La renta de los hogares ya cae con la inflación la mitad que en la Gran Recesión

Retrocede un 6% respecto a antes de la pandemia pese a la mejora del empleo y los salarios

Dos mujeres compran fruta en el mercado de Ventas (Madrid), el día 14.
Dos mujeres compran fruta en el mercado de Ventas (Madrid), el día 14.Álvaro García

La renta disponible bruta de los hogares fue un 3,5% superior a la de 2019 durante la primera mitad del año gracias al buen comportamiento del empleo y a un moderado despegue de los salarios tras años muy planos. Sin embargo, la inflación es un monstruo que da dentelladas muy profundas: una vez se resta la evolución de los precios, en realidad la renta real de las familias cayó un 6% en el primer semestre de 2022 respecto al mismo periodo de 2019, según cálculos de María Jesús Fernández, analista de Funcas, a partir de datos del INE. Se trata de un desplome muy fuerte que se ha producido en un tiempo relativamente rápido y que equivale a la mitad de todo lo que se hundieron las rentas reales de las familias en los siete años de la Gran Recesión, entre 2008 y 2014.

Entonces, con una inflación más atenuada, la crisis se concentró en los que perdieron el empleo o vieron recortados sus salarios. En esta ocasión, el impacto, aunque más rápido, está siendo bastante más repartido; si bien se ceba sobre todo con las rentas bajas, que son aquellas cuya cesta de la compra está en mayor medida expuesta a la inflación y que disponen de un menor ahorro acumulado. En definitiva, pese a que las familias se han recuperado de la pandemia y cuentan con más euros, estos valen menos y, por tanto, dan para comprar cantidades menores.

A pesar de los ERTE, de las subidas del salario mínimo, de los sueldos por fin repuntando al ritmo más elevado en una década y del empleo creciendo con fuerza, la inflación se come todo. Durante el primer semestre del año pasado se disparó un 8,5% respecto al mismo periodo del año anterior. Avanzó con tal fuerza que neutralizó el robusto aumento en euros de la masa salarial total, que subió un 7%, con la mitad de ese crecimiento debiéndose al incremento del empleo y la otra mitad a la mejora de los salarios.

La guerra de Ucrania, que empezó a finales de febrero, está empobreciendo a los hogares por el encarecimiento de la energía y los alimentos. Y esta situación ocurre sin contar la segunda mitad del año y el primer trimestre del 2023, cuando se espera que, una vez pasada la recuperación del turismo y la hostelería tras la covid, se note una ralentización del consumo lastrado por los precios, unos tipos de interés al alza y una menor demanda global. En este contexto, organismos como el Banco de España o la Autoridad Fiscal ya observan una ralentización del empleo. El BBVA prevé una corta recesión técnica durante ese periodo para luego reanudarse la actividad.

Semejante coyuntura volverá a castigar el consumo de las familias, que continúa un 6% por debajo de las cotas prepandemia y que sigue sin recuperar los niveles de 2007. Solo lo hizo puntualmente durante un trimestre de 2019, el tercero. De modo que los españoles llevan 15 años sin recobrar esas cotas de consumo y, por tanto, de bienestar.

El problema de la dualidad

Aunque el PIB supera al de 2008, esto se debe al incremento de las exportaciones, que los españoles no consumen. En general, los economistas recuerdan que no se puede comparar con una época en la que el consumo estaba basado en un endeudamiento fortísimo. La economía española llegó a tomar prestado del exterior unos 100.000 millones en un solo año, mientras que ahora presenta una capacidad de financiación positiva frente al extranjero.

Además, en aquellos tiempos los trabajadores poco formados podían conseguir puestos bien remunerados, sobre todo en la construcción. En cambio, ahora la polarización se ha agudizado entre los que, por una parte, tienen formación, se han mantenido en el empleo y disponen de patrimonio o rentas de empresas; y, por otra parte, aquellos que poseen una baja cualificación, se han reenganchado al trabajo, son jóvenes o trabajan en servicios expuestos a la uberización. Esta dualidad ha provocado un aumento de la desigualdad que contribuye a la pérdida de consumo. También influye el contar con una población más envejecida y que, en consecuencia, tiende a consumir menos.

