30% de la demanda; el carbón supera el 25% y se asoma, todavía, al 30%, y el gas aporta más del 20%. Hay más motivos, pero estos no son pequeños.

El abandono de estas fuentes de energía es lento y tortuoso. Dependiendo de qué latitud, el proceso se hace desesperante. En este punto sí conviene reseñar la valentía de nuestro país al apostar por una transición verde, por la incorporación de nuevas energías renovables que liberen a nuestros herederos de un irreversible lastre.

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El planeta que nos acoge es finito, cerrado, pero los niveles de desigualdad son tan grandes que es comprensible que haya un tropel de países, ciudadanos y empresas a las que esta carrera hacia la descarbonización se les hace más cuesta arriba. No hemos de caer en su criminalización, pero sí exigirles que esos procesos de transformación se aceleren, protegiendo a los verdaderamente vulnerables.

Tenemos ante nosotros una nueva forma de ser y estar en el mundo. Una nueva manera de relacionarnos con el entorno y entre nosotros. Todos estos cambios obligarán a los gobiernos a tomar medidas impopulares, pero también se nos brinda la oportunidad de sumarnos al reto del cambio, a transformar nuestras sociedades. Hay un cambio rotundo de mentalidad, de paradigma. Va a ser necesario cerrar centrales de carbón, minas, pero vamos a necesitar el esfuerzo de todos los ciudadanos, desde el más cualificado al menos.

En este envite no nos podemos arredrar. Debemos poner todos los recursos y tecnologías a nuestro alcance para conseguir el reto del “cero carbono” cuanto antes. Y no, no se trata de equilibrar la balanza, de favorecer medidas que faciliten la integración de la energía limpia en nuestros hogares. Más bien, se trata de dar un vuelco de forma decidida en esta década a las políticas energéticas, porque la sociedad nos lo está reclamando y porque no hay un ‘planeta B’. Todo lo que sea caminar en sentido contrario es persistir en un error que nos conducirá a daños irreversibles.

Insisto, es esencial la complicidad de todos: gobiernos, consumidores, proveedores, entidades financieras… Uno de los principales problemas que afecta a empresas e inversores es la lentitud de muchos procedimientos hasta lograr que esos proyectos vean la luz. Las rutinas, los cambios inesperados, también piedras en el camino de esa lucha contra el cambio climático.

Es imprescindible una regulación estable y predecible, así como seguridad jurídica. Los tres elementos esenciales para convertir en un éxito la transición energética están en la aceleración de la inversión en energías renovables, el almacenamiento y las redes.

En ese reto de alcanzar un mundo más sostenible hay que tener luces largas a la hora de acometer los cambios legislativos o administrativos que se precisen. Es imprescindible una regulación estable y predecible, seguridad jurídica para poder atraer las ingentes inversiones que se precisan.

En este contexto sí cabría ser optimistas, porque el mundo cuenta con todas las tecnologías, el consenso social y los recursos financieros necesarios para conseguir la transición energética, que tiene unos pilares clave: renovables, redes inteligentes, almacenamiento y eficiencia energética.

Sin duda, pronto transitaremos por nuevos paradigmas en la generación de energías limpias, a la que se incorporarán mentes jóvenes y brillantes, y donde se contarán por decenas de miles los nuevos empleos del sector en nuestro país.

Entonces sí haremos bueno aquel proverbio que asegura que la tierra no la hemos heredado de nuestros padres, sino que es un préstamo tomado de nuestros hijos.

Se hace necesario un impulso rebelde para mantener a una sociedad en continua transformación, para estar a la altura de las generaciones futuras y de la propia historia de la humanidad.

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