Columna
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Del bipartidismo a los bloques

El líder naranja pretende delinear una competición preelectoral polarizada donde no exista una disputa ideológica de fuerzas a derecha e izquierda por el centro

Diego Mir

Cuando se levanta un muro en nombre de la nación, se rompe la sociedad por dentro. Lo sabíamos ya, pero el muro metafórico sobre el que Puigdemont proyectó su república ficticia lo puso de nuevo de manifiesto: cristalizó en la fractura social de Cataluña. Las elecciones de diciembre confirmaron, de hecho, la solidificación de dos bloques enfrentados e inmunes al discurso ajeno, con todo el espacio político intermedio fagocitado, cuando solo la permeabilidad fronteriza asegura, también lo sabemos, una mínima estabilidad emocional. Porque erigir un dique no es más que una imposición que pretende definir cómo hemos de sentirnos políticamente.

Y resulta que esto es precisamente lo que acaba de hacer Albert Rivera con dos gestos diseñados calculadora electoral en mano: imponer una vetocracia anunciando que no pactará con el PSOE y expulsarlo del llamado “bloque constitucional”, como si un partido pudiera decidir quién es o no constitucional. El líder naranja pretende delinear una competición preelectoral polarizada donde no exista una disputa ideológica de fuerzas a derecha e izquierda por el centro, una lógica que permitía hacer converger la tensión política hacia la centralidad y facilitaba la búsqueda de acuerdos. Los actuales bloques, siempre artificiosos, no solo modifican las coordenadas del debate: reducen los espacios políticos disponibles. Paradójicamente, la jugada de Rivera parece decirnos que el bipartidismo permitía una mayor pluralidad.

Rivera está construyendo un muro, un dique metafórico que juega a una identidad de ida y vuelta: puede ser evidente que Vox y Cs no representan la misma cosa, pero la lógica del muro empuja a que se mimeticen. Al resignificar al PSOE que apoyó el 155 del Gobierno de Rajoy como no constitucionalista, se redefine de facto a toda la derecha como bloque. La explicación para esta jugada tan absurda y peligrosa puede ser demoscópica, pero su efecto performativo es enorme. La idea misma de un bloque constitucional es un marco comunicativo ficticio: no existe el bloque, sino el consenso constitucional.

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Nuestra Constitución no es militante; es un tablero de juego que quiso acoger a todos los partidos, incluidos aquellos que no reconocían el demos español. Ese espacio inclusivo era la argamasa que sostenía la convivencia entre múltiples identidades. En lugar de preservar ese ámbito de cohabitación y entendimiento mutuos, ahora se pretende que la Constitución delimite un nosotros y un ellos, estableciendo una concepción unívoca de lo que es nuestro país. Lo que en realidad refleja, sin embargo, es que no han entendido nada: ni lo que es la Constitución, ni lo que es España.

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