"Llevaba años reprochando la sangre de horchata de mis alumnos"

J. M. Gay de Liébana que predijo la crisis y predice la calma. Cada lunes ICON charla con economistas sobre problemas del primer mundo

Autor de 'España se escribe con E de endeudamiento' (Deusto). Docente en Universitat de Barcelona (profesor de contabilidad). Aparece en 'La Sexta Noche'. Fotografiado para ICON en el pasillo que conduce a su despacho privado en Barcelona.
Autor de 'España se escribe con E de endeudamiento' (Deusto). Docente en Universitat de Barcelona (profesor de contabilidad). Aparece en 'La Sexta Noche'. Fotografiado para ICON en el pasillo que conduce a su despacho privado en Barcelona.Ximena Garrigues & Sergio Moya

Si algo han enseñado a Gay de Liébana más de 50 años de militancia perica es, según nos cuenta, “a sufrir y a sobrevivir. Ser del Espanyol imprime carácter”, argumenta. “Te acostumbras a ver la derrota como algo cotidiano, aprendes a encarar la vida con aspiraciones sensatas y realistas, algo que también es muy útil en la economía”. El examen definitivo en esa escuela de sufrimiento lo superó el sábado 15 de mayo de 2006. Esa noche, su equipo, el de la “maravillosa minoría”, se jugaba la continuidad en Primera División contra la Real Sociedad y estuvo virtualmente descendido hasta el minuto 92. Entonces llegó el milagro, el gol agónico de Ferran Corominas, Coro, que selló la permanencia. Liébana recuerda “el silencio sepulcral y el abrazo gélido, de miedo y alivio, con mi hijo Pepe, que ahora tiene 19 años y entonces era aún un niño”. Dos días después, al economista le diagnosticaron un cáncer que debía operarse de inmediato: “Cuando estaba a punto de entrar en el quirófano tuve la intuición de que podía morirme, y una de las ideas que se me ocurrieron, a mí, que además de muy perico soy muy creyente, fue dar gracias a Dios por haber podido despedirme de la vida dejando a mi equipo en Primera”.

Puedes complicarlo todo estudiando recursos y las necesidades y a partir de ahí crear una ciencia económica. Pero la economía real, la que los políticos parecen desconocer porque nunca han trabajado en una empresa privada, se limita a: gasto lo que tengo, y me esfuerzo por encontrar estrategias creativas para reducir gastos y generar ingresos

Siete años más tarde, José María Gay de Liébana (Barcelona, 1953) sufre un poco menos y sobrevive con humor y dignidad, orgulloso de los 19 años que lleva sin fumar. “Aunque me encendería un cigarrillo ahora mismo”, matiza. Sus frecuentes apariciones en programas de televisión le han transformado en el comunicador que siempre quiso ser (“es cierto que mi primera vocación fue el periodismo, si me dediqué a la economía fue por tradición familiar y falta de alternativas”), además de en uno de los economistas más mediáticos de España, el catedrático del sentido común o el economista indignado, entre otra muchas etiquetas que le han ido colgando con el tiempo.

Empecemos por la última de ellas. “Por supuesto que simpatizo con el 15-M y con la indignación juvenil en líneas generales”, confirma el veterano profesor. “Yo, que corrí delante de los grises y de los caballos, que vi cómo los adoquines de la Diagonal se transformaban en proyectiles en las protestas universitarias del final del franquismo, llevaba años reprochando a mis alumnos que tuviesen sangre de horchata y no se comprometiesen con su futuro. Pues bien, siento orgullo al decir que fueron ellos, mis alumnos de la facultad de Económicas, los que colapsaron Barcelona cortando la Diagonal la tarde del 15-M. No me verán desfilar bajo sus pancartas, pero tienen todo mi apoyo”.

