Columna
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Política muda

El empobrecimiento del lenguaje político resulta inevitable

La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo (i), y la ministra de Justicia, Dolores Delgado, a su llegada a la rueda de prensa posterior a la reunión del Consejo de Ministros.
La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo (i), y la ministra de Justicia, Dolores Delgado, a su llegada a la rueda de prensa posterior a la reunión del Consejo de Ministros. Javier Lizón (EFE)

La vida actual ha registrado una profunda transformación en las formas y en los contenidos del discurso político. Perdió vigencia la idea de que tanto las medidas políticas de unos como la oposición de otros, debían responder a una fundamentación inteligible para los ciudadanos. Cuando esto no ocurría, caso de la España de la Restauración, la palabra era transferida a los intelectuales, encargados de valorar la obra del gobierno y de los partidos. A Alfonso XIII no le preocupaba lo que dijesen un ministro o un republicano en las Cortes, sino el artículo sobre el régimen de Ortega y Gasset.

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La situación se reprodujo parcialmente en y después de la transición, con la consiguiente pretensión por gobernantes y poderosos de domesticar las plumas —los gestores de este y otros periódicos podrían relatar muchas cosas al respecto— y ahormar el discurso de los propios correligionarios mediante la confección de un corsé denominado argumentario. Las normas impuestas por Zapatero a los suyos al iniciarse la crisis de 2008, disfrazada de "desaceleración", fueron muestra de ello.

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La revolución tecnológica experimentada en la comunicación digital, ha dado un vuelco a esa situación. La red crea libertad por cuanto multiplica exponencialmente el número de emisores y de mensajes, pero a costa de eliminar la exigencia del razonamiento, sustituyéndolo por el tuit, de un lado cauce de una ilimitada agresividad, de otro reductor de la comunicación política a un marketing dominado por la eficacia del eslogan. Y permeable a la manipulación. Es el mundo de "Omo lava más blanco": cuenta el destinatario de masas; no que ello sea cierto. De ahí emerge el imperio de la posverdad y de la descalificación. No importa que Ciudadanos y Vox sean distintos: son fundidos en amalgama con el lamentable Casado como pegamento y la eficacia está servida. Pablo Iglesias es un maestro al respecto. Y contagioso.

El empobrecimiento del lenguaje político resulta inevitable. Privadas de argumentos, las consignas se suceden, dando lugar a un silencio donde se amontonan palabras sin contenido, al modo del tremending topic.

Todo menos explicar. Así en la sustitución por el gobierno, vía abogado del Estado, de "la rebelión" por "la sedición". Dado que si la rebelión tropieza irremisiblemente con la cláusula introducida en su día por López Garrido, la violencia, al menos resultaba incuestionable que la DUI suponía derogar la Constitución en Cataluña y "declarar la independencia de una parte del territorio nacional". En cambio, la sedición implica “impedir” una actuación legal, "pública y tumultuariamente"; eso para nada corresponde al 27-0. Entre tanto, los ciudadanos asisten perplejos a una política gubernamental gravemente muda.

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