Columna
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Cuando todos perdemos

Falta por librar la “batalla final” y los contendientes acuden a ella ya derrotados

Carles Puigdemont y Oriol Junqueras este jueves en el Parlament.
Carles Puigdemont y Oriol Junqueras este jueves en el Parlament.Andreu Dalmau (EFE)

Qué difícil es escribir pensando que los argumentos que uno despliega solo van a convencer a quienes ya están convencidos; que los interlocutores a los que uno quiere llegar están blindados frente a un discurso que aspira al entendimiento más que a la confrontación; que las palabras, lejos de ser el instrumento para el que están diseñadas, contribuir a la comprensión mutua, serán siempre interpretadas como parte del arsenal del enemigo; que el “diálogo” no es más que una farsa en un juego donde cada cual no aspira a convencer sino a imponerse por la fuerza de los hechos.

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Cuando la fuerza de la razón da paso a la razón de la fuerza; cuando la verdad no se mide por su ajuste a la realidad sino por su capacidad para estimular las emociones; cuando la intensidad de los sentimientos es más poderosa que la robustez de los argumentos; cuando la discrepancia es enseguida tachada de sospechosa y se arrincona al disidente; cuando se modifica el significado habitual del lenguaje para encajarlo en nuestra posición de parte; cuando todo esto ocurre es cuando ya hemos perdido. Todos. Por eso, en el conflicto entre los soberanistas y el Estado, todos perderemos.

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No seré yo quien se oponga al establecimiento de la legalidad constitucional en Cataluña. La sinrazón del independentismo lo hace inevitable. Pero lo hago desde un intenso sentimiento de desgarro por lo que significa de fracaso de la política como medio dirigido a buscar el consenso entre partes enfrentadas. Falta por librar la “batalla final” y los contendientes acuden a ella ya derrotados. Sociedades fracturadas, ciudadanos embargados por la ansiedad ante el espectáculo de la deriva de su sistema político, agentes económicos paralizados por la incertidumbre. Vértigo y miedo ante el futuro inmediato. Perplejidad de emprender una guerra que los demócratas no quieren dar. Los ha aniquilado la búsqueda activa de la polarización, el odio e incomprensión tan sistemáticamente sembrado en las redes, el insulto gratuito, el desprecio, las simplificaciones y mentiras.

Este es el gran destrozo porque sobre él ya no es posible edificar puentes para el entendimiento. Fuera de un mundo de significados compartidos no cabe la comunicación. Esta ha sido una confrontación que se ha librado sobre todo en el terreno de la propaganda, en buscar imponer el propio relato, en tratar de persuadir más que de convencer. Unos más que otros, claro. Pero eso ahora no importa, lo decisivo es recuperar los consensos mínimos que permitan parar esta deriva. En su día, la restauración de la democracia fue posible al renunciar a la distinción entre vencedores y vencidos que venía desde la guerra civil. Hoy quizá deberíamos buscar un equivalente funcional. La constatación de la derrota común como punto de partida para que todos acabemos ganando.

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