Columna
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Bill Murray, el monstruo sagrado

Quien no tiembla ante la tonadillera o el actor, lo hace ante un premio Nobel de Física o un banquero célebre

Bill Murray, el pasado 15 de mayo, en el festival de Cannes.
Bill Murray, el pasado 15 de mayo, en el festival de Cannes. OLIVIER BORDE (GTRES)

Ayer creí ver a Morgan Freeman. Duró solo unos segundos, los que tardé en darme cuenta de que no era más que una figura de reclamo a la entrada del Museo Madame Tussauds, pero estaba tan bien hecho que sentí esa súbita electricidad que nos asalta en presencia de los famosos. Añado en mi defensa que por bochornoso que resulte mi sonrojo ante un Morgan Freeman de cera, no he conocido a nadie que no sea sensible a algún tipo de celebridad. Quien no tiembla ante la tonadillera o el actor lo hace ante un premio Nobel de Física o un banquero célebre. El efecto, al final, es el mismo: sentimos que hemos sido restaurados de nuestra vida ordinaria, que nos han elevado hasta un encuentro sagrado en el que algo se ha manifestado con una intensidad insospechada.

Mi encuentro fallido con Morgan Freeman me hizo pensar al instante en ese reciente documental de Tommy Avallone sobre Bill Murray: Bill Murray: Consejos para la vida, donde se recogen muchos testimonios que elevan a la narrativa mitológica el encuentro con el famoso y más en concreto —como dice el propio título— con el mítico Murray. Al parecer, a diferencia de la naturaleza comprensiblemente esquiva de las celebrities, Bill Murray tiene inclinación a manifestarse en las situaciones más corrientes de algunas personas normales. Como si se tratara de una aparición, el verdadero Bill Murray se cuela de pronto en el karaoke de cualquiera y se pasa cantando toda la noche con él, o lava los platos de una fiesta de adolescentes, o asoma la cabeza en una sesión de fotos matrimonial o incluso lee unos poemas a unos obreros de la construcción. Su despreocupación por salir en fotografías, su nulo afán de protagonismo, vuelven esas escenas más fantasmagóricas si cabe. Y cuando desaparece, cosa que hace invariablemente a la francesa, todo el mundo se queda con la misma cara con la que de niños esperábamos la moraleja cuando no habíamos entendido nada.

Más que la verosimilitud de esas historias, lo que resulta divertido —para cualquier persona que haya tenido una formación relativamente católica— es lo mucho que se parecen esos relatos a las hagiografías clásicas de nuestra infancia, en las que unos pastorcillos hablaban con la Virgen. En este caso la presencia de Murray tiene un efecto parecido: el cuento de hadas restaura la flacidez de nuestra vida cotidiana y la convierte en luminosa. Es interesante también que Avallone prefiera pasar de puntillas por los motivos que llevan a una celebrity internacional a abandonar el espacio seguramente irrespirable de su propia celebridad. Estoy convencido de que esas “escapadas turísticas” a la vida ordinaria que Bill Murray es capaz de hacer entre otras cosas gracias a una envidiable naturalidad y a una desconexión temporal de su ser más elemental es el sueño húmedo de muchos famosos y famosas a los que les gustaría hacer lo mismo, pero tienen demasiado miedo a ser devorados por esa “inofensiva gente corriente”. No es descartable que en ese ejercicio haya por parte de Bill Murray no solo un deseo maravilloso de participar en la vida real, como repite una y otra vez Avallone, sino también —y, por qué no, simultáneamente— un oscuro deseo de autodestrucción o una depresión salvaje o una soledad casi imposible de gestionar. No siempre tiene un bonito origen lo que nos lleva a salir de la gruta. Tal vez, como decía Henry James de un personaje indescifrable: “Las razones más retorcidas le llevaban a tener con los demás los gestos más amables”.

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