En cuanto al sentido común, Liébana suscribe el adagio de que es el menos común de los sentidos. “Sobre todo, entre los políticos, que carecen de él porque apenas pisan la calle”, asegura con su habitual tendencia a llamar a las cosas por su nombre, con olímpico desprecio hacia la corrección política. “Los fundamentos de la economía son tres conceptos que me costó muchísimo entender cuando tenía 17 años y estudiaba contabilidad: activos, pasivos y capital. No hay más. Puedes complicarlo estudiando los recursos, que son limitados, y las necesidades, que son ilimitadas, y a partir de ahí se puede llegar a una esfera superior, que es la de la ciencia económica con sus axiomas y postulados. Pero la economía real, la que los políticos parecen desconocer porque nunca han trabajado en una empresa privada, se limita a eso: gasto lo que tengo, y me esfuerzo por encontrar estrategias creativas para reducir gastos y generar ingresos”.

Saldremos de esta, no cabe duda. De hecho, estamos ya en un ciclo de suave crecimiento que se prolongará durante los próximos seis o siete años, algo que ya predije en 2008

Aplicar la racionalidad económica. Exactamente lo que hacen, según explica el catedrático, los grandes clubes de fútbol (“enormes máquinas de generar ingresos”), uno de los termómetros, junto a las empresas del Ibex 35, los taxistas o los empleados de gasolineras, con los que él suele tomar la temperatura a la economía española: “Yo me fijo en lo que ocurre en la calle. De ahí saco mis conclusiones. En el verano de 2007, cuando se hablaba de ligera desaceleración en la economía y de aterrizaje suave en el sector inmobiliario, yo me fijé en la información que me daban mis termómetros y llegué a la conclusión de que había un grave problema de deuda. Por eso escribí en un artículo publicado en Expansión que ese año habíamos cenado langosta, pero el siguiente cenaríamos sardinas. Y no sardinas a la plancha. Sardinas de lata. Por desgracia, acerté”.

Como sufridor contumaz, Gay de Liébana se aferra a la certeza de que no hay mal que cien años dure. “Saldremos de esta, no cabe duda. De hecho, estamos ya en un ciclo de suave crecimiento que se prolongará durante los próximos seis o siete años, algo que ya predije en 2008, cuando empecé a presentar en programas de televisión y conferencias mi gráfico de las vacas gordas y las vacas flacas, que es una manera sencilla de explicar los ciclos económicos”. Su principal preocupación son ahora mismo los daños colaterales de la gran debacle económica española. Los que se quedarán en el camino: “Los mayores de 45 años con una cualificación baja, los mayores de 55 que se han quedado en paro y ya muy difícilmente volverán a trabajar”. Y continúa con su enumeración: “Los jóvenes a los que hemos hecho creer que son la generación mejor preparada de la historia de España, cuando en absoluto lo son… Sobre todo, estos últimos. Como mis alumnos o mi hijo, que el otro día me dijo que este es un país de chorizos y que asume que va a tener que emigrar, porque su futuro no está aquí”.

Suelo hablar de esto con José Luis Rodríguez Zapatero, con el que ceno de vez en cuando, y él me responde: ‘José María, ¿por qué no me dijiste todo eso cuando estaba en el poder?’. ‘Pues porque ahora me escuchas, pero entonces no escuchabas a nadie’, le respondo

Puestos a buscar recetas que contribuyan a paliar el desastre, Gay de Liébana ofrece un curso acelerado de pensamiento iconoclasta y falta de prejuicios. “Listas abiertas. Mejor aún, una democracia sin partidos políticos en la que pudiésemos elegir a los mejores, los más capaces, sin listas partidistas, sin programas electorales y sin filtros. Y luego, una reforma en profundidad de la Seguridad Social y una reducción sustancial de impuestos, que es lo único que puede crear empleo a corto plazo. Por último, una reforma radical de la enseñanza superior que, en mi opinión, debería consistir en reunirnos con los principales empresarios del país y preguntarles qué necesitan que les enseñemos a los jóvenes. Suelo hablar de esto con José Luis Rodríguez Zapatero, con el que ceno de vez en cuando, y él me responde: ‘José María, ¿por qué no me dijiste todo eso cuando estaba en el poder?’. ‘Pues porque ahora me escuchas, pero entonces no escuchabas a nadie’, le respondo. Desde el poder nunca se escucha”. Mientras “todo lo que queda por hacer” siga siendo imposible por, en opinión del catedrático, falta de coraje o de voluntad política, toca apretar los dientes y seguir confiando en el largo plazo, la sensatez y la cultura del esfuerzo. Sufrir y sobrevivir.

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