La inflación y la pandemia han quebrado la recuperación de los niveles de consumo previos a la Gran Recesión. Tantos años con menor consumo y bienestar explican el descontento social y el ascenso de los populismos.

Pese a una economía y un mercado laboral que están aguantando bastante bien los embates de la guerra de Ucrania, la inflación puede alimentar un invierno de descontento. El Gobierno tiene como principal propósito doblegarla. Desde el verano pasado hasta finales de este año, habrá destinado cerca de 20.000 millones entre ayudas y rebajas de impuestos. Y el año que viene pretende usar todo el aumento extraordinario de la recaudación para combatir sus efectos al tiempo que sigue reduciendo un déficit y una deuda muy elevados, que dejan a la economía española en una situación de debilidad. Cuando caduque el actual decreto de medidas a final de año, el Ejecutivo evaluará el paquete entero y aprobará uno nuevo.

Al cebarse con las rentas bajas y para evitar que la política fiscal genere más inflación, instituciones como el FMI o el Banco de España han recomendado que las ayudas sean quirúrgicas y focalizadas en los hogares más vulnerables. Así que algunas de las ayudas del Gobierno se caerán, como probablemente los 20 céntimos de subvención al combustible. Habrá otras iniciativas nuevas, y una parte se prorrogará: por ejemplo, se da por seguro que seguirán aplicándose las rebajas de impuestos en la factura de la luz.

El Ejecutivo está aprovechando el buen comportamiento de la recaudación. Mientras que las rentas de las familias en euros han subido un 3,5%, los impuestos han engordado un 17%, en gran parte por la inflación, recuerda Manuel Hidalgo, profesor de la Universidad Pablo de Olavide. El Gobierno reconoce en los Presupuestos que hasta un tercio del aumento de los ingresos procede de las subidas de precios. El Estado está siendo capaz de captar parte de la inflación que viene de fuera por el IVA. En cambio, las familias están trasladando una porción de su renta al exterior al pagar unas materias primas más caras.

Mayor colchón que en 2008

La previsión del Banco de España es que el IPC medio acabe este año en el 8,7% y que se modere hasta el 5,6% el que viene. La buena noticia es que una parte de la sociedad está algo mejor preparada que en 2008. Gracias a las ayudas públicas, durante la pandemia las familias ahorraron como nunca. “Las cifras que ha revisado recientemente el INE dan un sobreahorro de 81.000 millones en 2020 y de 53.000 millones en 2021. Esto puede ser relevante en cuanto a que el colchón del que disponen los hogares para afrontar la pérdida de capacidad adquisitiva por la inflación es mayor de lo que se creía”, señala María Jesús Fernández.

En los seis primeros meses del año el ahorro alcanzó el 8,2% de la renta disponible bruta, todavía por encima de la media de años anteriores a la covid. “Pese al encarecimiento de la cesta de la compra, en la primera mitad de 2022 los hogares en su conjunto han sido capaces de ahorrar un mayor porcentaje que antes de la pandemia”, subraya Fernández.

La subida de tipos, sin embargo, también dará un mordisco a las cuentas de las familias. Al menos, el endeudamiento que acumulan es sustancialmente menor que en 2008. Y hay una mayor proporción de hipotecas a tipo fijo, sobre todo entre las más recientes, que son las que soportan una mayor carga de deuda. Otro elemento con el que se cuenta esta vez es el despliegue de los ERTE y su nueva versión, conocida como mecanismo RED, que deberían ayudar a suavizar cualquier golpe al empleo.

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Antonio Maqueda

Periodista de la sección de Economía. Graduado en Periodismo en la Universidad de Navarra y máster por la Universidad de Cardiff, ha trabajado en medios como Cádiz Información, New Statesman, The Independent, elEconomista y Vozpópuli.

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