ESTADOS UNIDOS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Centristas y propaganda de extrema derecha

Les animaría a reconsiderar sus premisas. El gasto de Biden no es irresponsable y no lastrará el crecimiento

Joe Biden, el pasado lunes en la Casa Blanca.
Joe Biden, el pasado lunes en la Casa Blanca.Andrew Harnik (AP)

Cualquiera que prestase atención en los años de Obama sabía que los republicanos intentarían también debilitar las presidencias demócratas. Algunas de las acciones del Partido Republicano —en especial, los esfuerzos de gobernadores como Ron DeSantis y Greg Abbott para impedir una respuesta eficaz a una pandemia mortal— han escandalizado incluso a los escépticos. Aun así, era predecible un intento republicano de hacer fracasar al presidente Joe Biden, por mucho que eso pudiera perjudicar al resto del país.

Más sorprendente, al menos para mí, ha sido la conducta autodestructiva de los demócratas centristas, un término que prefiero al de “moderados”, porque es difícil ver qué hay de moderado en exigir que Biden abandone políticas tan populares como hacer tributar a las grandes empresas y bajar los precios de los medicamentos. A estas alturas parece perfectamente posible que un puñado de demócratas recalcitrantes eche abajo todo el programa de Biden; y sí, son los centristas los que están teniendo una pataleta, mientras que los progresistas se comportan como adultos. ¿Qué está motivando al escuadrón del sabotaje? Parte de la respuesta, diría yo, radica en que han interiorizado hasta tal punto las décadas de propaganda económica de la derecha que su reacción ante cualquier propuesta para mejorar la vida de los ciudadanos es pensar que debe de ser inviable e inasequible.

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Por supuesto, esta no es toda la historia. Sin duda no deberíamos subestimar la influencia del dinero: tanto los donantes ricos como las grandes farmacéuticas han estado alardeando de su fuerza sin ningún pudor. Y no deberíamos descartar la importancia de la simple incapacidad para el cálculo: 3.500 millones de dólares suena a muchísimo dinero, y no debe darse por sentado que los políticos entienden (o piensan que sus votantes entienden) que este es un gasto propuesto a lo largo de una década, no en un solo año. Equivaldría a poco más del 1% del PIB en ese periodo, y seguiría dejando el gasto público total muy por debajo del nivel que alcanza en otras democracias ricas. También pasa por alto el hecho de que el verdadero coste, descontados los ahorros netos y los nuevos ingresos, sería muy inferior a 3.500 millones de dólares.

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Y algunos políticos parecen ser víctimas de la noción equivocada de que solo el gasto en infraestructuras “físicas”, como carreteras y puentes, puede considerarse una inversión en el futuro del país. Es decir, no están al día con el creciente conjunto de pruebas que demuestran la elevada rentabilidad económica del gasto en personas, en especial el gasto para sacar a los niños de la pobreza. Aun así, a menudo me sorprendo cuando oigo a políticos y expertos que no se consideran parte del movimiento conservador vendiendo relatos económicos que son poco más que propaganda derechista, pero se han repetido tantas veces que muchos que deberían estar mejor informados los aceptan como un hecho probado.

Por ejemplo, oigo con frecuencia que el gasto desbocado y los déficits presupuestarios causaron la estanflación en la década de 1970. En realidad, a lo largo de esa década la deuda federal disminuyó como proporción del PIB (y luego se disparó durante el mandato de Ronald Reagan). En la medida en que entendemos la estanflación de la década de 1970, parece haber estado causada por la combinación de crisis del petróleo y una política monetaria ineficaz. El que hubiera un Gobierno grande, no tuvo nada que ver.

En ocasiones oigo también, incluso a centristas, atribuir a las rebajas fiscales de Reagan la recuperación de la economía estadounidense. Lo cierto es que, en las décadas posteriores a aquellas rebajas, a la mayoría de los estadounidenses les fue peor que en el periodo anterior correspondiente; la bonanza post-Reagan se limitó de hecho a un pequeño número de ricos.

Por último, es asombroso cuánta gente cree que las economías europeas con un elevado gasto social están gravemente perjudicadas por la reducción de los incentivos para trabajar. Es cierto que en las décadas de 1980 y 1990, buena parte del continente pareció sufrir “euroesclerosis”: desempleo persistentemente elevado, incluso en periodos de expansión económica. Pero eso fue hace mucho. Hoy en día, países con Estados del bienestar generosos tienen a menudo un mercado laboral con mejor comportamiento que el de Estados Unidos.

Fijémonos en el ejemplo de Dinamarca, que en alguna ocasión Fox Business ha comparado con Venezuela. De hecho, si hubiera algo de cierto en el dogma derechista, Dinamarca debería ser un cuchitril económico. Tiene un gasto social mucho mayor que el de Estados Unidos; dos tercios de sus trabajadores están sindicados, y los sindicatos son tan poderosos que obligaron a McDonald’s a pagar a sus trabajadores 22 dólares por hora.

Pero lo cierto es que los daneses en edad de trabajar tienen más probabilidades que sus homólogos estadounidenses de estar empleados. Es cierto que el PIB real per cápita es un poco más bajo en Dinamarca, pero eso se debe principalmente a que, a diferencia de Estados Unidos, no es un país sin vacaciones; de hecho, los daneses se toman tiempo libre.

El caso es que, hasta donde yo sé, estos centristas demócratas problemáticos están cegados por un relato económico creado deliberadamente para bloquear el progreso y justificar una desigualdad enorme. Y por eso suponen que el programa de Biden —que constituye un esfuerzo bastante modesto de abordar los problemas reales de nuestro país— es de algún modo irresponsable y constituye una amenaza para el futuro de la nación.

Yo los animaría a reconsiderar sus premisas. El gasto propuesto por Biden no es irresponsable y no perjudicaría el crecimiento. Al contrario, sería profundamente irresponsable no invertir tanto en personas como en cemento, y cuando miramos las pruebas, en lugar de repetir el dogma de la derecha, vemos que el programa de Biden favorece de hecho el crecimiento.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2021. Traducción de News Clips

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