Columna
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Amistades beneficiosas

En esta campaña, los mensajes de nuestros políticos están cargados de agresividad y desprovistos de colmillo intelectual. Pero ¿quién le dice al emperador que está desnudo?

Pablo Casado en Torrelavega, el pasado 30 de marzo.
Pablo Casado en Torrelavega, el pasado 30 de marzo.Pedro Puente Hoyos (EFE)

Dicen que en política no hay amigos. Pero debería haberlos, porque los políticos necesitan a los amigos más que nadie. Y no para decirles lo maravillosos que son, sino lo desagradables que pueden llegar a ser. Para decirles la verdad que no quieren oír. Es lo que hacen los amigos de verdad.

Por ejemplo, cuando el presidente estadounidense que acumuló más poder en todo el siglo XX, Franklin D. Roosevelt, quiso apuntalar su apogeo intentando politizar el Tribunal Supremo, fueron congresistas amigos suyos quienes le pararon los pies. Si Roosevelt hubiera tenido palmeros, el destino de la democracia norteamericana, y de todo el planeta en vísperas de la guerra mundial, podría haber sido distinto. Quienes socavan las democracias son los líderes carismáticos que suscitan los aplausos más entusiastas. Por eso, precisan estar rodeados de amigos que los bajen a tierra cuando se van por las nubes.

Pero la amistad en política ya no se lleva. A juzgar por cómo han confeccionado las listas para la retahíla de elecciones que tenemos esta primavera, los dirigentes de nuestros partidos no quieren enemigos, pues han purgado sin contemplaciones a todo tipo de disidentes, pero tampoco amigos. Quieren acólitos. La lealtad al líder cotiza más que tener criterio propio. Con lo que muchos políticos con talento y experiencia están siendo arrinconados. Piensan demasiado. Ergo, pueden llevar la contraria.

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Es un círculo vicioso. Los políticos de envergadura, anticipando su magro destino, abandonan el barco antes de ser defenestrados. Y, así, la fracción de políticos serviles crece aún más.Los partidos lo están supeditando todo a la cohesión interna, sin darse cuenta de que es pan para hoy y hambre para mañana. En las sedes centrales, los directores de orquesta creen que, si se aparcan las voces discordantes, nadie va a desafinar. Todo el mundo irá remando en la misma dirección. Y eso es posible, pero también es probable que, cuando aceche cualquier tormenta política, será más difícil cambiar de rumbo. ¿Quién le va a decir al capitán Casado, al capitán Rivera o al capitán Sánchez que, por ejemplo, las apelaciones a la felonía, la traición o los viernes sociales se les están yendo de las manos?

En esta campaña, los mensajes de nuestros políticos están cargados de agresividad y desprovistos de colmillo intelectual. Pero ¿quién le dice al emperador que está desnudo? @VictorLapuente

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