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Así es el lugar sagrado en Madrid en el que bailas descalzo, con los ojos vendados y sobrio

Un espacio para los devotos de la danza donde la música es la guía para ir más allá de la mente, y alcanzar "el movimiento libre y auténtico"

Silvia Varela

Salir a bailar no es ninguna novedad, lo haces tú, lo hacían tus padres, tus abuelos. Lo que ha cambiado es la forma de llamarlo: “ir al baile”, "ir a la disco", "de ruta", "al club"… La esencia es la misma, época tras época: Intentar socializar y deshinibirte en un espacio donde todo el mundo está haciendo eso mismo, en todos los sentidos.

La esencia del baile en sí misma sigue teniendo un germen tribal que, bien pensado, puede resultar hasta absurdo : “Repíteme un ritmo para que empiece a moverme y así me sienta bien”. El efecto terapéutico del baile y el movimiento es algo tan simple como misterioso. Pero en Madrid hay una fiesta donde da igual que seas un Nacho Duato o el tío arrítmico que sujeta el vaso y solo mueve un pie. Acabarás bailando, y sin energías o ayudas extras que no sean la propia música. “El Templo del Baile es un lugar sagrado y exclusivo para el baile”. Este es el lema de la fiesta que se celebra una vez al mes. Podría parecer un tópico pero en el Templo del Baile o bailas o bailas.

“Un espacio para los devotos de la danza donde la música nos sirve de guía para ir más allá de la mente a través del movimiento libre y auténtico"

La fiesta tiene unas normas que, de primeras, parecen algo extrañas, acostumbrados a salir en sitios donde vemos a chicas intentando mantenerse en pie sin hacerse quince esguinces en los tobillos con enormes tacones, o nosotros, con esas “camisas de estar de pie” (en cuanto te sientas te revientan los botones de lo pesado que vas), al Templo del Baile es mejor venir de sport, cómodo y con ropa que te permita moverte.

Al llegar leemos en un panfleto que reza, textualmente: “Entramos en la pista descalzos, sin bebidas y sin hablar. Un espacio para los devotos de la danza donde la música nos sirve de guía para ir más allá de la mente a través del movimiento libre y auténtico. Un viaje musical a través de estilos variados con la intención de conectar con diferentes ritmos y emociones”.

SILVIA VARELA

Suena muy místico, y lo es.

Al entrar en la fiesta, la sala está oscura y nos encontramos con un público con los ojos vendados, la música es del rollo electrocumbia, son ritmos latinos mas lentos comparado con lo que vendrá después. Bailar sin ver es efectivo, además sin el miedo a que te pisen (no hay tacones), te mueves bastante libre. No ver hace que te desinhibas al instante, te puedes mover todo lo mal que quieras, recuerda que nadie te ve, y cuando te ven no pueden comentar lo mal que te mueves porque en la pista no se habla, solo suena la música.

Silvia Varela

Al principio, la sensación es la misma que cuando vas a cumpleaños al que no te han invitado, parece que todos son amigos menos tú, pero esa sensación no tarda en desaparecer. La gente, aunque en silencio, te hace ver que está de bastante buen rollo y eso se contagia. Aunque no es una fiesta para ligar, lo de no hablar puede ser una ventaja.

"Reconozco que mis dos mayores miedos en la vida son la muerte y empezar una conga que nadie sigue"

Suenan temas desde Joe Crepúsculo al Babylon de Congorock y, por sorpresa, me vi a mi mismo gritando puño en alto como en un concierto de Slipknot y poseído por el espíritu del 8M que “soy todas las mujeres” de Whitney Houston, no sabia que me podría venir tan arriba tan sobrio. La selección es variada, ritmos latinos y electrónica y tiene diferentes momentos, no engañan con lo de las emociones.

El Templo del Baile, que tiene lugar en el madrileño Café Berlín, es el único sitio donde veo que surge una conga y no está fuera de lugar. Reconozco que mis dos mayores miedos en la vida son la muerte y empezar una conga que nadie sigue. Pero aquí la gente hace bailes colectivos y más que querer evitarlos, deseas entrar. Yo pasé de estar tenso temiendo el momento que alguien me agarrase por detrás y me obligase a ser maquinista de conga a desear haber formado parte de una. Soy carne de conga.

Silvia Varela

La tarde-noche acaba a las 23:00 horas. Salimos después de cinco horas de baile, intenso, tan intenso que acabé algo lesionado de una rodilla y con un esguince en la otra, pero allí no importaba el dolor, como Julian Ross en Oliver y Benji notaba el dolor pero no podía abandonar el partido, no quería salir de esa fiesta que no me iba a producir resaca. Mi única frustración repito: no haber entrado en una terapéutica conga, en cuantos dramas no habré pensado “en tres congas te olvido”.

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