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Columna
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El actor feliz

El espíritu de Jorge Sanz ha invadido la serie de David Trueba, consagrada como un festival de la autoparodia

David Trueba y Jorge Sanz en la sede del diario EL PAÍS.
David Trueba y Jorge Sanz en la sede del diario EL PAÍS.alejandro ruesga

¿Qué fue de Jorge Sanz?, la serie de David Trueba, pudo nacer porque un símbolo de nuestro cine se mostró encantado con la idea de reírse de sí mismo y de la imagen que los demás tenían de él. Esa actitud era casi transgresora: solemos ser muy fáciles para reírnos de los otros o de las taras nacionales, pero, al tiempo, sufrimos un alto sentido del ridículo. Sobra demasiada gente que se toma demasiado en serio.

El espíritu de Jorge ha invadido la serie, consagrada como un festival de la autoparodia. Cary Grant señalaba que, para un actor, había pocas cosas más complicadas que interpretar a alguien muy parecido a él. El reto se multiplica si ese personaje incluye una ironía tan fina como la deslizada por Trueba. Pero Juan Diego Botto, en la primera entrega, y Pedro Ruiz, Willy Toledo o Natalia Abascal en El actor feliz —el séptimo capítulo—, están sembrados.

Ver a Willy es una alegría. No hace falta insistir, pero lo hago, en que, para disfrutar de su talento, no es imprescindible compartir su modo de entender el mundo. También merece la pena subrayar que lo que él deja caer en la película —que figura en listas negras—, es completamente cierto. He conocido a dos directores de cine empeñados en trabajar con Willy a los que su productora les paró los pies. En algunos cerebros retorcidos se ha instalado el prejuicio de que el público le rechaza, qué barbaridad.

Lo de Natalia Abascal, la hermana de Silvia, es caso aparte. Natalia padece síndrome de Down y su romance con Jorge es una trama cuya gracia, delicadeza y aire subversivo definen muy bien esta serie asombrosa.

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