Columna
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Francia

No quiero ver a los franceses desdichados con el neofascismo nacionalista de Le Pen ni con el neobolchevismo bolivariano de Mélenchon

Apátrida por necesidad histórica, siempre afligido por su triste Rumanía, Cioran encontró en París un refugio comparativamente beatífico, lo más parecido al paraíso anestesiado para alguien que sólo cree en el infierno. Y le escandalizaban —justificando su denigratoria opinión sobre la humanidad— las ampulosas quejas de los privilegiados que lo habitaban: la angustia, el absurdo, la náusea, ¡aag! Además de las ventajas de un bienestar único, querían también las delicias de sentir retortijones en el alma… Cioran escuchaba con paciencia mis homilías políticas de joven españolito enamorado de Francia. Sonreía irónicamente cuando le contaba mis modestas aportaciones (¡repartir octavillas!) a la campaña para las presidenciales de Mitterrand contra Giscard. Cierta tarde en que llegué especialmente exaltado de fervor socialista a su casa, me calmó diciendo: “Tiene usted razón. Yo también quiero que gane Mitterrand”. Le felicité por esta conversión que en el fondo me atribuía y él prosiguió: “Sí, que gane y luego ponga los principales ministerios en manos de comunistas”. Eso me pareció ir demasiado lejos y balbuceé: “¿Cree usted que sería mejor…?”. Me repuso con mueca feroz: “¡NO! Pero quiero ver a los franceses por fin realmente malheureux!”.

Ni entonces ni ahora comparto este perverso deseo de mi amigo, incorrectamente político avant la lettre. No quiero ver a los franceses desdichados con el neofascismo nacionalista de Le Pen ni con el neobolchevismo bolivariano de Mélenchon, tan ineptos y semejantes que quizá mañana se apoyen en las urnas. Espero que finalmente salga elegido Macron, cuyos posibles defectos liberales son actuales, no la nostalgia de los vicios totalitarios de ayer. Sobre todo porque Francia somos nosotros, los europeos y aún más los españoles, amenazados por la misma carcoma extremista.

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