Columna
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¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sesgo?

Los debates son intensos y breves. La siguiente discusión los borra y a menudo lo único que uno recuerda es que estaba discutiendo con la misma gente sobre algo que parecía crucial

La líder de Ciudadanos en Cataluña, Inés Arrimadas, durante su intervención en el debate sobre el
La líder de Ciudadanos en Cataluña, Inés Arrimadas, durante su intervención en el debate sobre el Andreu Dalmau (EFE)

Una de las condiciones de la vida contemporánea es la velocidad. En unos meses puedes pasar de la nada a convertirte en el defensor heroico de una causa y luego en su mayor traidor: la historia épica de ascenso y caída ahora es, con suerte, un videominuto. Los debates son intensos y breves. La siguiente discusión los borra y a menudo lo único que uno recuerda es que estaba discutiendo con la misma gente sobre algo que parecía crucial.

El debate se ha acelerado, pero algunas cosas son más o menos las de siempre. No importan los argumentos, sino las posiciones: quién defienda una opción es más importante que las razones que le han llevado hasta ella. Otro elemento también es antiguo: cada nuevo hecho se adapta para que encaje en una forma previa de ver el mundo y ayude a impulsar una causa. Los datos solo interesan si refuerzan las propias posiciones. Los empleamos, como decía Housman, como un borracho usa una farola: para buscar apoyo y no iluminación. Si no ayudan al argumento, siempre se puede hablar de percepciones o metafísica. La anécdota se debe colocar en un contexto que ayude a evaluar lo que significa, salvo cuando no conviene.

Da igual que la solución propuesta sea viable o sensata; busca sobre todo reafirmar una cosmovisión y mostrar la propia bondad. La discusión en las redes sociales polariza: el primer paso siempre es esencializar al rival y dudar de la moralidad de sus puntos de vista. El debate es público y tribal: las posiciones son más intransigentes que en privado. El periodismo, que pierde autoridad cuando la información se vuelve más abundante, deja de filtrar o de distinguir entre hechos y opinión, e impulsa las polémicas, como aquel político que corría tras la multitud exaltada diciendo: “Soy su líder, tengo que seguirlos”. El tema puede ser trágico como un asesinato o banal como un anuncio; puede ser un asunto crucial o uno de esos fenómenos urgentes que, como decía Amos Tversky, si tardas un poco en atender descubres que no son importantes. Lo único que sabemos es que a las pocas horas habrá otro debate que agite nuestra pasión hermenéutica y en el que las divisiones serán parecidas. Lo que importa, a fin de cuentas, es sentirse bien con uno mismo.@gascondaniel

Sobre la firma

Daniel Gascón

Daniel Gascón (Zaragoza, 1981) estudió Filología Inglesa y Filología Hispánica. Es editor responsable de Letras Libres España. Ha publicado el ensayo 'El golpe posmoderno' (Debate) y las novelas 'Un hipster en la España vacía' y 'La muerte del hipster' (Literatura Random House).

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